Opinión | La pértiga
“Hasta el año que viene, abuelito”
El llamado Día de los Abuelos corre el riesgo de convertirse en eso: una celebración de gestos rápidos y emociones de escaparate

Los mayores no necesitan homenajes ocasionales; necesitan sentirse acompañados y queridos cada día. Todos los días / L. O.
Nos estamos acostumbrando a vivir de las fechas señaladas tanto que basta con que el calendario nos recuerde una obligación para tranquilizar la conciencia durante el resto del año. Con los abuelos ocurre cada vez más. Ayer celebramos su día (se realiza desde 1998, que conste) así que les dedicamos la jornada, una foto, un mensaje cariñoso y damos por cumplido el expediente. Ni salir a comer juntos un día de julio con este calor. Nada.
-“Venga, nos vemos”.
El llamado Día de los Abuelos corre el riesgo de convertirse en eso: una celebración de gestos rápidos y emociones de escaparate. La fotografía familiar, la felicitación en redes sociales, el mensaje reenviado por WhatsApp. Todo muy bonito. Todo muy emotivo. Pero, cuando termina el día, da la impresión de que la sociedad pronuncia en voz baja una frase mucho menos amable: «Hasta el año que viene, abuelito». Porque si el niño o la niña ya es grande (+18) y se cuida solo, ese señor mayor que le llevaba al colegio a pesar del madrugón, y/o esa gran señora que le hacía el gazpachuelo y las albóndigas con tomate ya, casi que han pasado a la historia.
-“Que no abuela, que no voy, que llamo al de la pizzería mejor”.
El cariño no se demuestra en una fecha concreta, sino en la constancia. En una llamada cualquiera, en una visita sin motivo especial, en el tiempo compartido cuando no hay cámaras ni aplausos en redes. Los mayores no necesitan homenajes ocasionales; necesitan sentirse acompañados y queridos cada día. Todos los días.
Por suerte, todavía existen lugares y culturas donde esta realidad se entiende perfectamente. En muchas familias, los abuelos siguen siendo una referencia indispensable, principalmente en los pueblos, donde los años y la experiencia de las personas mayores continúan teniendo bastante valor. Ocurre también en la cultura gitana, donde los mayores conservan una autoridad y un respeto tan absoluto y magnánimo que no dependen de ninguna celebración anual. Y hasta después de muertos… Solo hace falta ir al Parcemasa y verlos en torno a sus tumbas echando el domingo. También se comprueba en la mayoría de parroquias donde las personas mayores sostienen, silenciosamente, buena parte de la vida cotidiana de la comunidad: Cáritas, catequesis, adoración al Santísimo. Ahí está mi padre que con 88 años sigue abriendo el templo todas las tardes llueva, haga calor o mucha calor.
Y no nos olvidemos de nuestras cofradías…
Las hermandades no nacen de la nada. Detrás de cada pieza del patrimonio que hoy admiramos, detrás de cada obra asistencial o de cualquier momento de relevancia, hay generaciones enteras de hermanos que dedicaron tiempo, sacrificios, dinero e ilusiones para construir todo lo que ahora recibimos.
Los mayores de una cofradía son mucho más que una antigüedad en una lista de hermanos. Son la memoria de la corporación. Recuerdan épocas difíciles, cuando faltaban recursos pero sobraba entrega. Conocen historias, muchas, esas famosas “batallitas” que nunca aparecerán en las actas ni en los libros. Han sido y son testigos de los esfuerzos realizados para sacar adelante proyectos que hoy podríamos considerar casi normales… Y por todo ello deben ser considerados custodios y ejemplo vivos de una forma de entender la hermandad basada en el compromiso y la devoción.
Todo lo que hoy disfrutamos tiene algo de ellos. El patrimonio, los cultos, la procesión, la convivencia diaria. Y lo saben bien esos nietos, no solo los de sangre, que un día aprendieron a ponerse la túnica o a rezar delante de los Titulares de la mano de sus abuelos. Y si no lo saben o se hacen los longuis, hay que decírselo, recordárselo. Y obviamente en vida no en el lazo de una corona de flores.
-“Yo estoy en la hermandad por tu padre que me daba siempre estampitas”.
Por eso resulta insuficiente reservarles un único día al año. ¡En un día no cabe tanto agradecimiento! Los abuelos y las abuelas merecen cercanía, escucha y reconocimiento permanente. Merecen saber que su entrega no se recuerda solo cuando lo dicta el calendario.
Quizá haya llegado el momento de sustituir algunas felicitaciones por más presencia. Menos publicaciones y más conversaciones. Menos homenajes de un día y más gratitud durante todo el año.
Porque honrar a nuestros mayores, sean los de nuestra sangre, los vecinos o los de la cofradía, no debe ser una moda, ni una campaña, ni una efeméride. Es simplemente una cuestión de justicia. Pero sobre todo, una cuestión de amor.
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