Opinión | Andà p’allá, bobo
A Infantino el fútbol le importa un pimiento
El proyecto para sacar a Bolsa las competiciones de la FIFA provoca el rechazo de la UEFA y abre nuevas sospechas sobre la gestión del fútbol mundial

Gianni Infantino y Donald Trump llevan el trofeo del Mundial, que levantó España. / DPA
Ellos hacen lo que quieren e, incluso, lo hacen con una impunidad tremenda. Los demás somos hormiguitas. El atrevimiento es tan tremendo que, incluso, cuando son descubiertos, siguen sacando pecho y continúan adelante con sus fechorías.
Era evidente que nada bueno (o, sí, algo buenísimo para ellos y sus familias) podía surgir de la asociación de Donald Trump y Gianni Infantino, que, incluso, se atrevió a concederle un Premio Nobel de la Paz (simbólico, bueno, no sé, no sé) al hombre que prometió acabar con todas las guerras y sigue alimentándolas por doquier.
Nada más concluir el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, supimos por la prensa (¡bendita prensa!), concretamente por el diario británico ‘The Times’, que Infantino ya tenía totalmente atado algo que el presidente de la FIFA ha dado en llamar FIFA Forward y el resto del mundo futbolístico conoce como el ‘Mundial en venta’.
Las sospechas sobre la gestión de Infantino
Puede que sea el momento de recordar un par de párrafos de la carta que Jamie Raskin, el demócrata de mayor rango en la Comisión Judicial de la Cámara de Representantes de EEUU, le envió, recientemente, a Infantino tras sospechar, él y otros legisladores estadounidenses, que los amigos que convirtieron la Copa del Mundo en su fiesta particular habían hecho cosas muy incorrectas y sospechosamente sucias.
«Su elección como presidente de la FIFA», recordaba Raskin en su misiva, «debía representar una ruptura con esa cultura de corrupción que afectó durante décadas la reputación del fútbol mundial. Fue elegido con el mandato de reformar la organización tras la renuncia del señor Joseph Blatter. Sin embargo, al inicio de su gestión debilitó los mecanismos de control ético y desplazó a la mayor parte de los integrantes del comité de ética de la FIFA».
Raskin no se quedaba ahí. «Esa falta de transparencia y supervisión abrió el camino para que usted desarrollara una relación de cercanía con la administración Trump, mediante prácticas que un profesor de Derecho de la Universidad de Nueva York y un exintegrante del comité de ética de la FIFA describieron como ‘soborno legal’».
Blanco y en botella: leche. Ese negocio, esa salida a Bolsa del fútbol, del Mundial, de cualquier competición de la FIFA, con la colaboración del JP Morgan y el hermano del yerno de Trump, es un asunto privado, es un asunto de ricos, perdón, de megaricos, perdón, de poderosos, que no tiene nada que ver con el fútbol, con el juego y, mucho menos, con nosotros, los memos a los que nos chifla el balompié.
Nosotros no salimos en la foto y, por lo que acabamos de comprobar, tampoco la UEFA y sus 55 asociaciones o la CONCACAF (Norteamérica, Centro y el Caribe) y sus 35 asociaciones, que han confirmado que, desde ya, boicotean y exigen a Infantino que tire por el sumidero de su palacio toda esa documentación.
Hay que ser muy atrevido y retorcido para, mientras te estás ganando la reelección para cumplir un cuarto mandato saliendo vencedor del congreso de marzo del año que viene, ‘The Guardian’, ven, más prensa, anunciara, hace unos días, que más de 200 de las 211 federaciones que integran la FIFA, ya le habían asegurado el voto a este pillo, que maquinaba, a espaldas de sus votantes, sacar el fútbol, nuestro fútbol, a Bolsa.
La respuesta de la UEFA y la mirada hacia 2030
La respuesta de la UEFA, que ya llamó la atención a Infantino durante el Mundial por haber traspasado las líneas rojas de la ética, ha sido inmediata y demuestra que, no solo no sabían nada de todo lo que maquinaba Infantino y la familia Trump, sino que no lo piensan tolerar.
No deja de ser llamativo, curioso y preocupante que la Federación Española de Fútbol, flamante campeona del mundo, no haya abierto la boca y que su presidente, Rafael Louzán, compruebe, atónito, que Gianni Infantino acudiese, en Marruecos, al 27º aniversario de la entronización de Mohammed VI.
Me temo que pronto se sabrá dónde se disputará la final del Mundial de 2030 y todo pinta que no será ni en el Santiago Bernabeu, ni en el Spotify Camp Nou. Marruecos, que casualidad, ya ha comenzado la construcción del impresionante Grand Stade Hassan II, con capacidad para 115.000 espectadores.
Eso también huele a dinero. A mucho dinero. A demasiado.
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