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Opinión | Málaga en mi memoria

La resaca del recuerdo

Hay lugares a los que el cuerpo regresa mucho antes que la memoria

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. / L.O.

Las manos en el volante, el cansancio completo. Todo el día de trabajo y encontrando fuerza para llegar al hospital. No era fuerza. Era prioridad. Conduzco acercándome a la avenida Andalucía y ya estoy viendo la mole gris que es la comisaría. Con cada metro recorrido, más pena. Tomo la rotonda en la dirección del Hospital Carlos de Haya y se erige frente a mí anclado en el tiempo, de soslayo. Me aprieta el estómago. No encuentro aparcamiento fácilmente, pero consigo dejar el coche en un margen del terraplén que hay por detrás. Caminando hacia la puerta principal, los pies ligeros y el corazón a punto de estallar. Un día como el de ayer, víspera del Carmen, mi hermano pequeño ponía su brazo abierto y recibía la médula ósea de nuestro padre por primera vez. Solo puedo llorar.

Mantengo mis rutinas, que son las que me mantienen cuerda. Pienso en todos estos pequeños pasos que realizo diariamente, en todas las decisiones en las que me embarco. Si será mejor decir que sí o decir que no. Una privilegiada en toda regla, una mujer con opciones que puede decidir. Pero todo tiene su cara B y me pregunto a modo de reflexión profunda si existe un significado ulterior adherido a la capacidad de albergar los recuerdos propios. Hay quien dice que el tiempo resignifica los lugares. Yo solo sé que, cada vez que paso por Carlos Haya, el cuerpo recuerda antes que la cabeza. Si niego algo que sucedió, solo me niego a mí misma en aras de poder seguir adelante si es que el recuerdo solo produce dolor. ¿No es acaso una grandísima oportunidad para descubrir cuánto he cambiado? No hablo exactamente del duelo, pero sí de la integración de aquello que forma parte de mí, hasta lo más hiriente y lo más doloroso. Me veo en la revelación constante de mi frase favorita: la pena es compañera. No porque sea un acto heroico y absurdo de jamás volver a ser feliz, sino porque no podrá desaparecer jamás a menos que la olvide. Se moverá por mi cuerpo de un lugar a otro, y me hará saber cómo me ha ayudado a evolucionar en su presencia. Mi hermano pequeño ya no puede decidir nada. Yo sí. Puedo elegir recordar o anestesiarme. Volver o evitar ese camino. Nombrarlo o callarme.

La pena incorporada a la vida

Vuelvo en mi mente a agarrar el volante de mi coche, con toda la pena encendida. El atragantamiento de entrar en el hospital, la certeza de la muerte llamando a la puerta de nuestra vida. No es solo un instante, son muchos condensados en una acción. Un 16 de julio con mi hermano agarrándose a la vida, clamando a la ciencia para que arregle lo que se ha roto. La fecha no hace que la herida siga abierta igual para siempre, el amor no desaparece ni por más toneladas de dolor que le ponga el mundo encima. La fecha incorpora la pena a mi vida de la forma más visceral. A lo que yo llego es a comprender que el duelo no consiste en olvidar, sino en saber mantener una relación que se transforma con quien ya no está. Tener a mi hermano, que ya no está, conmigo a pesar de la pena.

No estoy cómoda con la idea de cerrar las heridas. Me sirve de exploración, incluso, de comprobación de seguir viva. Todo el rato escuchando que el duelo consiste en aprender a vivir sin mi hermano, cuando lo que hago es aprender a vivir con todo lo que siento cuando pienso en él. La pena de que no esté, por supuesto, pero la certeza de no haber hecho muchas cosas bien. Creer que no fui la hermana que él hubiera necesitado, conocer que no teníamos más tiempo. Entender que otras cosas sí las hice muy bien, aunque no me sirva esta parte de tanto consuelo. Que le ayudé a sentirse acompañado, pero que también le hice sentir solo. La contradicción en plena forma. Y la pena, que es mi compañera, recordándome que un día amé como se ama a la carne de tu carne. Y que acercarme con las manos al volante a Carlos de Haya me hurga en la llaga y me cose los puntos.

La última forma del amor

Me duele todo el cuerpo, siento la fragilidad. Me da vueltas la cabeza, el estómago no digiere. Estoy cansada. Ha pasado ya el 16 de julio. La resaca de hoy es lo vivido de ayer. Que parecía al principio que iba a tener que vivir sin él. Y que entendería con los años que eso es imposible. Como el mar un 16 de julio preparándose para recibir las bendiciones del Carmen. Con las olas pintando mis pies y el brazo extendido de mi hermano pequeño clavado en mi memoria. Sentado en el sillón de la cámara de aislamiento, frágil y escuálido. Mirando a través del cristal cómo le observamos recibir ese órgano dentro de su cuerpo. El recuerdo y la memoria de su vida campando a sus anchas por todo mi cuerpo. La pena es compañera porque viene a demostrarme que mi amor existió. Quizá sea la última forma que tiene el amor de seguir pronunciando el nombre de Pablo. Porque los recuerdos no existen para impedirnos vivir. Existen para impedir que dejemos de amar.

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