Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Un «azad», un hombre libre, un ciprés

Cipreses veteranos del antiguo camposanto.

Cipreses veteranos del antiguo camposanto. / A.V.

Si hay una pregunta que llama inevitablemente al género humano, que ha asediado sin tregua a todas sus generaciones, que es capaz de hacer a un hombre no dormir en toda una noche y a otro soñar con construir un imperio a la mañana siguiente, esa es «¿qué he de hacer con mi vida?», porque no hay pregunta más trascendental que la concerniente al destino propio.

Es por eso que tendemos a buscar verdades. Verdades que de forma radiante iluminen nuestra vida dispersando de ella las sombras, que guíen nuestros pasos mientras nos muestran con certeza su recién encontrado camino. Sin embargo, hoy os vengo a hablar de un hombre que lejos de gritar aquello de «¡Verdad, verdad!» que proclamaban los maniqueos, se preguntó más bien aquello de «Quid est veritas?» y supo encontrar el camino que le guiaba hacia su destino en ese que sale de la ciudad y se adentra profundo en el bosque, que llega lejos de toda huella humana y se asienta en el corazón de lo natural.

Aquel hombre, de apellido francés y corazón americano, decidió dejarlo todo atrás y, prescindiendo de las comodidades que proporciona la vida en sociedad, marchó a los bosques buscando vivir deliberadamente, enfrentándose solo a los hechos esenciales de la vida para ver si podía aprender lo que la vida tenía para enseñar, no fuera a ser que cuando estuviera por morir descubriera que realmente no había vivido.

Desde su humilde cabaña, tras dos años de estancia allí, Thoreau nos invitó a todos y cada uno de nosotros a acompañarle en ese viaje, nunca de forma imperativa, con voz mandante y gesto severo, sino para que tomáramos de su experiencia solo lo que creyésemos necesario, pudiendo así regir nuestras vidas con leyes nuevas, universales y más tolerantes, compartiendo la libertad de la que gozan los seres más elevados. Y ante tan seductora invitación no pude resistirme a acompañarle, a seguir sus pasos y adentrarme yo también en aquel mundo que se hallaba velado y que sus ojos y su voz pudieron para mí desvelar.

Tan grato me resultó todo aquello que, pese a llevar tiempo lejos de las orillas que circundan el lago de Walden, aún sigo volviendo a ellas para beber del agua que un caudal de siempre jovial sabiduría vertió y sigue vertiendo, disponible para gozo de quienes se atreven a beber de tan sempiterna fuente de saber. Vivía en una pequeña cabaña que había construido con sus propias manos y en la que apenas cabían una cama, una mesa, una estantería y un pequeño fuego para poder cocinar, y, pese a eso, en tal humilde condición se sentía el hombre más rico de los que pueblan la faz de la tierra, pues su hogar no se limitaba a lo que resguardaba su puerta ya que suyos eran también el sol, la luna y las estrellas, los bosques y los prados y todo lo que ellos contenían, y no había hombre capaz de arrebatarle ninguna de todas esas posesiones de cuya compañía disfrutaba.

Aquel testimonio de austeridad y pobreza me enseñó que un hombre es rico en relación al número de cosas de las que puede prescindir, y no de las que tiene, que la riqueza superflua solo adquiere lo superfluo y que no hace falta dinero para comprar lo que el alma necesita; sus proclamas me enseñaron que realmente ser filósofo no consiste en tener pensamientos sutiles o en fundar una escuela, sino en amar la sabiduría tanto como la vida que está de acuerdo con sus dictados; o que hay grandeza en América más allá de todo lo que culturalmente asociamos a ella, pues la dignidad de una nación no se basa en su capacidad de hacer la guerra o de construir grandes monumentos, sino en su capacidad para el pensamiento abstracto.

En mi acercamiento a él comprendí que los clásicos son en realidad los únicos oráculos que no han envejecido, y que en ellos se encuentran respuestas que ni Dodona ni Delfos nos pueden proporcionar. Pero si hubo algo que me transmitió por encima de todo fue su incondicional amor por lo salvaje y libre, por ese acompañante del alma que a menudo tenemos olvidado, fue su amor por lo natural. Pues era un verdadero nativo humano en la naturaleza que sabía apreciarla en su justa medida, que no la dejaba florecer en silenciosa soledad, sino que florecía, armoniosamente, año tras año, junto a ella.

Y es que sabía y prefería orientarse por sí mismo, tal grandeza atesoraba su alma, y denostaba caminar con pompa y parada por lugares ilustres, ya que no necesitaba reconocimiento más ilustre que el que el cielo le brindaba cada mañana con su radiante despertar. Prefería caminar no al paso al que camina la sociedad de los hombres, sino al del Constructor del Universo, no viviendo en ese inquieto, nervioso, ruidoso y trivial siglo que le tocó vivir, sino permaneciendo, de pie o sentado, pensativo, viéndolo pasar.

En la última tarde que pasé junto a él en aquellas orillas, me dio un fraternal consejo. Me hizo pasar junto a él a su austera cabaña y de entre los muchos tesoros que allí guardaba escogió uno, el Gulistán, joya de la literatura persa, y abriendo una de sus páginas me dijo: .«Que estas palabras guíen tus pasos y resuenen en ti cuando la incertidumbre te asalte, y te veas envuelto en tinieblas que te hagan errar tu camino y tambalear tu corazón».

Decían así: «Le preguntaron a un hombre sabio por qué de los muchos árboles célebres que creó el Dios supremo altos y umbrosos ninguno ha sido llamado azad o libre, exceptuando el ciprés que no da fruto alguno, ¿Qué misterio hay en esto? El sabio contestó que cada cual tiene su fruto apropiado y su estación señalada, en cuyo momento reverdece y florece, y fuera del mismo se halla seco y marchito; el ciprés no está expuesto a ninguna de ambas situaciones ya que se halla siempre floreciente, y los azads, o religiosos independientes, son de esta misma naturaleza. No pongáis vuestro corazón en lo transitorio, porque el Tigris, continuará fluyendo a través de Bagdad después de que la raza de los califas se haya extinguido. Si tu mano posee en abundancia, sé generoso como la palma datilera; pero si no tienes nada que dar, sé un azad, un hombre libre, un ciprés».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents