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Opinión | Tribuna

Un pañuelo de silencio

A propósito de la muerte de Juan Manuel Gutiérrez Cruz, un hombre bueno de porte aristocrático y aires orientales, de una castiza vocación andalusí

Juan Manuel Gutiérrez Cruz, hermano mayor del Prendimiento, falleció a finales de julio a la edad de 62 años

Juan Manuel Gutiérrez Cruz, hermano mayor del Prendimiento, falleció a finales de julio a la edad de 62 años / L.O.

La mayor parte de nuestro comportamiento consciente no depende de nuestra voluntad. Más aún, nuestra conducta, que solo incluye los restos de nuestro comportamiento observable, a decir de los rigurosos conductistas, apenas se deja ver por los lares del querer. Es ésta una de las grandes enseñanzas de los antiguos filósofos estoicos, como el emperador griego Marco Aurelio, el liberto romano Epicteto, o el cordobés Séneca, primer ministro del veleidoso Calígula. Y Algo más inesperado que la muerte es uno de los libros que más me gustan de Elvira Lindo, ya desde su título. De otro lado, ya saben que «cuando un amigo se va» a la gente se le llena la boca de elogios y hasta de recuerdos inventados que pocos pueden refutar. Tal vez, porque nos gustaría ser recordados, aunque la vida no nos acompañe ya tras abandonarla, y que dicho recuerdo nos sea favorable y duradero, rozando la gloria del prestigio y la inmortalidad. Vamos, que quedemos bien incluso en nuestra ausencia, en un alarde de vano egocentrismo, como si quisiéramos ser Trump, apuntándonos a las fotos de los triunfadores, aunque nadie nos haya invitado a ese entierro, o al Stalin de las fotos en las que van desapareciendo personajes históricos, o a Glenn Close, la protagonista de la película Las amistades peligrosas, esperando los aplausos de la Corte en sus apariciones públicas. Algo que muchos se empeñan en dejar atado y bien atado con dinero o los resultados del tráfico de influencias desde los tiempos de las indulgencias medievales, por lo menos.

En cualquier caso, el auténtico problema se nos genera a los que nos empeñamos en seguir vivos con la rémora psicológica de la pérdida, con la imposibilidad física de volver a restablecer la conexión con los seres queridos. Menos mal que siempre nos quedarán la memoria y la imaginación para hacer un apaño. Ello me recuerda la gimnasia mental que realizo con mis padres a diario, tras su desaparición, manteniendo con ellos jugosos diálogos, aun a sabiendas de que no recibiré respuesta física por su parte, como he contado ya en alguna ocasión. Me resulta algo muy gratificante, nutritivo y, como el dios cristiano medieval, lleno de amor (y de música, añado yo). Por cierto, ¿cómo les gustaría ser recordados? Piénselo, no es una pregunta baladí.

Mi amigo Juan Manuel Gutiérrez Cruz, además de compañero del Departamento de Hostelería y Turismo del Instituto Jacaranda de Churriana-Málaga durante muchos años, profesor del IES La Rosaleda y gestor en la Delegación Territorial de Educación de Málaga después, ha sido muy conocido en Málaga como Hermano Mayor de la Cofradía del Prendimiento del barrio de Capuchinos desde julio de 2021. El pasado sábado, 25 de julio, me desperté con el incómodo e inesperado vacío que genera la noticia de su fallecimiento, el día anterior, a los 62 años de edad. Vacío al que alude con lucidez la primera estrofa de la canción Cuando un amigo se va , de Alberto Cortez y Facundo Cabral.

Explica el filósofo vasco Javier Sádaba que la muerte es una cesación, un trauma, y que la creencia en la existencia después de este suceso es una herencia griega y judía bien documentada. Hay dos tipos de no-muertes: la amortalidad, que niega la inmediatez de la cesación con el sustento ideológico de la aspiración a durar más, en la línea de posthumanismo contemporáneo y la inmortalidad (la oriental, que se identifica con la reencarnación y la idea del eterno retorno –también presentes en ilustres corrientes griegas como el orfismo, el pitagorismo o el platonismo-; y la resurrección judeocristiana, capaz de sobreponerse a los rigores inexorables del tiempo). En cualquier caso, el sufrimiento es cosa de los que seguimos asentados en el tiempo presente, aunque haya desaparecido de un plumazo de las coordenadas de nuestro espacio el suave balanceo de las sonrisas de complicidad y misterio con los seres queridos. Estos padecimientos son los propios del duelo. Me temo que me han invadido con ganas y que tardarán en calmarse.

La muerte

Hay quien piensa que la muerte es un mal. Seguramente no han pensado en los pingües beneficios que obtiene la industria funeraria. En el polo opuesto, los que asimilan la muerte a un bien, aunque sea ultraterreno. Hoy me cuesta siquiera tantear esta posibilidad. Porque la muerte no da sentido a la vida, no le otorga sentido, aunque conviene familiarizarse con ella. Lo justo, habría que decir. Para los taoístas, por ejemplo, no nos tenemos que dar tanta importancia, como es habitual, puesto que somos una minúscula porción del cosmos. Además, en lugar de formar parte de la procesión de los partidarios de la visión filosófica heideggeriana y existencialista, en general, que nos concibe como seres-para-la-muerte, prefiero pecar de ingenuo y abrazar la celebración de la vida sin vocación de ombligo del mundo. Somos serespara-la-vida, como nos demostró Juan Manuel una y mil veces.

A finales de los setenta tuve ocasión de tocar la batería, en plena adolescencia, con el cantautor Alberto Cortez y parte de su grupo en el salón de actos del colegio de Agustinos Recoletos de Madrid en el que estudiaba por aquel entonces. Aunque mi admiración se la concedía al legendario percusionista de The Who, Keith Moon, en esta ocasión me esforcé por ser una especie de Ringo Starr de ritmo sólido y profusión de sonido de platillos persistentes. Las estrofas de la letra de Cuando un amigo se va de Cortez empiezan bien, pero se cierran con tópicos y ripios que desmerecen la cosa. Por eso, les invito a enlazar sin miedo los versos iniciales: «Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío (…) queda un tizón encendido (…) una estrella se ha perdido (…) se detienen los caminos (…) empieza el alma a vibrar, porque se llena de frío (…) se queda un árbol caído, que ya no vuelve a brotar (…)». Es una buena descripción del estado de desamparo en el que nos quedamos tras la desaparición de Juan Manuel y de las personas que hemos querido y nos han querido de verdad. La metáfora de la luz es especialmente acertada, como también en el poemario de Sebastián Gámez Millán Meditaciones de Ronda (2020) en su Casa apagada y encendida, a raíz de la muerte de su padre, sin ser una reminiscencia budista consciente: «¿Escuchas a ese pájaro que canta en el árbol que hay frente a la casa? Sobrevive lo que por ti queda en cada uno de nosotros con vida. Escúchalo, ven a mi». Ojalá pudiera Juan Manuel escuchar mi risa, aunque fuera por Bluetooth y con interferencias.

El famoso mantra de la archiconocida melodía «algo se muere en el alma cuando un amigo se va» pertenece a las Sevillanas del Adiós, popularizadas mundialmente por el grupo Amigos de Gines en 1975. Hoy toca resucitar algunas de sus más firmes convicciones: «…va dejando una huella que no se puede borrar», y nos invita a exhibir «un pañuelo de silencio a la hora de partir» una melodía triste que «la guitarra mía llora a la hora de partir». Huella indeleble, pañuelo en silencio – alejado de los gestos de las plañideras y los elogios vacuos de los pelotas de turno. Se dice, con toda la razón del mundo: «El barco se hace pequeño cuando se aleja en el mar, y cuando se va perdiendo qué grande es la soledad. Ese vacío que deja el amigo que se va, es como un pozo sin fondo que no se vuelve a llenar». La metáfora del barco que se aleja en el horizonte es un recurso muy socorrido (yo la empleé, torpemente en la agonía de mi madre en 2006; no sabía qué decir cuando recurrió a mi consejo profesional, y opté por salir por peteneras en una emotiva conversación de despedida). Es la soledad lo que nos queda y las mieles del recuerdo. Los creyentes pueden echar mano de sus oraciones e invocaciones y consolarse con los misterios de la vida eterna y el calor de familiares y amigos bien avenidos. Pero es, en cualquier caso, soledad no voluntariamente elegida. En definitiva, ver la sobria efigie de la casa apagada o la sonrisa dormida, o encontrar los restos de la sandalia perdida de Empédocles ante el volcán, sin conocer propiamente sus intenciones vitales.

El legado de Juan Manuel es, para un servidor, inmenso, a fuer de resultar petulante y exagerado en el reino de los vivos menos vivos. Lamento no poder oír ya sus palabras de su propia boca, ni cogerme del antebrazo con el cariño infinito que le acompañaba siempre en las distancias cortas. Su sonrisa era la tercera de sus extremidades superiores y parecía poder girar describiendo una órbita térmica alrededor de mi cabeza, al tiempo que sostenía su mirada sin que asomara la vergüenza. Este es, quizás, el secreto de su poder seductor, sus aires orientales, su castiza vocación andalusí que yo pude contemplar en directo.

Huella

Juan Manuel, al que llamaban Nani en casa, ha dejado en gran parte de nosotros una huella amable, alegre y llena de vitalidad, con un porte aristocrático poco común, con sus luces y sus sombras, claro está. Muchos de sus compañeros del IES Jacaranda de Churriana-Málaga hemos tenido la oportunidad de disfrutar de su calidad humana y del gusto por las cosas bien hechas, dentro y fuera del mundo de los cucharones y las marmitas. ¿Y por qué no se le hemos dicho en vida de modo reiterado con el riesgo de ser pesados? ¿Por qué darle tantas vueltas a su panegírico, como uno de los personajes de la desternillante película Un funeral de muerte (2007) como si se tratase un documento para solicitar su canonización por vía de urgencia? ¿Por qué nos empeñamos en llenar nuestra vida y la de los demás con asuntos triviales –esos que podría resolver rápida y eficazmente la inteligencia artificial-, con aburridos apuntes de nuestra vida laboral, de fracasos de nuestra inteligencia sentiente, de las miserias de los asuntos domésticos, de deseos incumplidos, de muestras de un efímero poder o de proezas sexuales poco fiables? Afortunadamente, no tengo que mentir, ni siquiera participando de la ceremonia de los previsibles elogios post-mortem para quedar bien, si proclamo mi gozo por haber disfrutado de los placeres del tiempo en un espacio compartido con Juan Manuel Gutiérrez Cruz, un ser educado, amable, divertido, dotado de un magnífico sentido del humor y una cercanía humana tan grata que era difícil no querer estar en su compañía, meciéndose en el columpio del homo ludens. Con este talante dictó a mi mujer la receta de su admirable arroz con leche. Es una gran pérdida para los que celebramos la vida y ese pensamiento humanista que se licúa y llena los poros de los bien nacidos. Porque Juan Manuel era y es, antes que nada, un hombre bueno.

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