Opinión | Barraca y tangana
Ese algo cuánto vale

Ferrán Torres de España celebra un gol este domingo, en la final del Mundial de la FIFA 2026 entre España y Argentina en el estadio MetLife en East Rutherford (NJ, EE.UU.). EFE/ Lavandeira Jr
Hace poco, mi equipo presentó una de las camisetas que lucirá la próxima temporada. Lo hizo en una discoteca a las tres de la madrugada. Jugada maestra: nunca jamás nadie ni nada pareció feo en una discoteca a las tres de la madrugada. Espero que pasaran rápido el datáfono, ventas aseguradas. Espero que alguien despertara al día siguiente con la camiseta en la cama, algo aturdido, y pensara que era más bonita la noche anterior a las tres de la madrugada.
Negocios aparte, y hablemos del Mundial ahora, lo mejor de cualquier logro deportivo es el pitido final. El paso gigante que separa la posibilidad de la certeza. El atleta cruzando la meta. Después del pitido final del árbitro, de ese relámpago de felicidad sin matices, solo se puede empeorar, y algunos ponen mucho empeño en empeorar la felicidad total.
España ganó la Copa del Mundo. Hasta ahí, todo bien. Luego nos enredamos: las declaraciones de uno, las celebraciones del otro, la vida de este, el gesto de aquel otro. La instrumentalización del éxito. Las explicaciones. La moralina y la moraleja. Las conspiraciones. La discusión, las polémicas, el debate. La pereza.
Imaginen todo esto después de perder. Debe de ser insoportable.
Tras el triunfo, la alegría permanece, pero se disuelve. Es verdad que a menudo las trampas me las pongo yo solo: he visto tantas veces el despeje apurado de Pau Cubarsí (ojo qué Mundial, ojo qué final) que me siento más angustiado por lo cerca que estuvo el empate que feliz por el resultado real y victorioso. He visto la jugada tantas veces que me obligo a no verla más por si alguna vez la pelota acaba dentro. ¿Qué ha dejado la victoria en mí? La obsesión de un enfermo.
Ya veníamos regular de casa, debo admitir. Éramos así antes.
Enfrente, y es algo que ocurre en cada gran acontecimiento futbolístico, asoma la intelectualidad. Es de lo más curioso comprobar, una vez ganado el Mundial, que aquellos que por lo general desprecian el fútbol vienen a explicar el fútbol a nosotros, los básicos. Como saben de todo, obviamente, esta semana también saben de fútbol y nos instruyen en el asunto, al menos hasta que la actualidad señale a otra parte. Los sabios opinadores de los púlpitos y los abolicionistas del patio del colegio nos regalan sus análisis deportivos, económicos, sociales, arbitrales, políticos y culturales.
Ni siquiera sospechan que todo lo dijo alguien antes, y mejor. Ni siquiera sospechan que bastante tenemos con mirar el despeje de Cubarsí en bucle.
Por suerte, hay algo que prevalece. Espero que conserven ese algo sobre todo los jugadores, porque lo merecen. Algo que aparece un par de días después de ganar, o tres, quizá fuera el miércoles o quizá fuera el jueves. Cuando acaba la euforia, cuando acaban las celebraciones y cuando acaban los compromisos oficiales y los viajes. Cuando lleguen a casa o a un hotel digno de ser llamado casa, duerman 14 horas del tirón, se despierten junto a la persona que quieren, abran medio ojo y se acuerden de que ganaron un Mundial. Se acuerden fugazmente, se giren y sigan durmiendo. Ese algo cuánto vale.
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