Opinión | Miradas

Escritora
Al menos, recordar
Gaza, el muro y la costumbre de mirar hacia otro lado. La Franja sigue encogiendo entre la ocupación, el hambre y los escombros mientras el mundo aprende a convivir con una tragedia que ya parece cotidiana

Lucía Feijoo Viera
Gaza. El nombre empieza a sonar a conflicto antiguo. Evoca a ese conocido enfermo cuya dolencia cuesta incluso nombrar. Sabes cómo será la conversación: él seguirá atrapado en el sufrimiento y tú cerrarás los ojos al colgar, abatido al comprobar que nada ha mejorado y que quizá ya nunca lo haga. Por eso cuesta llamar. Por eso se alarga el tiempo entre una conversación y otra. Hasta que una noche descubres que llevas días sin pensar en él. Entonces, la pena se mezcla con el remordimiento. Gaza sigue ahí. Cada vez más pequeña, más exhausta y más atrapada. Los duelos se acumulan y ni siquiera queda espacio para llorarlos.
Una Franja partida en dos
El Ejército israelí levanta un gran muro de arena de varios metros de altura que divide Gaza. La barrera separa la zona bajo control de Israel de la que permanece en manos de Hamás tras el alto el fuego del pasado otoño.
La llaman Línea Amarilla, por los bloques de hormigón pintados de ese color que marcan su trazado. También podría llamarse roja, por la sangre palestina que continúa derramándose. O negra, por el futuro que anuncia. Israel sigue rebasando los límites fijados y controla ya más del 60% de la Franja. Cada metro ocupado es un metro de desolación y desplazamiento forzoso para la población palestina. Al otro lado del muro se hacinan cerca de dos millones de personas.

Llamas y humo tras el nuevo bombardeo israelí en Gaza / DPA vía EP
Dos años viendo el horror
Durante dos años hemos visto —porque lo hemos visto— casi todos los horrores posibles: bombardeos indiscriminados, barrios enteros derrumbados, hambre, hospitales atacados, profesionales sanitarios asesinados, periodistas muertos, detenciones arbitrarias, torturas y desplazamientos forzosos hacia ninguna parte.
También vimos ataques en puntos de reparto de alimentos y escenas en las que los niños parecían haberse convertido en objetivos. Organismos de Naciones Unidas y organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch o Médicos Sin Fronteras han documentado una devastación de dimensiones históricas. Y, frente a ella, el mundo ha oscilado entre la indignación, las excusas, la indiferencia y la complacencia.
En medio de esa agonía apareció incluso la grotesca fantasía de convertir Gaza en un complejo turístico de lujo. Una tierra arrasada, reconstruida como escaparate para quienes puedan pagarla. Los niños gazatíes que sobrevivan quizá podrían trabajar allí como camareros o limpiadores sobre la tierra de sus antepasados.
La pregunta es cuántos sobrevivirán.
Un territorio sin infancia
Los habitantes de Gaza malviven en un espacio fantasmal, superpoblado de cuerpos exhaustos, escombros y enfermedades. El sistema sanitario está colapsado y escasean los medicamentos, los alimentos y el agua potable.
La infancia ha quedado enterrada bajo el miedo, el hambre y las ruinas. Ya no hay patios, ni escuelas, ni juegos. Solo una sucesión de pérdidas demasiado grandes para quienes apenas han empezado a vivir. Llega agosto, el mes vacacional por excelencia. Cerramos un curso en el que hemos aprendido que un Estado que presume de democracia puede devastar a una población entera con el consentimiento, el silencio o la impotencia de buena parte de las democracias del planeta.
Ese muro que se extiende por Gaza no está hecho únicamente de arena. Está formado por los juegos rotos de la infancia, el derrumbe de la justicia internacional y el fracaso de la promesa de un mundo encaminado hacia la paz.
Sobre él se eleva la barbarie. Y quizá lo más inquietante sea que ya hemos empezado a acostumbrarnos. Que sumamos noches sin pensar en Gaza. Que aprendemos a apartar la mirada mientras el muro crece y la Franja desaparece.
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