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Opinión | Desperfectos

Ascensión de Zapatero

La aparición de joyas en su caja fuerte pone en jaque el legado de Zapatero, mientras el PSOE se resiste a creer las imputaciones.

José Luis Rodríguez Zapatero, tras un mitin el pasado mes de mayo en Cádiz.

José Luis Rodríguez Zapatero, tras un mitin el pasado mes de mayo en Cádiz. / Nacho Frade (EP)

La reconversión de José Luis Rodríguez Zapatero en faro moral se va a estudiar en las escuelas de Arquitectura y en los talleres de ilusionismo. Hubo siempre algo frágil en su tránsito político. Queda corroborado por lo que se llama su legado, construido con elementos de ficción: nuevos derechos, final de ETA, crisis de 2008, buenismo y Alianza de Civilizaciones, ley de memoria histórica, intensa acogida de inmigrantes, LOE, segundo Estatut catalán, política económica evasiva, más de cinco millones de parados. Solo le salva argumentar que su aportación ha sido legitimar el sanchismo con su elocuencia de tribuno que sonríe a casi todos. Su segundo mandato quedó roído por la crisis de 2008, que su gobierno negó y que todavía colea.

La caída de Rodríguez Zapatero ha extremado las contorsiones del PSOE que, hasta estos momentos, se niega a creer las investigaciones de la UDEF y las imputaciones del juez Calama. Después de Santos Cerdán y Ábalos lo que quedaba del cortafuego de Ferraz se consumió en unas horas cuando aparecieron las joyas en la caja fuerte de Zapatero. Aun así, quedan socialistas que apelan al faro moral, como seguidores de un cisma por ausencia de pontífice, lo que viene a ser un déficit de liderazgo por parte de Pedro Sánchez.

Tras la dimisión de Almunia en el año 2000, ni el más atinado de los augures pudo prever que, aunque llevase años en su escaño y ajardinando el PSOE leonés, aquel diputado desconocido pudiera trastocar el transcurso evolutivo del PSOE y convertirse en el agente de un desmoronamiento económico general. Al PSOE le hacía falta una voz renovada y Zapatero pareció pasar a ser eso. Pero con él llegó el zapaterismo, un estadio político que se alejaba de lo previsible en la renovación de un partido todavía encarrilado en la socialdemocracia.

El Zapatero gobernante fue un director de orquesta que se demoraba concierto tras concierto en un allegro juguetón y fraternal, para no complicarse la vida en los pasajes dramáticos. Quizás confiaba en una suerte de pacto fáustico para seguir así, pero ni los mercados, ni el Banco Central Europeo o el FMI le secundaron, ni los sindicatos -a los que nutrió de dosis desproporcionadas de paz social-. Haber anunciado las reformas tarde y mal fue solo la primera parte: en la segunda, las reformas no se especificaban, faltaba concreción y lo advertían la OCDE y la eurozona.

Para convertir Zapatero en un farol habría que esperar a la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa. Puesto que el felipismo no apoyaba a Sánchez, la solución consistiría en darle una descarga de megavatios a Zapatero para que acompañase al sanchismo con su luz moral. Entonces se aficionó a China y al chavismo.

Alguien, de forma inadvertida, le depositó unas joyas fastuosas en la caja fuerte de su despacho. Eso incomoda tanto que lo mejor es negarlo. Le queda a Zapatero un recurso mágico: en la brujería de hace siglos se consideraba que ingerir piedras preciosas pulverizadas tenía efectos curativos. Los efectos colaterales son un riesgo pero, para no dejar de ser faro moral, hay que hacer algún sacrificio.

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