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Opinión | Tribuna

Todas las muertes

Una mirada íntima a las versiones de una misma que desaparecen con la edad, las pérdidas y la llegada de una hija

El mayor engaño de todos, quizá, sea creer que morimos una sola vez

El mayor engaño de todos, quizá, sea creer que morimos una sola vez / La Opinión

El orujo que me suelo tomar cuando a veces salgo a comer vino de tamaño industrial, con cuatro cubitos de hielo y la copa de balón más exuberante que he visto en los últimos veranos. Como todo lo voluminoso, demasiado atractiva como para dejarla pasar. Siempre me he llevado bien con el orujo, así que acepté la exageración con gusto. Me pareció la mejor oportunidad para tener el cristal en la mano y la espalda contra el respaldo. Todo con premeditación.

Lo que pasa es que, conforme pasa la gente y el brebaje se hace hueco, la mente se va a otro sitio y me acuerdo de algunas cosas. Se pasa por la vida lento o rápido, según se mire. Pero, casi siempre, al que ya se va se le ocurre en su lecho de muerte que debió haber pasado más tiempo con los que amaba. Que ojalá hubiera tenido el valor de vivir una vida fiel a sí mismo, y no la vida que otros esperaban. O que ojalá hubiera expresado sus sentimientos más a menudo.

Quizá sea que los moribundos no lloran tanto la muerte que les acecha como todas las vidas que tuvieron que dejar atrás. Igual no me preguntaré tanto por qué me muero como cuántas veces lo hice ya. Me imagino, con suerte, sin querer irme, que todo sea tan valioso que no lo quiera dejar de ver. Y reconciliada con todas mis muertes anteriores.

La mujer que desapareció para ser madre

Hoy aún no estoy en mi lecho de muerte, pero paso tiempo observando quién soy ahora. A veces es porque ya no puede mi cuerpo ser como era antes, porque el bebé que fue mi hija transformó mis entrañas y todas mis células. Abrió mi pecho y ensanchó mis costillas para siempre, mi cuerpo sangró para traerla al mundo y adaptó mis senos para que sobreviviera. Qué es si no la entrega de las madres, si ponemos nuestro cuerpo al servicio de otro ser humano. No pasa desapercibido en ninguno de los niveles.

Esa mujer que era yo antes de que mi hija llegase, no solo evolucionó, sino que tuvo que desaparecer para que cupiese la que ahora soy. Es solo que no queda nada y, a menudo, eso, que tanta alegría me da, tanta alegría me quita.

Con un sorbo más, oigo los hielos chocar entre sí. Me calma un poco el trago, pero igual es el calor. Ahora es agobiante, pero hace más de veinte años, no importaba nada. Me decía que me pusiera el bikini y me fuese a Cádiz, que soltase la planta de los pies en las arenas amarillas de allí, que me tostase un rato con la brisa del atlántico. El agua helada y el sabor tan salado de ese punto que no sabe si es Océano o es Mar.

Creía que la vida siempre concedía segundas oportunidades. Que los padres no envejecían. Que los hermanos siempre estarían ahí. Que el cuerpo obedecía sin preguntar. Esa muchacha de playa no sabía aún que habría de desaparecer y hoy la añoro con la nostalgia de hacerme mayor.

Y, aun así, confieso que nunca volvería atrás salvo por volver a ver mi hermano pequeño, hoy muerto. Él hizo que entendiese a la fuerza que, con su muerte, una parte de mí también se iría. Y cada vez que viajo allí, ya sea de verdad o en mis sueños, vivo intenso y muero otra vez. La vida de hoy no se parece a la de antes, y no habría podido ser de no haberla vivido tal cual fue.

Una vida llena de pequeñas muertes

Hacerme grande ha sido aceptar que una vida bien vivida está llena de pequeñas muertes. Crecer me exige dejar de ser. Ninguna de esas mujeres que fui está ya aquí, pero existieron para salvarme de una marcha demasiado precoz.

El mayor engaño de todos, quizá, sea creer que morimos una sola vez. Yo llevo toda la vida haciéndolo, sin ningún alarde dramático. Me pregunto por qué ha de doler dejar de ser si es algo inevitable. Si yo sigo sintiendo amor por todas las que fui, aunque ya no estén. No quiero volver atrás, pero no quiero olvidarlas. Quisiera que estuvieran presentes, en el color verde fuerte del orujo y en el calor de este verano inmenso. Quizá por eso nunca me despido del todo de las mujeres que fui.

Cuando aparece el olor del Atlántico, cuando el hielo golpea una copa de balón o cuando mi hija me abraza sin saberlo, vuelven todas durante un instante. Después se marchan otra vez, la muchacha de Cádiz, la mujer antes de ser madre, la hija que aún tenía un hermano. Esas muertes nadie las anuncia ni las nombra, no se velan ni se lloran. Pero todas son en vida. Algunas ocurren un miércoles cualquiera, con un orujo en la mano, viendo a la gente pasar.

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