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Opinión | Mirando al abismo

Málaga

Vergüenza

Lo que más me duele no es solo el pacto, sino la naturalidad con la que una parte de la sociedad lo acepta, como si no tuviéramos memoria

El candidato a la investidura y líder de los populares andaluces, Juanma Moreno, y el líder de Vox en la comunidad, Manuel Gavira, durante la firma del "acuerdo de gobierno y estabilidad", este jueves en el parlamento andaluz. EFE/ José Manuel Vidal

El candidato a la investidura y líder de los populares andaluces, Juanma Moreno, y el líder de Vox en la comunidad, Manuel Gavira, durante la firma del "acuerdo de gobierno y estabilidad", este jueves en el parlamento andaluz. EFE/ José Manuel Vidal / Jose Manuel Vidal / EFE

Siento vergüenza. Lo digo sin adornos, porque hay momentos en que la vergüenza es la única respuesta honesta ante lo que ocurre en la propia casa. El gobierno de Andalucía ha pactado con Vox, y ese pacto trae un discurso que llevamos meses escuchando sin terminar de medir su gravedad: la idea de que quienes llegan de fuera nos quitan algo, de que su presencia es amenaza y no aportación, de que hay que cerrar la puerta antes de preguntar quién llama.

Me pregunto cuántos de los que hoy aplauden ese discurso tienen, en su familia, la historia de un abuelo o una abuela que hizo las maletas para irse a Alemania, a Suiza o a Sudamérica a buscarse el pan. España fue durante décadas un país de emigrantes. Salíamos a limpiar casas ajenas, a trabajar en fábricas que no eran nuestras, a levantar edificios en ciudades que no nos pertenecían. Allí también hubo quien nos miró con recelo, quien nos culpó de ocupar puestos ajenos. La memoria es corta, y a veces interesadamente corta.

Hoy son otros los que llegan. Trabajan el campo bajo un sol que muchos no soportaríamos ni una hora. Limpian casas que no son suyas para que otros puedan ir tranquilos a trabajar. Venden camisetas y relojes en las playas, a pie, sin sombra, ofreciendo lo poco que tienen a quienes pasan de vacaciones. No ocupan despachos vacíos ni compiten por puestos que sobran. Sostienen, con un trabajo precario y muchas veces invisible, sectores enteros de nuestra economía que sin ellos se derrumbarían. La afirmación de que nos quitan trabajo u oportunidades no resiste el más mínimo análisis: es una mentira repetida hasta sonar a verdad.

Y no es la primera vez que la oímos. La retórica que señala a un grupo humano como origen de todos los males, negándole su condición de trabajador, de vecino, de persona, tiene una genealogía muy concreta. Se pareció mucho a la que empleó el nacionalsocialismo alemán, capaz de convertir el miedo económico de una sociedad en desconfianza hacia quien no comparte su origen o su lengua. Primero se deshumaniza, luego se culpabiliza, después se justifica la exclusión. La historia no se repite igual, pero rima de forma incómoda.

Lo que más me duele no es solo el pacto, sino la naturalidad con la que una parte de la sociedad lo acepta, como si no tuviéramos memoria. Quién más, quién menos, tiene un abuelo que se fue fuera de España a buscarse la vida. Y ahora algunos de sus nietos votan para cerrarles la puerta a quienes hacen lo mismo que hicieron nuestros abuelos: cruzar fronteras para dar de comer a los suyos.

No se trata de ingenuidad ni de negar que la convivencia plantea retos reales que merecen políticas serias, no solo eslóganes. Se trata de no aceptar como verdad lo que es, sencillamente, una mentira con vocación de excusa. Se trata de recordar que la dignidad no se reparte según el pasaporte.

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