Opinión | La vida moderna merma
gonzalo león
El Carrefour Express que mató a Manolete
Convendría explicar cuándo una tetería dedicada principalmente a servir batidos, zumos y crepes a turistas quedó incorporada a las esencias históricas de Málaga

Un cenachero en la calle San Agustín de una postal de principios del siglo XX. / L.O.
Durante muchos años, la pregunta sobre quién mató a Manolete fue la manera más española de llevar al absurdo nuestra necesidad de encontrar un culpable para todo. Si había una desgracia, alguien tenía que cargar con ella. En la Málaga actual la respuesta se ha simplificado bastante.
Se nota que estamos otra vez en campaña electoral, aunque nunca llegamos a salir de ella. Vivimos en campaña perpetua, con las redes convertidas en una caseta electoral abierta las veinticuatro horas y los chavales del triangulito, la estrellita o la banderita avisándote de si estás ante un tonto norte o un tonto sur.
Cualquier suceso debe convertirse inmediatamente en argumento político. Si llueve, culpa del alcalde. Si no llueve, también. Si cierra una tetería, decadencia urbana. Si abre un Carrefour, genocidio cultural.
El último drama tiene como escenario la calle San Agustín, entre el Museo Picasso y la Catedral. Es decir, uno de los lugares top de Málaga para abrir un negocio y ganar dinero, costumbre ésta todavía extendida entre quienes se arriesgan a abrirlo. Llamadles locos.
Hace unos meses conocimos que cerraba la tetería que llevaba allí más de treinta años. Terminaba el contrato y sus responsables no podían asumir el nuevo alquiler. Una situación dolorosa para el empresario y los trabajadores. Una cosa es ironizar sobre la explotación política de una desgracia y otra despreciar la desgracia.
Pero las redes no están hechas para los matices. La noticia activó el protocolo oficial de duelo con lamentos, crespones virtuales y acusaciones contra la especulación, el turismo y el capitalismo internacional. Faltó declarar tres días de luto. A lo mejor tratan a su madre con la punta del pie o llevan sin ver a su abuela dos meses. Pero en Tuiter se rajan las vestiduras por un bar.
También se trató el tema desde el recurso clásico del cierre de un gran negocio tradicional. Sin negar su trayectoria ni el cariño de sus dueños, seguro, convendría explicar cuándo una tetería dedicada principalmente a servir batidos, zumos y crepes a turistas quedó incorporada a las esencias históricas de Málaga.
No recuerdo a Cánovas del Castillo tomando té verde con hierbabuena antes de marcharse a Madrid. Tampoco consta que Torrijos pidiera un crepe de chocolate en su última noche. Pero aceptamos pulpo como animal de compañía y tetería como patrimonio etnográfico. Palante. A otra cosa, mariposa.

La Opinión
Del cierre de la tetería al Carrefour Express
Hasta que se conoció el nuevo uso del local. Un Carrefour Express. Y regresaron el llanto, el suspiro y la oda a la pena. Una franquicia de un supermercado francés, para mayor humillación, donde comprar agua, el pimiento rojo que falta para el gazpacho o una bolsa de calamares congelados.
Esta vez la cercanía de las elecciones ha elevado el tono. En la ecuación, obvio, ha aparecido el alcalde como responsable de que el propietario de un local privado haya acordado alquilárselo a una empresa privada para desarrollar una actividad legal.
Pero, ¿qué tendría que hacer el Ayuntamiento? ¿Obligar al propietario a alquilar a quien determinen las redes? ¿Expropiarlo? ¿Blindar las teterías? ¿Crear una concejalía del crepe malagueño? ¿Montar un círculo de Podemos para votar online qué negocio debe ir allí?
Se entiende que las administraciones protejan los Astilleros Nereo por su valor histórico y cultural. Lo difícil es comprender que una tetería frecuentada por turistas represente la identidad malagueña, mientras un supermercado para turistas simbolice su destrucción. Quien pide un zumo conserva nuestras tradiciones. Quien compra una Fanta de naranja fresquita, participa en un proceso de colonización. La diferencia debe de estar en la pajita.
Cuando algunos malagueños viajan a Berlín o París agradecen tener un supermercado cerca. No se consideran invasores, sino viajeros sensibles, casi intelectuales. El problema comienza cuando un berlinés hace lo mismo en Málaga. Hay supermercados similares en media Europa. ¿También son culpa de Francisco de la Torre? -Quizá, después de tantos años en el cargo, haya adquirido competencias continentales en el negocio-.
Málaga tiene problemas graves -la vivienda, la presión turística o la pérdida de residentes en el centro- y el Ayuntamiento tiene responsabilidades. Pero convertir cada contrato entre particulares en prueba de la maldad municipal es ridículo. Una oposición solvente distingue entre aquello que un alcalde puede decidir, aquello sobre lo que puede influir y aquello que no depende de él. Lo demás es pensamiento cutre salchichero.
Lo desolador es que determinadas corrientes políticas consideren un supermercado una formidable arma electoral. Si este es el gran ariete contra treinta y un años de gobiernos del PP, Paco puede dormir a pierna suelta. ¿Para esto era necesario apartar a Dani Pérez? ¿Para cambiar de portavoz sin cambiar de argumento? ¿Para movilizar voceros alrededor de la tragedia del congelador? ¿Para volver a sacar señoras mayores a fregar una calle? ¿Ése es el proyecto alternativo?
La oposición frente a las urnas
Málaga necesita una oposición fuerte e inteligente. Pero para construirla hay que entender la ciudad que se pretende gobernar. Algunos solo conocen la Málaga de sus redes, donde todos piensan igual y se indignan a la misma hora. Twitter puede hacerle creer a cualquiera que Málaga es Marinaleda con playa. Pero después llegan las urnas y estropean la fantasía.
En las últimas municipales, el PP consiguió 117.577 votos frente a los 69.840 del PSOE. Casi 48.000 de diferencia. No fue un empate técnico ni una confabulación electoral. Fue una distancia abismal. Puede gustar más o menos, pero el modelo liberal y conservador de Francisco de la Torre ha sido respaldado reiteradamente por una mayoría. Eso significa algo incómodo para la oposición y es que, puestos a elegir, prefieren ese modelo a las alternativas ofrecidas por ellos.
Los ciudadanos pueden escoger que una universidad privada de prestigio abra sede en Málaga o preferir que en ese suelo se levante un polideportivo público llamado Dolores Ibárruri. Ambas opciones son legítimas. Lo poco democrático es concluir que los votantes están equivocados cuando llevan treinta y un años eligiendo la opción que a uno no le gusta. Quizá hayan entendido las propuestas y votado en consecuencia.
Después de tres décadas perdiendo elecciones, tal vez haya llegado el momento de dejar de preguntarse qué hace Francisco de la Torre para seguir ganando y preguntarse qué hacen los demás para no derrotarlo ni a cañonazos.
Mientras tanto, seguirán utilizando las dificultades reales de la gente para fabricar artefactos electorales. Se explotará el dolor de quien cierra, se insultará a quien abre y se culpará al Ayuntamiento de cuanto ocurra entre ambos. Y ni siquiera así conseguirán arañar los votos que esperan.
Cuando lleguen las elecciones y la realidad vuelva a estropearles el relato, quizá también responsabilicen al supermercado. Será más cómodo sostener que Málaga se vendió por una oferta de dos por uno que admitir que llevan décadas confundiendo el ruido de sus redes con la voz de la ciudad. Para entonces ya habrán descubierto quién mató a Manolete. Lo que seguirán sin saber es cómo se ganan unas elecciones. Viva Málaga.
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