Opinión | La pértiga
Los almendros en flor
El periodista Ignacio Castillo, fallecido el 10 de junio, fue un apasionado cofrade y fundador de la Hermandad de la Mediadora

El pregonero de la Semana Santa de Málaga 2026, Ignacio Castillo en el Teatro Cervantes. / Álex Zea / LMA
Hay personas que pasan por nuestra vida como si tal cosa. Y hay otras que, sin darnos cuenta, terminan formando parte de ella. Que llegan en un momento determinado y que, con el paso de los años, dejan de ser simplemente amigos para convertirse en parte de nuestra propia historia. Personas que aparecen asociadas a lugares, a imágenes, a conversaciones, a risas, a proyectos y también a esos silencios que solamente se comparten con quienes realmente nos conocen.
Así fue Ignacio Castillo. Así es Ignacio, nuestro Ignacio.
Lo conocí en 1996, durante aquellas retransmisiones de Semana Santa que realizábamos para el programa de Rafael Acejo. Han pasado treinta años y parece increíble mirar atrás y comprobar todo lo que hemos vivido juntos: conversaciones interminables, viajes, proyectos, hermandades, ilusiones, discusiones, desencuentros y reconciliaciones. Y es que una amistad verdadera no está hecha solamente de momentos perfectos.
Ignacio era un hombre de espíritu agustino. Él mismo lo decía con una solemnidad tal que a veces nos provocaba una risa disimulada, porque parecía estar hablando desde otra época. Hasta en nuestros desencuentros se le notaba esa impronta. Todavía guardo un mensaje que me escribió en uno de esos enfados, citando a su admirado Santo para darme lección: «Mejor es caminar cojeando por el camino que avanzar a pasos agigantados fuera de él». Y yo le respondía desde la pura verdad de la amistad: «Pero Ignacio, si yo a veces tampoco puedo tirar de mi cuerpo...». Así era nuestra relación: él citando la teología como un académico de otra época y yo bajándolo a la tierra con la sencillez del día a día.
En todo hacía alarde de profundas convicciones, de una enorme capacidad para emocionarse y de una manera muy particular de entender la vida. En él convivían el periodista reflexivo y el cofrade apasionado; el hombre serio y la persona capaz de hacerte reír con su ironía y su sarcasmo; la ternura de un padre enamorado de su hija y el carácter fuerte de quien defendía sus ideas hasta las últimas consecuencias.
Porque Ignacio no era perfecto. Ni él, ni yo, ni nadie.
Y precisamente por eso era Ignacio.
Era cabezón. Sí, con tilde en la o. A veces quería tener razón incluso cuando quizá no la tenía. En ocasiones vivía los conflictos demasiado intensamente y algún pequeño rencor se quedaba guardado más tiempo del necesario. Pero incluso eso, que muchos catalogaban de defecto, formaba parte de esa pasión con la que vivía todo. Y así, en su personalidad inquebrantable le queríamos.
Nunca fue una persona tibia, gracias a Dios.
Ignacio amaba mucho. Y quien ama mucho también sufre mucho.
Por eso fue un auténtico 'locofrade'. Y qué bonito es poder decirlo así.
Porque ser 'locofrade' para Ignacio no era una exageración vacía. Era una manera de mirar la vida. Las hermandades para él no eran simplemente organizaciones, y mucho menos peñas. Eran historia, fe, belleza, recuerdos, personas y una forma esencial de acercarse al Señor.
Nuestra amistad no se construyó solamente alrededor de las hermandades y de las devociones compartidas. También se labró en ese espacio íntimo que solo pertenece a dos amigos que caminaron juntos durante tantos años.
En esta vida, y espero que en la otra, Ignacio y yo fuimos contadores de secretos el uno al otro. Nos contamos alegrías, preocupaciones, heridas, ilusiones y momentos difíciles. Él conocía mis luces y mis sombras, y yo conocía sus esplendores y ocasos.
Supe de sus sueños y miedos hasta el final: sus preocupaciones por sus padres, el cariño enorme hacia su hermano, el amor inmenso hacia su mujer y, sobre todo, la ilusión más grande de su vida: su hija Paz. También conocí la importancia que tuvo para él su prima Elena, a la que consideraba como una hermana y con quien compartía tantas confidencias.
Ignacio era alguien que escuchaba y que guardaba. Y por eso creo que nosotros permanecíamos incluso cuando tuvimos nuestros pequeños desencuentros. Esos momentos que todos los amigos tienen y que, lejos de romper una relación, sirven para volver a valorar lo importante. Eran nuestros pequeños "KitKat" para parar, pensar, reflexionar y volver a caminar juntos. Porque hasta en esos paréntesis nunca faltó el cariño.
Yo conocí a La Trinidad de muy niño porque como me llevaban tan a menudo al Pabellón Infantil del Hospital Civil nunca volvía a casa sin ir a San Pablo. Ese era mi premio y mi consuelo tras ir a los médicos. Después la conocí por Ignacio. La Virgen era la devoción que marcó profundamente su vida hasta tal punto que fue el primero que soñó con su coronación canónica cuando muchos pensaban que aquel proyecto era demasiado grande. Algunos lo miraban como a ese joven lleno de sueños imposibles. Pero Ignacio tenía una virtud extraordinaria: cuando creía en algo, trabajaba hasta hacerlo realidad.
Y los hilos de la vida, las circunstancias y la Providencia terminaron haciendo posible aquel sueño: La Virgen de la Trinidad fue coronada en el año 2000.
Yo tuve la suerte de vivir junto a él muchos momentos que nunca aparecerán quizás en los libros. La parte íntima y no contada de una coronación: las conversaciones, las dudas, las ilusiones, los consejos y esa emoción compartida de quienes sienten que están formando parte de algo histórico.
Ignacio para ese día quiso regalarle a la Virgen algo muy personal. Me pidió un diseño y aquella misma tarde, en la terraza de una heladería, hice en una servilleta de papel el primer boceto de una cruz pectoral con piedras azules y rojas que representaban el escapulario trinitario.
También compartimos una devoción enorme por la Esperanza Macarena y en 2014, con motivo del cincuentenario de su coronación, vivimos uno de los momentos más bonitos de nuestra amistad que seguramente Ella nos regaló. La Virgen pasó y quisimos verla más de cerca. Y le llevé casi de la mano por esa calle estrecha que desemboca en Miguel de Mañara. Tan emocionados estábamos que acabamos dejándonos atrás a todo el mundo, incluida su mujer y la pequeña Paz en su carrito. Menos mal que estaba Pedro, que cuidó de ellas mientras nosotros dos seguíamos buscando a la Esperanza. Cuando la Macarena llegó hasta donde estábamos, la cercanía propia de Sevilla nos permitió vivir algo difícil de explicar. Sin los varales de nuestros tronos malagueños, la Virgen se fue acercando y acercando antes de comenzar a girar la esquina de la calle. Estaba tan próxima que parecía que la podíamos tocar. Tan cerca que parecía respirar. Tan de frente a nosotros dos que hasta podíamos verla parpadear. Sonaba “Como Tú, ninguna”… Nos abrazamos llorando mientras la Virgen ya girada se perdía entre suspiros. Durante unos segundos habíamos sentido el regalo de que aquella mirada de la Reina del Cielo había sido solamente para nosotros.
Y es que nuestra vida siempre ha estado llena de la Madre de Dios. Aunque su corazón estaba loco de amor por la Virgen de la Trinidad, Ignacio siempre tuvo un hueco para la Mediadora.
Fue también uno de los fundadores de nuestra Hermandad de la Mediadora, compartiendo con nuestro amigo José Manuel Leiva y conmigo la ilusión de aquellos primeros pasos en la creación de esta gran familia. Este año 2026 tuvo la alegría de vestir de nuevo la túnica nazarena junto a nosotros.
Ay, la vida… todavía quedaban muchos sueños… Como seguir preparando el treinta cumpleaños de la Mediadora y trabajar por el veinticinco aniversario de la aprobación de nuestra hermandad. Quedaban muchos proyectos. Muchas y renovadas ilusiones.
Pero la vida decidió detener el calendario. Los sueños compartidos que quedaron pendientes, esos ya no llegarán de la misma manera. Quedaron en el aire nuevos veranos. Nuevos viajes a Jerez con Sergio y Fernando. Nuevos días de piscina en casa de Pedro. Nuevas conversaciones interminables… Quedaron muchas cosas.
Nuestra amistad siempre tenía la mirada puesta en futuro. En ese "ya iremos". En ese "tenemos que repetirlo". En ese "el año que viene hacemos esto". Y duele pensar que esos futuros ya no podrán ser. Y me deja sin respiración.
Hoy contemplo a la Virgen Mediadora con el cíngulo de oro que le regaló la pasada Cuaresma, cuando tuvo el honor de ser el pregonero de la Semana Santa. Ese cíngulo que ahora abraza la dulce cintura de la Virgen es el lazo en el que estaremos siempre amarrados. Porque al final no importa si la llamamos Trinidad, Mediadora o Macarena. Todas nos llevan al mismo lugar: A María. A la Madre del Señor.
Estoy convencido de que la Virgen a la que Ignacio dedicó tantos sueños, tantas conversaciones y tantos desvelos lo esperaba el 10 de junio en la puerta del Clínico para llevarlo ante Dios. Porque como durante toda su vida buscó a María, al final fue María quien salió a buscarlo a él.
Ay, Igna… aunque todavía derramo lágrimas, sé que desde el cielo te estarás un poco riendo de mí.
"Salvi, tampoco te pongas tan dramático, que me estás poniendo por las nubes".
Y nos reiremos los dos a carcajadas. Porque así eras tú. Por eso hoy no te vamos a celebrar un Funeral de Estado, jajaja, sino una Misa de Acción de Gracias por tu vida y por todo lo que hemos vivido contigo. Como a ti te habría gustado, rodeado de los tuyos y agradeciendo el regalo de haberte tenido.
No quiero recordarte como un hombre perfecto, que ya sabes que el miedo a la muerte… Quiero recordarte como Ignacio. Con tus virtudes inmensas. Con tus defectos. Con tus sueños. Con tus enfados. Con tu enorme capacidad de amar. Con tu manera apasionada de vivir, de aprender y de enseñar.
Gracias por treinta años de amistad. Gracias por los secretos compartidos. Gracias por las risas. Gracias por las discusiones. Gracias por la vida.
Y gracias a la Virgen que nos unió. Tú ya le has visto la cara a la de carne y hueso y seguro que es más bonita que ninguna.
Espéranos, querido hermano, en ese paraíso de almendros en flor que tanto soñaste.
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