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Opinión | La vida moderna merma

¿Y si quien pintó la cabeza del Marqués de Larios hubiera sido un turista?

Por qué cuando el autor encaja en el personaje que necesitamos para nuestro discurso, convertimos una gamberrada individual en la demostración de que Málaga se encuentra al borde del apocalipsis.

El marqués de Larios, con la cara pintada de rojo.

El marqués de Larios, con la cara pintada de rojo. / Álex Zea

La estatua del Marqués de Larios amaneció el lunes con la cabeza completamente pintada de rojo. Durante la celebración del Mundial de fútbol ganado por España, un joven decidió que la mejor manera de expresar su alegría consistía en trepar hasta la obra de Mariano Benlliure y rociarle la cabeza con pintura roja. Cada uno celebra los éxitos deportivos según la educación que ha recibido.

La acción fue grabada desde todos los ángulos posibles y el presunto autor ha sido finalmente detenido. Es un joven argelino de 26 años, residente en Málaga aunque sin domicilio fijo. La nacionalidad no debería importar demasiado. Tampoco su situación económica, su procedencia o el color de su piel. Ha cometido presuntamente un acto vandálico contra una obra de arte que pertenece al patrimonio de todos y debe responder por ello. Exactamente igual que tendría que responder un malagueño de Capuchinos, un señor de Valladolid o un turista británico que hubiera bajado de un avión con la piel del color de una gamba después de pasar seis horas dormido en la playa de La Malagueta.

Lo interesante, sin embargo, no es solo lo que ha ocurrido. Lo verdaderamente revelador es imaginar qué habría ocurrido si el autor hubiese sido ese turista -cosa que no parece que sea este chaval-.

Podemos reconstruirlo sin demasiado esfuerzo. Antes de que los operarios municipales hubieran comenzado a retirar la pintura, las redes sociales estarían ardiendo. Habría miles de mensajes denunciando el deterioro irreversible de Málaga, el avance imparable de la turistificación y la conversión del centro histórico en una sucursal de Magaluf. Algún usuario especialmente inspirado habría escrito que «nos están robando la ciudad» y otro habría añadido que el turismo «nos expulsa de nuestros barrios, destruye nuestra identidad y ahora también ataca nuestro patrimonio». Todo eso antes de desayunar.

A media mañana habría sido convocada una rueda de prensa frente al monumento. Aparecerían varios representantes políticos con gesto de profundo dolor institucional y una pancarta cuidadosamente impresa durante la madrugada. El lema podría ser «El turismo desangra Málaga», acompañado de una fotografía del marqués con la cara roja y otra del alcalde caracterizado como Tío Gilito, nadando en una piscina llena de billetes y apartamentos turísticos.

Vandalizan la estatua del Marqués de Larios, que amaneció con la cara pintada de rojo

Bosko KB (@bosko_art)

Durante varios días escucharíamos análisis sobre la pérdida de la esencia de la ciudad. Se hablaría de la necesidad de limitar los vuelos, cerrar hoteles, prohibir las despedidas de soltero y colocar un torno en calle Larios que solo pudiera abrirse acreditando cuatro apellidos malagueños y conocimientos suficientes sobre la diferencia entre una loca y un borrachuelo. Algún experto explicaría que la pintura roja sobre el bronce era la consecuencia inevitable de un modelo económico depredador. Y quizás hasta se organizaría una concentración bajo el lema «El marqués no se vende».

Pero el autor no era turista. Era argelino. Y entonces se ha producido un silencio bastante llamativo. No porque nadie haya condenado la pintada. Naturalmente, la inmensa mayoría de la gente comprende que se trata de una gamberrada intolerable. Lo curioso es que el suceso no ha sido utilizado para construir uno de esos grandes relatos colectivos con los que las redes sociales nos obsequian cada semana. Nadie ha presentado la cabeza roja del marqués como la prueba definitiva de nada. No ha habido campañas masivas, eslóganes, pancartas ni comparecencias solemnes. El algoritmo, que suele padecer ataques agudos de indignación, ha mostrado en esta ocasión una serenidad casi británica. Y, sinceramente, esa contención me parece bien.

Lo que convendría preguntarse es por qué no somos capaces de mantenerla siempre. Por qué cuando el autor encaja en el personaje que necesitamos para nuestro discurso, convertimos una gamberrada individual en la demostración de que Málaga se encuentra al borde del apocalipsis. Y por qué, cuando no encaja, recuperamos de pronto la prudencia, los matices y la responsabilidad personal.

La estatua del Marqués de Larios, que amaneciö el lunes pintada de rojo

La estatua del Marqués de Larios, que amaneciö el lunes pintada de rojo / Álex Zea

Ser argelino no convierte al joven en representante de la inmigración. Ser británico tampoco habría convertido a un turista en delegado plenipotenciario de todos los turistas que llegan a la Costa del Sol. Un vándalo se representa fundamentalmente a sí mismo y, con frecuencia, ya es una representación suficientemente lamentable.

Hace algún tiempo, varios jóvenes rompieron unos paneles de cartón instalados en una exposición de calle Larios y grabaron la acción. Las redes dictaron sentencia inmediatamente. Eran turistas borrachos. La turistificación estaba arrasando la cultura malagueña. El centro se había convertido en un parque temático. Poco después comenzó a circular la información de que los supuestos invasores eran más malagueños que un Florestel. Hubo entonces que recoger cable con esa dignidad característica de quien borra un tuit y confía en que nadie haya hecho una captura de pantalla.

Las redes no están diseñadas para averiguar qué ha sucedido, sino para confirmar lo que cada uno ya había decidido pensar. Primero elegimos al culpable y después buscamos el suceso. Si el vándalo es turista, la culpa es del turismo. Si es extranjero y la noticia cae en las manos contrarias, la culpa será de la inmigración. Siempre existe una causa estructural disponible para evitar la incómoda posibilidad de que un gilipollas sea únicamente un gilipollas.

Esto no significa que Málaga no tenga problemas relacionados con el turismo. Los tiene, y algunos son serios. Tampoco significa que no debamos hablar de inmigración, convivencia, seguridad o integración. Debemos hacerlo. Pero los debates importantes se vuelven ridículos cuando utilizamos cualquier gamberrada como munición electoral. Una ciudad no puede discutir serenamente sobre su futuro si cada incidente se transforma en un plebiscito sobre el alcalde, los hoteles, las fronteras o el capitalismo.

El patrimonio urbano de calidad que conserva Málaga no es precisamente abundante. Conviene protegerlo. Quien la dañe debe pagar la restauración y asumir la sanción correspondiente. Sin linchamientos, sin excusas sentimentales y sin convertir su pasaporte en prueba de cargo o certificado de inocencia.

La estatua ya ha recuperado su aspecto habitual. El Ayuntamiento ha podido retirar la pintura roja del bronce. Mucho más difícil será eliminar el tinte ideológico con el que algunos llevan años cubriendo cada cosa que sucede en esta tierra.

Viva Málaga.

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