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Opinión | La suerte de besar

Si me dedicara a la política

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Ceuta.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Ceuta. / IVÁN ZAMBRANO - EUROPA PRESS

Una hipótesis igual de improbable que decir que voy a dedicarme a la física cuántica o a ser modelo de ropa interior, pero no por ello dejo de imaginar qué haría si decidiese invertir mi vida a la gestión de lo público.

Hacer política no solo debería ser aprobar reales decretos, gesticular grandilocuentemente o hablar usando un tono resabiado, enfadado y soberbio. Debería implicar decidir sobre cuestiones que impactan de forma positiva en la calidad de vida. En la mía, la nuestra, la de todos. Me da por pensar en ello cuando ya hace media hora que estoy retenida en un atasco, bajo un sol apocalíptico y una humedad que favorece un aspecto afro a mi pelo. ¿Qué haría yo? Algunas cosas. Veamos.

Me pondría como objetivo inundar los barrios de árboles. Como no sería una política que lo único que anhela es el postureo, cumplir el expediente y hacer marketing, no plantaría un número insignificante, qué va. Sería muy obsesiva y radical. Mejor cien que noventa y nueve. Un árbol es salud, futuro, belleza y sombra. Bajo una sombra puedes poner un banco y, sobre él, pueden sentarse personas que, a su vez, charlan entre sí. Una de ellas podría ser una mujer que, desde hace tiempo, se siente sola y triste y que, desde que pasa un rato conversando con vecinos del barrio y bajo la sombra de ese árbol que se plantó dedicándome a la política, ha experimentado una mejoría en su estado de ánimo y ha redescubierto el sentido de la vida. Muchos árboles que puedan cobijar bonitas historias o, dejando el romanticismo aparte, que ayuden a reducir la temperatura de las ciudades. Si ya sabemos que pueden bajarla hasta 12º, ¿por qué no se hace nada al respecto?

Si me dedicara a la política promovería espacios para personas mayores y para niños. No porque tenga especial querencia por estos colectivos, sino porque un lugar sin barreras, donde un mayor puede valerse por sí mismo, es un lugar donde todos nos sentiremos bien e integrados. Aceras amplias por donde caminar, espacios para hacer actividad física, carriles bici, reducción de coches y control del ruido ambiental. Considerar el espacio público como una extensión de nuestro hogar es un reto. Y, si esto fuera así, invertiría esfuerzos en limpiar más y en penalizar a quienes ensucian, incumplen el calendario de la recogida selectiva y permiten que sus mascotas guarreen el entorno (la mayoría de las veces son la misma persona).

Si me dedicara a la política, confiaría y haría más caso a los que saben. De salud, educación o calidad de vida. Escucharía al sector primario. A los payeses, por ejemplo, que son quienes conocen cómo cuidar nuestros campos y bosques e interpretan sus necesidades. Sugeriría dejar de darle la espalda a la naturaleza, entender y respetar las estaciones. Trataría de mantener la personalidad de nuestras ciudades. Aquello que nos hace únicos. No es necesario que el centro de Palma, Madrid o Albacete sean idénticos. Las mismas franquicias con sus mismos olores aburren.

Si mi trabajo fuera la representación pública, me rodearía y me asesoraría de buenas personas que no opinasen lo mismo que yo y que no me dijeran lo que quiero oír. Hablaría menos y escucharía más. Está claro que, como política, sería un fiasco.

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