Opinión | Málaga en mi memoria
La contraportada
Ya no es solo la última página del periódico, sino el lugar donde una niña ve a su madre leer, donde nace una vocación y donde, años después, una escritora vislumbra el Umbral de su abismo

Varios periódicos. / SHUTTERSTOCK
Ya no es solo la última página del periódico, sino el lugar donde una niña ve a su madre leer, donde nace una vocación y donde, muchos años después, una escritora vislumbra el Umbral de su abismo.
Cogía el periódico con las dos manos e iba directa a la contraportada. Esperaba encontrarse con la columna convertida en tribuna diaria, porque eran esos tiempos de esplendor de Francisco Umbral. Mi madre le tenía gran admiración por subversivo e incisivo, ya que su estilo periodístico era literario y suspicaz. Le hubiera gustado ser como él, con mala leche, personalidad y una puesta en escena misteriosa y distante. Crecí viéndola leer moviendo los labios y absorbida por los artículos de opinión, las cartas al editor y algún que otro reportaje de actualidad política. Incluso, una vez, ganó una pluma estilográfica de las buenas y que premiaba «la mejor carta de la semana». Le daban las gracias por su fidelidad y por su participación en hacer de su periódico una publicación cada día más interesante. Si hoy yo estuviese haciendo de esta columna un documento manuscrito, estaría utilizando su pluma.
Acabo de ver un documental sobre la vida de Paco Umbral. Me ha dejado sobrecogida. Yo era joven cuando él escribía prolíficamente, pero ya no tengo excusa para no abordar Mortal y Rosa. No dejaría de estar imitando su estilo irreverente y ácido y de seguro me habría de sentir honrada si me echara al fuego de sus mayúsculas versales y negritas. A quién no le gustaría ser un poco Francisco Umbral alguna vez.
Hijo bastardo, excluido, aunque atendido hasta cierto grado. Cuenta de sus recuerdos a hombros de su padre en un tiempo en que su madre estaba muy enferma. Su respeto y su amor hacia su madre no le impidieron decir que se había dado cuenta de que su madre representaba una rémora en su vida, a pesar de quererla. Y se dedicó a escribir. Me ha encantado imaginármelo volviendo a entrar en la sucursal bancaria donde entonces trabajaba cuando ya todos se habían ido, porque tenía llaves y porque allí tenían una maquina de escribir espectacular. Conecto con la idea del hijo bastardo, excluido, aunque atendido hasta cierto grado. El amor a la madre, la novela que escribió, El hijo de Greta Garbo. Me dicen las tripas que a los que miramos el mundo desde un borde, nos hace falta mucha puesta en escena. Y más amor.
El abrigo cerrado, también en agosto. Sombrero si se le antojaba y siempre ese foulard en un tono fuerte. Las gafas de escritor cegato. Muy poca risa, mucha profundidad. Una persona excéntrica, rara, esperando amor mientras dispara coces. Y una forma de escribir sensible que rompe el corazón del más sabueso. El mío se rompió ayer cuando supe de Pincho. Para mí, Paco Umbral acaba de llegar a mi vida aunque hubiera estado en la trastienda de mi mente desde que tengo uso de razón. La máquina de escribir de mi madre a toda velocidad, la máquina de escribir de Umbral airada y dolida. Y yo, que me pongo sombrero y corbata en los meses de invierno, soy la primera columnista y escritora de mi familia. Salvando las distancias, también excéntrica, extraña e incómoda todo el rato. Mientras veía el documental, intuyo que algo le pasó a Pincho, su hijo de seis años. Pasan unas escenas más y me arrebata la calma una fuerte angustia. No voy a dejarlo pasar, no quiero esperar. Consulto con mi móvil y Pincho, tenido y amado, murió de leucemia, como mi hermano Pablo. Un pinchazo en la caja torácica, nunca mejor dicho. Un pinchazo agudo, salvaje, y un lamento ahogado se me sale de la boca.
Se dio cuenta de que solo había vivido seis años. Lo que pasó antes, solo un preludio. Lo que vino después, el camino hacia el fin. No veo la decadencia ni el desasosiego, solo la tristeza de haber amado y haber perdido. El talento puesto a las órdenes del control sobre las palabras y las imágenes literarias que se agolpan en la cabeza del escritor. Que si yo fuese como mi madre, sería más virtuosa. Buscando a los exiliados de la conformidad, se iba a la contraportada en un acto político de rebelión desde el ventanal de la casa. Y me parece que habría hecho de tripas corazón y se habría asomado por la ventana a leer en voz alta que Umbral había escrito que «la ironía es la ternura de la inteligencia». Sin darse cuenta de que, la única persona que la escucharía siempre, sería yo.
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