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Opinión | Verdiales

Un corazón roto

La escritura se presenta como una herramienta de autoconocimiento y un diván propio para articular sensaciones y reflexiones sin miedo al juicio ajeno

La escritura a mano nunca tuvo motivos para dejar de acentuar las mayúsculas.

La escritura a mano nunca tuvo motivos para dejar de acentuar las mayúsculas. / Shutterstock

Aunque nunca he llevado un diario, todo lo que escribo responde siempre a la misma necesidad: saber, acercarme a intuirlo, al menos, qué me pasa, cómo me siento, quién soy, articular sensaciones, pensamientos, reflexiones que de otro modo, mediante un lenguaje distinto, el hablado, sin ir más lejos, pero también el cinematográfico, el poético o el del arte plástico, no podría alumbrar. No es satisfactorio, ya que no hay garantías de lograr el objetivo perseguido, que después de la escritura, pueden ser tres folios o una sola línea, como aquella que tan «bien» le hizo sentir a Augusto Monterroso, hasta convertirse en «un Balzac», experimentes algo parecido al alivio de haber planteado las preguntas adecuadas, esas que todos terminamos haciéndonos en algún momento aun sabiendo que carecen de respuestas. La escritura como herramienta de autoconocimiento, un diván propio, igual que la habitación, en el que tumbarse sin miedo al juicio ajeno, pero sobre todo al que ejerces sobre ti misma, ese debe ser implacable, es la única forma de no caer en la autocompasión, o en la autocomplacencia, dos de los pecados capitales del escritor. Pero ¿qué sucede cuando lo que quieres es saber qué le ocurre al otro, al ser amado, esa persona que todas las mañanas despierta a tu lado y, de pronto, una de ellas lo hace llorando porque está «cansada de luchar»?

Ya intenté averiguarlo, ponerme en el lugar de ese tú sin el que el yo no existe, y si lo hace es egoísta y ególatra, cuando escribí Otra versión de ti, pero no lo logré porque, me doy cuenta ahora, me centré en mí, una vez más, buscaba averiguar cómo me veían, y me miraban, esos ojos que hace un par de días se abrieron inundados de lágrimas que traté de secar con palabras huecas, incapaz de consolar la desazón de un corazón roto, hecho pedazos por el dolor. Porque el corazón se rompe, sí, y no es solo una de esas metáforas tras las que nos parapetamos los escritores, es un hecho constatado, igual que está demostrado que el volumen del hipocampo, la estructura cerebral gracias a la que recordamos, se reduce durante el duelo o en cualquier periodo en el que el cortisol se dispara.

Ese síndrome, el del corazón roto, fue descrito por primera vez en Japón a principios de la década de los 90 en pacientes, especialmente mujeres, que sufrían síntomas propios de un infarto, pero no tenían las arterias coronarias obstruidas; una emoción intensa, la muerte de un ser querido, un diagnóstico médico fatal o el cotidiano estrés, todos episodios en los que se libera adrenalina en exceso, era la causante de esa disfunción cardiaca temporal.

Un diagnóstico a tiempo y la medicación adecuada garantizan la recuperación, pero hay placebos, como la literatura, que pueden ser peligrosos. Aunque nada hay comparable a la belleza de algunos versos, estos de Edith Södergran: «Palabras cálidas, palabras bonitas, palabras profundas… Son como el aroma de una flor en la noche que uno no ve. Detrás de ellas acecha el espacio vacío… ¿O son quizás los anillos de humo de la cálida hoguera del amor?». Un día de estos, al despertar, me atreveré a recitárselos a L. Ojalá entonces su corazón siga latiendo.

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