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Opinión | Arte-fastos

Málaga

Se ruega silencio: pintores en acción

Denys Dytyniuk, en acción

Denys Dytyniuk, en acción / J.M.S.

Forman parte de la memoria visual del arte moderno aquellas fotografías (y la película) que en 1950 Hans Namuth tomó de Jackson Pollock trabajando, es decir, mientras pintaba sus cuadros de goteo; tendencia que, sabido es, la crítica especializada de la época (Greenberg, Rosenberg) denominó action painting. Esa mezcla de baile ritual, expresión corporal y entusiasmo creativo también se dio en ciertos pintores europeos, deseosos de liberar las energías primordiales mediante un grafismo puro, gestual, ajeno a toda forma concreta o designio racional. En ocasiones la acción pictórica se realizaba en público e iba acompañada de altas dosis de espectáculo, a modo de show en directo, repleto de arrebatos y cavilaciones, brochazos y salpicaduras.

De manera que coincidían una estética de la velocidad, una pizca de excentricidad y una calculada estrategia publicitaria, cuya repercusión mediática aumentaba exponencialmente al salir por televisión. Entre otras actuaciones reseñables, citemos al francés Georges Mathieu, que en el teatro de la Villa de París pintó ante el público una tela de 12 x 4 m. en veinte minutos; y entre los nuestros, los cameos de Manuel Viola ('Días de viejo color', 'Curro Jiménez') y, cómo no, el divino Dalí, en un reportaje -¡para el NO-DO!- arrojaba a la cámara huevos de gallinas «alimentadas con isótopos radiactivos».

No es ningún secreto que esta querencia por la pose y la diferencia, a ser posible con refrendo audiovisual («el baño de las imágenes» lo llamaba Marshall McLuhan), sigue presente en el planeta Arte, como tampoco lo es que los espectadores asistan encantados a estas demostraciones de genio, de furor creativo, creyéndose partícipes de un arcano inmemorial. Y en cierto modo lo son, pues la génesis de un cuadro mantiene todavía para el imaginario colectivo un halo de misterio, grandeza y excepcionalidad.

He podido comprobarlo en eventos recientes: en un club de playa, donde diversos autores intervenían/decoraban grandes calaveras de escayola; en el vestíbulo de un hotel, cuando un pintor/chamán descubría un alfabeto ancestral o ignoto; y el pasado 16 de julio en Art Victory Gallery (Marbella), donde un exitoso pintor ucraniano hacía gala de su Live Speed Painting Show, que así denominaba su método de trabajo.

Pues bien, en estos tres eventos (en todos, a decir verdad) la actitud del público ha sido siempre la misma: un silencio reverencial, expectante, como de obligado cumplimiento ante la máxima expresión creativa del ser humano, que no es otra que la actividad artística. Mientras esto ocurre, por supuesto, el artista no debe ser molestado ni interrumpido, no vaya a ser que se corte la inspiración (concepto que, créanme, sobrevuela por muchas cabezas) o la iluminación, ya sea humana o divina, si nos atenemos al neoplatonismo de Marsilio Ficino (s. XV). He de reconocer que ni una ni otra sufrieron merma durante la performance de Denys Dytyniuk (así se llama el pintor ucraniano) que en poco más de diez minutos transformó un lienzo negro de 2 x 1,50 m. en un expresivo rostro femenino. No es de extrañar porque, como escribe Hesíodo en la 'Teogonía': «¡Así de sagrado es el don de las Musas para los hombres!». Al menos para algunos.

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