Opinión | Mil cosas
Advertencia al lector
Las advertencias sobre realidad y ficción esconden a menudo una duda más íntima: qué pensarán los demás de lo que hemos escrito

Oprah Winfrey, en la Convención Nacional Demócrata de 2024. / AP
Cientos de miles de libros han incluido a lo largo de la historia toda clase de advertencias sobre la forma en que conviene leerlos. Las fórmulas admiten numerosas variaciones. Una de las más habituales aclara que el libro, pese a lo que pueda parecer, es una obra de ficción; que sus personajes no se corresponden con personas reales y que cualquier parecido con alguien concreto, al igual que cualquier semejanza entre los hechos narrados y la realidad, es pura coincidencia.
Un segundo grupo de advertencias se limita a precisar que la obra está basada en hechos reales. Y todavía existe una tercera categoría: la de quienes aseguran que todo sucedió exactamente como se cuenta, sin invenciones ni alteraciones. Tal vez todas esas prevenciones podrían resumirse en una sola frase, aunque pocos autores estarían dispuestos a escribirla: «Hola, soy escritor y tengo miedo de lo que vayas a pensar de mi libro». Más raro aún sería encontrar una declaración como esta: «Lector, me da igual lo que pienses». Ojalá sucediera más a menudo.
Escribir sin saber qué ocurrirá
Es difícil escribir sin acumular dudas sobre lo que se está haciendo, sobre cómo se está haciendo y, sobre todo, sobre la manera en que será recibido. Es frecuente que ni siquiera el propio autor tenga completamente claro el sentido de lo que escribe. Como para no desconfiar de las interpretaciones ajenas. Y, sin embargo, ese territorio incierto, ese no saber qué sucederá cuando el texto llegue a otras manos, es precisamente una de las cosas que vuelven fascinante la literatura. Entre las muchas advertencias que he leído y olvidado casi de inmediato, hay una que se resiste a desaparecer. Es la que Natalia Ginzburg incluyó al comienzo de Léxico familiar:
«Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio. Siempre que, debido a mi costumbre de novelista, inventaba algo, me sentía obligada a destruirlo».
Y continuaba:
«Hasta los nombres son reales. Al escribir, sentía tan profunda intolerancia por cualquier invención que no he podido cambiar los nombres verdaderos. Me han parecido inseparables de las personas que los llevan».
En el extremo opuesto debe de encontrarse una de mis novelas. En su extensa página de agradecimientos llegué a inventarme tres o cuatro personas inexistentes para confundir todavía más el juego entre realidad y ficción que proponía el libro.
La advertencia como escudo
El miedo a cómo serán recibidas las novelas provoca que muchas de estas aclaraciones no sean otra cosa que mecanismos de protección jurídica. Uno tiende a pensar que una carrera literaria mejora automáticamente cuando consigue ahorrarse algunos disgustos. Aunque no siempre funciona. Fue célebre el caso de James Frey, escritor estadounidense que publicó en 2003 un libro autobiográfico titulado En mil pedazos. La historia comienza cuando el autor despierta en un avión sin saber adónde va ni qué le ha ocurrido.
Siente un dolor intenso en el rostro. Al tocarse descubre que le faltan varios dientes, que tiene los labios muy hinchados y la nariz torcida. A partir de ahí, Frey relata una vida de penurias, adicciones, arrestos policiales y temporadas en prisión. El libro permaneció durante semanas entre los más vendidos de The New York Times. Oprah Winfrey lo invitó a su programa y terminó de convertirlo en un fenómeno editorial. Pero en 2006 la web The Smoking Gun reveló que el autor había tergiversado algunos episodios e inventado otros.
Entre las escenas falsas se encontraba una operación dental sin anestesia, la afirmación de que la Policía lo buscaba en tres estados y su supuesta adicción al crack. Todo era mentira. Oprah Winfrey lo crucificó públicamente. Frey cayó tan bajo que ella misma acabó invitándolo de nuevo al programa, casi por compasión. Pero lo más divertido llegó después. Random House alcanzó un acuerdo para devolver el dinero a quienes habían comprado el libro y se consideraban estafados, porque entendían que una autobiografía no debía contener invenciones. Los lectores de la edición de bolsillo tenían que arrancar la cubierta y enviarla a la editorial. Los de tapa dura, en cambio, debían mandar la página 163. Qué risas.
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