Opinión | Tribuna
¿Paz y amor?
No ha tenido que derrapar para mezclarse con mi alumnado, todavía en estado de ebullición hormonal y con migas del bocadillo excedentes en la comisura de los labios tras el bendito recreo. Ha depositado su casco solemnemente, aunque con un fingido desdén, como si se tratase de una brillante corona votiva. Su ofrenda: el regalo dorado que brindan el azar y la palabra oportuna. El osado piloto se llama Patxi Bujía Fernández y es, sencillamente, mi amigo, un joven filósofo con el que comparto la pasión por los placeres del entendimiento y hasta las trazas del bufón ilustrado, desde antes de que él lo supiera. Hoy me he despertado pensando en la sonrisa que lleva impresa como código de barras y en el afecto que siempre he profesado a sus padres y abuelos. Hace unos diez años que le invité, de tapadillo, a compartir experiencias vitales con mi alumnado de bachillerato del IES Jacaranda de Churriana-Málaga. Por azares del destino, me he enterado de que va camino a la Universidad de Granada para defender su Trabajo Fin de Grado. Justo ahora.
Sintonizo en mi cerebro multiusos la mítica canción Born to be Wild (1968), himno a la libertad entonado en un tiempo surcado por el rugido de las motos, las melenas al viento, los pantalones acampanados, la psicodelia y el amor libre (aunque fuera sólo de pensamiento en la mayoría de casos). Esta canción fue compuesta por Mars Bonfire e interpretada por el grupo canadiense Steppenwolf, a la que muchos sitúan en el origen del heavy metal; fue elegida como banda sonora de la película Easy Rider (1969), de Dennis Hopper.
Son tiempos de paz y amor estupefacientes en plena guerra de todos contra todos, con el Mayo Francés de 1968 y la guerra de Vietnam como inquietantes telones de fondo. «Get your motor runnin’/ Head out on the highway/ Lookin’ for adventure/ And whatever comes our way…». Y me imagino a Patxi recorriendo el asfalto andaluz y castellano, sonriendo con los ojos como su poder de seducción sabe, hasta llegar a Pamplona, estrenando su cabalgadura metálica y poniendo rumbo provisional al destino existencial. Luego vendrían Extremadura y el Alentejo portugués, explica a mi alumnado. Y ello, sin perder de vista que la película Easy Rider encarna el grito salvaje de la contracultura, una revolución sin tiros frente a la conspiración de los hipócritas de siempre. ¡Qué tiempos aquellos!
Mi amigo me decía, en tiempos ya lejanos, que tenía la intención de viajar en breve a la misteriosa Escocia, a las tierras que han llegado a demonizar al sensato David Hume por ser agnóstico y moderadamente escéptico. Se va con su moto y lo imprescindible (¿Habrá visto El turista accidental, de Lawrence Kasdan (1988)?, película protagonizada por William Hurt). Afirma que marcha a tierras agrestes «en busca del destino», de buenas conversaciones con los filósofos que se encuentre a su paso, pertenezcan o no a la Academia (todavía no es consciente de que muchos humanos salen corriendo cuando se enteran de que sus interlocutores son devotos o profesionales de la filosofía). Por eso dice que ha venido a verme, para encontrar referencias y tantear el terreno de su futuro inmediato, sospechando que mi mapa existencial puede servirle como GPS.
Patxi disfruta explicando a mi alumnado que el libre juego de las facultades cognoscitivas, como diría enfáticamente Kant, le han permitido más de una vez aplacar el hambre, combatir la soledad y afrontar el incierto futuro sobre el lugar donde dormir o el trabajo necesario para subsistir. En su minuciosa investigación antropológica quiere desvelar las múltiples caras del planeta, del mismo modo que lo intentan los personajes que encarnan Peter Fonda y Hopper en la película citada, y quiere también dibujar sus señas de identidad en pleno viaje y gracias a él, con el presente como bandera.
Patxi vino a proclamar ante mi auditorio habitual una gran verdad: que hay trabajo en tiempos de crisis, siempre y cuando haya «una dirección y un poco de gasolina». El tres de septiembre de 2016, Patxi Bujía Fernández escribía lo siguiente en las redes sociales en relación con su peculiar viaje iniciático: «Cortando el aire, atravesado por el sol y mecido por el asfalto. Una dirección y un poco de gasolina es el precio que pide mi espíritu para seguir volando. No sé si así estoy encontrando mi destino, pero no me importa, engañaré a la brújula con un imán si su norte no me convence. Así me hago dueño de cada metro que recorro, sudando kilómetros, y sonriendo al final de cada curva que no me arrebata la siguiente. Una dirección y un poco de gasolina…eso y gritar, gritar muy fuerte debajo de mi casco donde solo se oye la locura». Me gusta pensar que no ha cejado todavía en el intento, a pesar de su inevitable ingreso en lo que los especialistas denominan enfáticamente la edad adulta (yo ya voy por la tercera).
Se pueden engarzar piedras para confeccionar rudimentarios collares y venderlos gratis a hermosas jóvenes del norte a cambio de un poco de dinero, un chupito o un abrazo, y regalar humanidad a espuertas. Patxi ha pasado tiempo suficiente en la Universidad como para comprender que en ella no puede encontrar la gasolina necesaria para el viaje de la vida, aunque ahora retorne a ella para conseguir titulaciones que le permitan ganarse los garbanzos. Esto es algo que le ha sucedido a muchos emprendedores contemporáneos, en el mundo colonizado por el liberalismo y el capitalismo contemporáneos, como es el caso de ilustres Señores del aire como el padre de Microsoft, Bill Gates; Mark Zuckerberg, fundador de Facebook; Steve Jobs, cofundador de Apple; Jack Dorsey, creador de Twitter o Jerry Yang, cofundador de Yahoo!, por citar unos pocos nombres. Pero el reino de mi amigo Patxi no es de este último mundo. Tal vez porque prefiere a Platón antes que recurrir al Prozac, y la fabada artesanal de sus abuelos a los macarrones con mayonesa de sus tiempos de estudiante con poco dinero en los bolsillos.
Después de una dura jornada bajo el sol de la meseta castellana y el calor pegajoso del asfalto, Patxi se convierte en el abanderado de la filosofía como arte de vivir, que tan de moda estuvo en la antigüedad tras la muerte de Alejandro Magno. Afortunadamente, el pensamiento contemporáneo se ha reconciliado con la respiración agitada de la filosofía mundana, como reacción frente al rígido academicismo en que muchos nos hemos formado y que ha dirigido el rumbo de la filosofía occidental desde la Edad Media. No obstante, esto no equivale a trivializar su contenido ni a rendirse en los brazos de la literatura de autoayuda. En mi caso, la filosofía ha madurado con mi propia madurez, he reconocido su valor social y la necesidad de conciliar la razón teórica con la razón práctica sin provocar estériles escisiones. En definitiva, Patxi quiere dialogar con los sabios de todos los continentes a los que pueda llegar espacio-temporalmente con su flamante motocicleta, esbozar una amplia sonrisa, regalarles un collar y disfrutar de los vuelos del entendimiento y la imaginación, sin necesidad de poner los títulos sobre la mesa sino cosas tales como la belleza del cielo estrellado o la fascinación que suscita la universalidad del imperativo categórico, a decir de Kant. Es un buen mensaje para mi alumnado, aunque no sea políticamente correcto en el terreno de la educación que resultaría ejemplar para tantas mentes bienpensantes. Para niño bueno ya me tienen a mí, aunque ya no me quede pelo y me haya vuelto cerebralmente muy promiscuo y caprichoso y un poco cascarrabias. Y es estimulante asistir en vivo a dos fusiones, aparentemente contradictorias, una con la máquina y la otra, con la naturaleza. Cópulas casi cósmicas, como la de un virtuoso intérprete con su violonchelo.
Aunque Patxi se ha dado cuenta de que siempre he tenido «un trabajo maravilloso», en el que he podido respirar energía vital por todos los poros y que nada tiene que envidiar al estilo de vida del aventurero impenitente de los relatos románticos. Su vida está, por ahora, en la carretera polvorienta y la armónica desgarrada de Bob Dylan. Prefiere compartir el viaje con Ernesto Che Guevara y Alberto Granado -Bill Gates tiene pinta de empollón y es demasiado serio y Elon Musk solo admite viajes y amistades espaciales de mayor enjundia-, anotando en un diario imaginario la sombra que proyectan las pupilas de los pobres y desheredados, con el mismo método con el que desarrollaron su periplo por América del Sur en 1952 argentinos tan ilustres. Por cierto, Diarios de motocicleta (2004) es una interesante película biográfica que relata el viaje de 8.060 Km. que hicieron los citados por América del Sur a lo largo de cuatro meses. Este no es otro que la espontánea improvisación, hasta donde La Poderosa aguante. La motocicleta del asmático Ernesto Guevara estaba rota y se desangraba a la vista de los campesinos indígenas, y sobre ella, el Che se preguntaba con su amigo Alberto Granado: ¿Es posible una revolución sin tiros? ¿Hay trabajo? ¿Hay una autopista hacia la esperanza?
Recomiendo aquí meditar con cariño sobre la respuesta del cantautor uruguayo Jorge Drexler, Óscar a la mejor canción original en 2005, por Al otro lado del río: «Clavo mi remo en el agua/ llevo tu remo en el mío./Creo que he visto una luz/ al otro lado del río./ El día le irá pudiendo/ poco a poco al frío./ Sobre todo, creo que/ no todo está perdido./ Tanta lágrima, tanta lágrima/ y yo, soy un vaso vacío…/ Oigo una voz que me llama,/ casi un suspiro:/ ¡Rema, rema, rema!/ En esta orilla del mundo/ lo que no es presa, es baldío./ Yo muy serio, voy remando,/ y muy adentro, sonrío./ Creo que he visto una luz/ al otro lado del río». Y como dicen los Steppenwolf: «Get your motor runnin’/ Head out on the highway/ Lookin’ for adventure/ And whatever comes our way…».
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