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Opinión | El ruido y la furia

Golpe de calor

El verano, que siempre me fue tan querido, tan anhelado, se ha transformado en un tiempo inhóspito de temperaturas insoportables

Un termómetro durante un verano caliente.

Un termómetro durante un verano caliente. / RICARD CUGAT

De niño, como a todos los de mi generación, me asustaban mucho con el infierno. El infierno era (luego por lo visto dejó de serlo, incluso dejó de ser, que no es lo mismo) un lugar donde las llamas te devoraban eternamente, un sitio que pintaban de rojo en el catecismo del Padre Ripalda, que estuvo vigente nada menos que cuatro siglos, entre el XVI y el XX. Y a ese lugar se llegaba pecando, y como casi todo era pecado, desde muy chico (ya dijo Onetti que la única sabiduría posible es resignarse a tiempo) me fui haciendo el cuerpo a transitar la eternidad al rojo vivo, entre las llamaradas de Pedro Botero, ese personaje legendario que en la más arraigada tradición hispana es un diablo, pero no uno cualquiera, es el encargado de atizar el fuego en las calderas del infierno.

Lo que no entraba en nuestros planes, al menos en aquellos días de los que han pasado, sin darme cuenta, media centuria, es que el infierno se instalaría durante casi seis meses en este valle de lágrimas, por seguir con el atemorizante léxico propio de aquella época y aquellas circunstancias.

Ahora el verano, que siempre me fue tan querido, tan anhelado, se ha transformado en un tiempo inhóspito de temperaturas insoportables. Cada día nos advierten por todas partes que estamos inmersos en una ‘ola de calor’, pero la ola no pasa, se mantiene, y quizás sea conveniente que modifiquemos la perspectiva y aceptemos definitivamente que ya no son olas, que es una marea que ha subido y no baja, que ya serán así las cosas para siempre, aunque susceptibles de ir a peor, como sucede con casi todo.

El cambio climático es una realidad, no una posibilidad ni una alarma. Mi hermano del alma Ezequiel Martínez lleva años contándonoslo, advirtiéndonos, y como él otros muchos sabios que en el mundo son, pero nos negamos a escuchar y probablemente ya es tarde, muy tarde. No hemos entendido que nuestros pecados (esta locura consumista y depredadora, esta inmensa ambición insaciable) ha hecho emerger el infierno y ahora vivimos en él.

El calor de aquellos días azules ya no es templado, feliz, sinónimo de buen tiempo, de libertad y baños a la caída de la tarde. Yo esperaba que hubiese sido siempre así y tener una vejez apacible, con las mañanas en la recacha (que es como llamamos en este sur que habito y que me habita a un lugar donde da un sol que calienta pero no quema), entre libros y paz. No parece que vaya a ser posible. Estamos empeñados en vivir quemados en la hoguera que nosotros mismos hemos prendido, en morir de sol (la boca abierta, como lagartos). El calor ya no es una caricia, ahora es un golpe. Un golpe mortal.

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