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Opinión | Málaga de un vistazo

Me pongo colorada

El marqués de Larios, con la cara pintada de rojo.

El marqués de Larios, con la cara pintada de rojo. / Álex Zea

Aunque parezca mentira, me pongo colorada cuando me miran. Esta famosa canción de Papá Levante podría poner banda sonora el acto vandálico que sufrió la estatua del Marqués de Larios con ocasión de las celebraciones del pasado domingo: un incívico roció la cabeza de la estatua con pintura roja ante un gran número de testigos a los que pareció no importarle el acto.

No digo que tengan la misma responsabilidad, pero también es reprochable que ningún conciudadano de los que estaba allí reaccionara ante un acto de esta naturaleza. Y contra ese acto, en cambio, sí que han reaccionado en redes sociales numerosos vecinos que, con razón, denunciaban la gamberrada en cuestión. Hasta aquí todo normal. Lo que me parece digno de reflexión es que, una vez más, reaccionemos más fácilmente cuando se tocan los símbolos que cuando se toca la esencia. Cuando se quema una bandera o se rocía pintura contra una estatua, nos sentimos dolidos y ultrajados. Cuando se desarrollan unas políticas orientadas a poner la ciudad al servicio de intereses económicos y que buscan convertir la ciudad en una especie de metrópoli mundial sin sabor a nada, ahí no nos damos cuenta de que nos están pintando la cara. O nos damos cuenta pero no reaccionamos. Es, otra vez, el síndrome del amor a la bandera y la indiferencia respecto de lo que significa.

Más allá de censurar el ataque a un bien público con un valor histórico importante, que acarreará al figura las consecuencias que correspondan, no dejamos de ser quienes somos porque alguien pinte la cara de una estatua. Sin embargo, sí dejamos de serlo si los malagueños no podemos vivir en Málaga y convertimos la ciudad en un parque de atracciones. Pero ahí veo menos ofendidos.

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