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Opinión | El ruido y la furia

Erasmo y la IA

El historiador Yuval Noah Harari augura que la inteligencia artificial escribirá mejor que él en la próxima década

El filósofo y escritor Yuval Noah Harari.

El filósofo y escritor Yuval Noah Harari. / L.O.

Erasmo de Rotterdam fue, según sus propias palabras, el último hombre que había leído todos los libros. Erasmo nació en 1466, unos dieciséis años después de que aquel alemán que respondía al nombre de Johannes Gutenberg creara la imprenta que combinaba unos tipos móviles de metal fundido, una prensa basada en las usadas para exprimir las uvas y una tinta a base de aceite, lo que a partir de ahí permitió reproducir libros en masa de forma rápida y económica. Erasmo, en su frase, lo que quiso expresar es que la producción, a partir de ese momento, sería inabarcable.

La máquina que lo ha leído todo

No sospechaba el pobre Erasmo que lo que ningún humano podría hacer lo alcanzaría una máquina. Ahora el historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari, el famoso autor de obras tan leídas como Sapiens, Homo Deus o Nexus, ha dicho que en unos diez años, como mucho, «la IA escribirá mejor que yo», añadiendo que la muy mal llamada «inteligencia artificial» puede «darte una descripción del amor muchísimo más exacta y más conmovedora que cualquier humano. Entre otras cosas, porque ha leído todos los poemas de amor del mundo».

Acaso no sea necesario exagerar tanto, llegar tan lejos ni tan hondo. Antes de este disparate ya tuvimos a Lope, a Quevedo, a Shakespeare, a Rosalía (la dulce poeta gallega, es preciso, ay estos tiempos, aclarar), para que el amor brillara, para que las palabras del amor fuesen tan grandes como es el amor cuando lo es.

Desde nuestra estupidez de pequeños diosecillos hemos creado a quien nos suplante. En otro tiempo, cuando imaginábamos el futuro, pensábamos a la máquina haciendo el trabajo más duro, el más arriesgado, bajando a la profundidad claustrofóbica de la mina, pescando en las aguas más abisales, construyendo carreteras en el desierto, y nosotros, los humanos, liberados del bíblico castigo, dedicaríamos nuestras horas al ocio, a desarrollar nuestra inteligencia, nuestra cultura, nuestra creatividad. Pero, en lugar de eso, hemos cometido la inmensa estupidez de enseñar a las máquinas a escribir poemas, a componer sinfonías, a pintar, y le vamos a permitir que nos esclavice.

La emoción frente a la perfección

No confío mucho en la IA y en su creatividad. No dudo en su capacidad para reproducir lo ya dicho y hecho y en su habilidad para realizar todas las infinitas combinaciones posibles, y el resultado de todo eso puede a simple vista parecernos mejor, más perfecto, incluso más bello. Pero allí donde la imperfección humana tocaba techo, alcanzaba el límite, de inmediato lo traspasaba ese algo intangible que llamamos emoción y que no conseguimos explicar del todo. Pero una cosa sí sabemos con claridad. La emoción no es imitable, no se puede trasplantar, porque para que haga raíz ha de encontrar alma.

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