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Opinión | Punto final

Albert Blaya

Volver a la vida

Mikel Merino celebra el gol del 2-1 que eliminaba a Bélgica del Mundial en el partido de Los Ángeles.

Mikel Merino celebra el gol del 2-1 que eliminaba a Bélgica del Mundial en el partido de Los Ángeles.

Mikel Merino es a la selección española lo que una cerveza fría al verano. Casi siempre suele ser lo que mejor recuerdo deja y a veces sabe mejor cuando es lo último que haces. Luis de la Fuente sabe que Merino, al que muchos exigirían desde un inicio viendo su rendimiento, es un jugador que le permite a los suyos ese punto extra de colmillo y agresividad cuando el partido amenaza en languidecer, y que su olfato es inigualable, un imán para el rechace y el espacio evidente tan solo para quien parece haber nacido para los últimos 10 minutos de la vida de tantos, allí donde tiempo y razón se comprimen. Por eso no tiene sentido que Merino salga de inicio, pues la evidencia es palmaria. Y hace ganar a quién cree en ella.

El partido entre España y Bélgica parecía decantado por la diferencia de nivel y ritmo entre ambos combinados. Los belgas, que solo han jugado realmente bien en un encuentro en todo el torneo, dejaban muchos metros para que Rodri jugase a su antojo y Lamine Yamal recibiese casi siempre de cara en el pico del área. Desde ahí, España dominaba y parecía tener el resultado siempre inclinado.

Pero el Mundial no es lógico ni consecuente y suele evidenciar las fragilidades aunque parezcan siempre tapiadas. El gran mal de esta España es que su delantera, con un Lamine lejos de su mejor nivel, no da miedo. Pocos elementos para recibir y romper, falta de magia en el último tercio y de un cambio de ritmo que tan solo llega desde la clarividencia de Rodri.

Así, Courtois sostenía a los suyos sin milagros, tan solo parando lo que siempre ha parado con comodidad, algo que Lammens no hizo en la única que los suyos necesitaban. El fútbol es sobre todo esto. Acertar en lo evidente para mantener la ilusión y sí, fallar en lo que uno ve como cotidiano para aniquilar lo construido.

Dani Olmo sería el mejor jugador del mundo si el fútbol se jugase tan solo en julio. En torneos cortos, en partidos donde no se necesita constancia sino atrevimiento, no regularidad sino audacia, Olmo es de los mejores del planeta. Lo fue en 2024 en la Eurocopa y ante Bélgica reivindicó ese papel de indetectable ante una estructura defensiva que le dejaba espacios que él transformaba en peajes sin necesitar pagar.

Su nivel de interpretación y técnica en espacios reducidos le permite flotar y ahí la regularidad no pesa tanto porque el Mundial la obvia, lo que realmente premia es la puntualidad mágica, y Olmo la tiene. Ante Olise, el mejor 10 del Mundial, tendremos uno de esos duelos vintage, de los de que los gurús nos dicen que ya no existe: los mediapuntas se reivindican mientras el resto les niega su parte del pastel.

España avanza sin convencer como en 2024, pero eso sería algo que debería preocupar si el Mundial fuese una Liga y no lo que es, una competición corta y emocional, explosiva, cimentada en la confianza que uno gana o pierde tras cada partido. La diferencia es que el Mundial nunca permite perder confianza tras una victoria. Uno lo que percibe tras ganar es un mordisco a la historia, una pequeña conquista hacia la eternidad.

Bélgica se despide del Mundial con la sensación que ha agotado lo que le quedaba de aquella generación que un día amenazó con ganar el Mundial y España se acerca a su primera final tras 16 años aún con un Pedri desdibujado, Lamine lejos de su plenitud y Nico, quien tocó techo en 2024, como una sombra andante.

Ahora espera la temible Francia, en la semifinal de este próximo martes, a las 21 horas, el monstruo final del videojuego al que España ya superó cuando nadie lo creía.

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