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Opinión | Casa Mágica en Vacaciones

Málaga

Los cambios de la preadolescencia que cuesta interpretar

Tres puertas, una pregunta sobre la amistad y un ejercicio de memoria que nos acerca a nuestros hijos

Una niña, asomándose a una puerta

Una niña, asomándose a una puerta / Pixabay

La preadolescencia tiene algo desconcertante para muchas familias. De un día para otro, nuestros hijos empiezan a cerrar puertas. Ya no quieren cambiarse de ropa delante de nosotros, prefieren que llamemos antes de entrar en su habitación, pasan más tiempo sin nosotros, escribiendo, leyendo o hablando con sus amigos y algunas preguntas dejan de salir en voz alta para quedarse únicamente en su cabeza. Es fácil interpretar estos cambios como una pérdida de confianza. Sin embargo, la mayoría de las veces ocurre justo lo contrario: están construyendo algo que hasta ahora apenas necesitaban, su propia intimidad.

Esta etapa, desde la psicología, se presenta como un momento decisivo en la construcción de la identidad. Los preadolescentes ya no solo intentan comprender cómo funciona el mundo; también empiezan a preguntarse quiénes son, qué lugar ocupan entre los demás y cómo quieren relacionarse con él. Para responder a esas preguntas necesitan un espacio propio. Un lugar donde pensar, equivocarse, probar, cambiar de opinión y descubrirse sin sentirse constantemente observados.

Tal vez una buena forma de entender esta etapa consiste, en buena parte, en aprender a distinguir tres puertas. Hay una que conviene respetar porque les pertenece. Otra a la que merece la pena llamar de vez en cuando, aunque algunas veces nos respondan con un simple «bien». Y hay una tercera que, si intuimos que detrás hay sufrimiento o peligro, tendremos que abrir aunque eso signifique invadir durante un momento su espacio.

Encontrar ese equilibrio no siempre resulta sencillo. Queremos protegerlos sin invadirlos, acompañarlos sin dirigir cada uno de sus pasos y seguir formando parte de su vida mientras ellos empiezan, poco a poco, a construir la suya.

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Si quieres leer "Preadolescentes e intimidad: educar es aprender a llamar la puerta", pincha aquí

Y mientras intentan responder a esa gran pregunta de quiénes son, cambian muchas más cosas de las que solemos imaginar. Cambia su curiosidad, cambian las preguntas que empiezan a hacerse y cambia también la manera en la que se relacionan con los demás. Algunas amistades dejan de sostenerse únicamente porque comparten pupitre o viven en la misma calle y poco a poco, empieza a surgir la necesidad de encontrar personas con las que compartir intereses o inquietudes. Como casi todo en la preadolescencia, tampoco ese camino tiene un calendario. Cada niño lo recorrerá a su manera y a su propio ritmo.

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"Mi hijo no tiene amigos: ¿Cuál es el escenario donde debería encontrarlos?", en este enlace

Recordar cómo éramos nosotros a su edad

Muchas veces, cuando sentimos que ya no entendemos a nuestros hijos, quizá el mejor ejercicio no sea intentar interpretarlos desde los ojos del adulto que somos hoy, sino hacer un pequeño viaje atrás y recordar cómo éramos nosotros a su edad. Las vergüenzas que sentíamos, las preguntas que no nos atrevíamos a hacer, la importancia que tenían para nosotros cosas que ahora nos parecen insignificantes. Hay muchos detalles que hemos olvidado y que, si los recuperamos por un momento, probablemente nos ayuden a mirar esta etapa desde un lugar mucho más cercano y mucho menos impaciente. Porque las puertas que hoy tanto nos inquietan... también las cerramos nosotros alguna vez.

Educar a un preadolescente puede que sea, en gran medida, aprender a distinguir entre varias ideas: lo que nos gustaría, lo que exigimos, lo que damos y lo que es mejor para nuestros chiquitines que se hacen mayores. Y no siempre esas cuatro cosas están en consonancia.

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