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Una ciudad también se construye con un "Buenos días"
Quizá hemos dejado de percibir a quien llega como un posible vecino para verlo, simplemente, como alguien de paso

Mujeres en una parada de autobús / J. Carfagna/Pexels
Hay una escena que llevo un tiempo observando en Málaga y que, cuanto más la miro, más me inquieta. Ocurre en una parada de autobús, en una sala de espera, en una tienda. Llega alguien, levanta la vista, duda durante una fracción de segundo y, finalmente, decide no saludar. No hay mala educación ni hostilidad en ese gesto. Hay, más bien, incertidumbre. Como si durante un instante esa persona se preguntara cuál es la norma y optara por el silencio.
Málaga siempre me pareció una ciudad especialmente atenta. No porque sus habitantes fueran más simpáticos que los de otros lugares, sino porque existía un pequeño ritual casi automático: quien llegaba saludaba y quienes ya estaban respondían; después, cada uno seguía con su vida. Si surgía conversación, estupendo; si no, aquel breve intercambio bastaba para reconocer la presencia del otro y compartir el espacio con naturalidad.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte tengo la impresión de que esa escena empieza a cambiar. Coincide con la transformación de Málaga en un gran destino turístico y en una ciudad cada vez más atractiva para quienes teletrabajan o pasan aquí temporadas. No creo que el turismo haya traído la mala educación. Sería una conclusión tan fácil como injusta. El turista no ha roto ese pequeño ritual. El escenario ha cambiado y quienes hemos empezado a comportarnos de otra manera somos nosotros.
Quizá hemos dejado de percibir a quien llega como un posible vecino para verlo, simplemente, como alguien de paso. Nuestros gestos parecen caer en un pozo ciego. Saludamos menos porque intuimos que esa persona desaparecerá de nuestra vida en unas horas. Y, sin darnos cuenta, empezamos a retirar una inversión emocional que antes hacíamos casi por reflejo.
Un gran pacto
Pensamos que las sociedades se sostienen gracias a un gran pacto. Hobbes tenía razón al imaginarlo así: un contrato colectivo que evita que nos devoremos unos a otros. Pero ese gran acuerdo no explica por sí solo por qué un tejido social se mantiene unido. Para eso hace falta otra red, mucho más fina, hecha de acuerdos infinitamente más pequeños — tan pequeños que casi nunca reparamos en ellos.
Garfinkel fue quien mejor explicó su naturaleza: son reglas que solo descubrimos que existían cuando alguien las rompe. No las percibimos mientras funcionan; solo notamos su ausencia. Me temo que eso es lo que empieza a ocurrir con algunos de esos gestos cotidianos. No desaparecen de golpe. Primero aparece una vacilación. Después el silencio. Y un día descubrimos que aquello que parecía natural ya no lo es.
Goffman le puso nombre a uno de esos microacuerdos: la desatención cortés, ese equilibrio delicado que nos permite reconocer al otro sin invadir su espacio. Un «buenos días», un gesto con la cabeza, una mano levantada para agradecer que un coche se detenga en un paso de peatones. No buscan abrir una conversación ni hacer amigos: son puros gestos de convivencia, pequeños contratos que renovamos continuamente entre desconocidos.
Por eso, cuando veo a alguien llegar con esa expresión indecisa, suelo saludar yo primero. Lo hago un poco por llevar la contraria a la inercia y, lo confieso, un poco para incomodar a los indecisos. Pero sobre todo lo hago porque esos gestos también nos construyen a nosotros. Ayudar, agradecer o saludar produce una recompensa emocional, sí, pero además mantiene entrenadas unas virtudes que, si dejan de ejercitarse, acaban debilitándose.
Tal vez el mayor riesgo de una ciudad cada vez más transitoria no sea perder población estable, sino perder esos hilos invisibles que convierten un espacio compartido en una comunidad. No podemos permitir que la fugacidad del entorno decida por nosotros qué clase de personas queremos ser.
Así que seguiré saludando. Aunque delante tenga turistas, vecinos o personas a las que jamás volveré a ver. No porque espere una respuesta, sino porque sospecho que una ciudad también se construye con un "buenos días".
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