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Opinión | Málaga en la memoria

Diez años

Lo más aterrador no es que existan monstruos. Es que la mayoría de las grandes atrocidades las sostienen personas convencidas de estar haciendo lo correcto o, simplemente, incapaces de cuestionarse a sí mismas

Sin complices los violadores no violan.

Sin complices los violadores no violan. / efe

La historia del comandante nazi incapaz de comprender por qué desea a la mujer judía a la que considera una subhumana es uno de los grandes hallazgos de La lista de Schindler. El deseo dinamita la ideología. De pronto quiere poseer aquello que su propia doctrina le obliga a despreciar. Y la escena en la que él está tan preso de su deseo que la odia profundamente por ello revela cómo la frustración acaba gobernando la violencia. Pensar de alguien que es inferior, un despojo humano, una rata inmunda, y sin embargo, desearla con todas las fibras de tu cuerpo, querer poseerla, amarla: ni predecible ni moral ni lógico y, aun así, sucede. El deseo, el sexo y el poder conducen al ser humano a una confusión extrema. ¿Cómo vas a desear aquello que tu propia ideología te obliga a considerar una rata? El ser humano todo lo puede albergar.

El problema nunca es pensar que existen monstruos. Los monstruos tranquilizan porque son excepcionales. El problema es descubrir que dentro de una misma persona pueden convivir el deseo, la ternura, la violencia, la obediencia, la cobardía y el amor. Que un hombre puede besar a sus hijos por la mañana y participar en un fusilamiento por la tarde. Que una sociedad puede escuchar a Bach mientras deporta millones de personas. No porque esté llena de demonios, sino porque ha dejado de pensar.

La estupidez puede ser mucho más peligrosa que la maldad. La idea me persigue desde hace semanas y me resulta provocadora. Bonhoeffer comprendió que la estupidez no era una cuestión de inteligencia, sino de pensamiento. Observó cómo una sociedad culta podía dejar de cuestionarse a sí misma hasta entregar su libertad a una ideología. El mal puede combatirse porque suele saber que existe otra opción. La estupidez, en cambio, se vuelve impermeable a los hechos. Por eso, más peligrosa.

Dietrich Bonhoeffer escribió su manifiesto sobre la estupidez en clandestinidad para sus compañeros de la resistencia, con seguridad sabiendo que se jugaba la vida. Fue ejecutado en el 45, pocas semanas antes del fin de la guerra. Tengo la necesidad infantil de creer que yo habría sido una heroína. Me tranquiliza imaginarme escondiendo judíos en mi desván. Que habría denunciado las injusticias en un mundo abiertamente violento. Pero la Historia dice otra cosa. La mayoría de las personas no fueron héroes ni verdugos. Quizá la verdad pudiera ser más cruda y yo también hubiera sido una espectadora. Qué sé yo de hacer lo que sea por salvar la vida. A mí me asiste el privilegio de creer que puedo elegir.

La estupidez es un enemigo más peligroso del bien que la maldad y a mí me parece contagiosa. Y puede que ese sea el verdadero miedo. No descubrir que existen personas malas, sino descubrir que todos albergamos la posibilidad de dejar de pensar. Porque el ser humano puede albergarlo todo. También la estupidez. Se cumplen diez años de La Manada. Los cinco hombres me producen horror. Quienes todavía hoy siguen sin ver el problema me producen miedo. Porque el mal necesita autores. La estupidez solo necesita espectadores.

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