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Opinión | Casa Mágica en Vacaciones

Málaga

¿Y si el debate sobre los deberes en verano estuviera mal planteado?

Quizá la cuestión no sea si nuestros hijos deben hacer deberes, sino qué y cómo queremos que aprendan durante las vacaciones. Porque estudiar contenidos y construir un hábito de aprendizaje no siempre son la misma cosa

Adolescente, haciendo los deberes

Adolescente, haciendo los deberes / Katerina Holmes/Pexels

Hace unas semanas recibí una comunicación de la profesora de mi hijo con las recomendaciones para las vacaciones. La leí con interés porque, además de madre, llevo muchos años trabajando con niños y sé perfectamente que detrás de cada propuesta suele haber una intención sincera de ayudarles a avanzar. No tardó en aparecer la pregunta que, puntualmente, vuelve, igual que el terral, todos los veranos: ¿deberes sí o deberes no?

Mi respuesta fue inmediata.

Depende.

Y no porque quiera quedar bien con todo el mundo. Al contrario. Creo que el problema es que llevamos años discutiendo sobre la herramienta cuando deberíamos estar hablando del objetivo.

Porque la verdadera pregunta no es si nuestros hijos deben hacer deberes durante las vacaciones. La verdadera pregunta es qué queremos que aprendan y, sobre todo, cómo queremos que lo aprendan.

Es una diferencia pequeña sobre el papel, pero enorme cuando uno empieza a pensar en ella.

Confundimos con demasiada frecuencia estudiar con aprender. Estudiar consiste en adquirir unos contenidos concretos. Aprender, sin embargo, implica desarrollar la capacidad de seguir aprendiendo cuando ya no hay un profesor delante, cuando no hay un examen a la vista y cuando nadie va a corregir lo que acabas de hacer. Y esa diferencia, a mi juicio, cambia completamente la conversación.

Personalmente, creo que un verano puede hacer mucho más por un niño consolidando hábitos de aprendizaje que obligándole a repetir mecánicamente contenidos que probablemente volverá a trabajar en septiembre. No porque las fichas sean inútiles. Ni mucho menos. Sino porque, si tuviera que elegir una única cosa que me gustaría que mis alumnos o mi propio hijo conservaran al terminar las vacaciones, no sería una lista de ejercicios resueltos. Sería la curiosidad intacta.

Mismo conocimiento, distintas maneras

Jerome Bruner defendía que un mismo conocimiento puede presentarse de distintas maneras. Y esa idea cambia bastante la forma de entender el aprendizaje. Porque una cosa son los contenidos y otra muy distinta la manera en que decidimos acercarlos a los niños. Una conversación, una excursión, un experimento, una receta de cocina o un pequeño proyecto en familia pueden convertirse en diferentes puertas de entrada a una misma idea.

Durante demasiado tiempo hemos confundido aprendizaje con repetición, a modo de taladro o de gota china. Como si memorizar fuera la única puerta de entrada al conocimiento. Afortunadamente, cada vez sabemos más sobre cómo aprenden las personas y eso nos permite mirar las vacaciones desde otra perspectiva. Pero mirar no basta: hay que sostenerlo en algo. Ahora bien, y siendo honesta, hablar de hábitos resulta mucho más bonito que construirlos.

Porque los hábitos necesitan algo que en verano solemos mandar de vacaciones antes incluso que los libros: las rutinas.

Y no, no estoy proponiendo convertir julio en un trimestre escolar con horario militar, despertador a las siete y media y recreo a las once. Bastante tenemos todos con sobrevivir al calor. Pero entre reproducir el calendario del colegio y dejar que el verano se conduzca solo existe un término medio enormemente saludable.

Los necesarios puntos de referencia

Los niños necesitan ciertos puntos de referencia. Necesitan saber que hay momentos para leer, para jugar, para aburrirse, para ayudar en casa, para salir, para descansar y para compartir tiempo con quienes más quieren. No porque el reloj eduque, sino porque realizar pequeñas acciones a diario termina construyendo hábitos casi sin que nos demos cuenta.

Y aquí aparece una palabra que, curiosamente, solemos utilizar mucho y practicar bastante menos: ejemplo.

Esperamos que lean mientras nosotros respondemos siempre ese "último correo". Esperamos que limiten las pantallas mientras nosotros consultamos el móvil veinte veces durante la cena. Esperamos que sean constantes cuando nosotros mismos abandonamos cualquier rutina en cuanto llegan las vacaciones. Es una expectativa un poco injusta.

Los niños aprenden muchísimo más de lo que observan que de lo que escuchan. Por eso, si realmente queremos aprovechar estas semanas para fortalecer su autonomía, quizá el primer ejercicio deberíamos hacerlo nosotros.

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Llegados a este punto suele aparecer la siguiente objeción.

"De acuerdo, todo eso está muy bien. Pero ¿qué pasa con los contenidos?"

Y es una buena pregunta.

Porque nadie está proponiendo que durante dos meses los niños dejen de aprender. Todo lo contrario. Lo que propongo es preguntarnos si solo existe una forma de hacerlo.

Ken Robinson defendía que uno de los grandes retos de la educación consistía en conservar vivo el deseo de aprender. Siempre me ha parecido una idea especialmente sugerente porque desplaza el foco desde la cantidad de información que un niño acumula hacia algo mucho más difícil de conseguir: que quiera seguir aprendiendo por iniciativa propia.

Quizá ahí esté una de las mayores oportunidades del verano.

Durante el curso casi todo el aprendizaje ocurre dentro de una estructura muy definida. Horarios, asignaturas, exámenes, objetivos... En vacaciones aparece algo que el resto del año escasea: tiempo. Y el tiempo permite aprender de maneras que el aula, sencillamente por organización, no siempre puede ofrecer.

Una excursión puede terminar en una conversación sobre geología. Una noche mirando el cielo puede despertar el interés por la astronomía. Una visita a la Alcazaba puede hacer que la historia deje de parecer una sucesión interminable de fechas. Una pregunta lanzada durante la comida puede acabar convirtiéndose en una tarde de investigación compartida.

No se trata de sustituir el colegio. Se trata de complementarlo.

De recordar que el aprendizaje no pertenece exclusivamente a las aulas.

Y quizá esa sea la conclusión a la que me llevó aquel mensaje de la profesora.

No he empezado el verano pensando que los deberes sobran, sino pensando que, si el objetivo es que nuestros hijos lleguen mejor preparados al próximo curso, quizá tengamos muchas más herramientas de las que creemos.

Porque prepararles no consiste únicamente en reforzar contenidos. También significa ayudarles a construir hábitos, fortalecer su autonomía, ofrecerles experiencias que despierten preguntas y demostrarles, con nuestro propio ejemplo, que aprender no es una obligación que empieza en septiembre y termina en junio.

A veces olvidamos que las vacaciones también educan.

Educan cuando una familia conversa, cuando un niño descubre que puede hacer algo por sí mismo, cuando se equivoca, vuelve a intentarlo y descubre que era mucho más capaz de lo que imaginaba. Educan cuando una experiencia compartida deja un recuerdo que sigue ahí muchos años después, aunque ya nadie recuerde qué ficha tocaba hacer aquel martes de julio. Y, curiosamente, una de las actividades más completas para que todo esto ocurra suele estar mucho más cerca de lo que pensamos: la cocina, ese rincón de la casa que puede ser el alma de la fiesta durante estas vacaciones y, por poco tiempo y dinero, transformarse en una gran experiencia.

Y finalmente, después de darle muchas vueltas, sigo respondiendo exactamente igual que cuando comencé este artículo.

¿Deberes sí o deberes no?

Depende.

Depende de qué y de cómo queramos que aprendan nuestros hijos. Porque, si cuando llegue septiembre vuelven al colegio siendo un poco más curiosos, un poco más autónomos, con mejores hábitos y con la sensación de que aprender puede formar parte de la vida cotidiana y no solo del horario escolar, probablemente habrán aprovechado el verano mucho mejor de lo que cualquier cuaderno de vacaciones, por sí solo, podría conseguir.

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