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Opinión | Parece una tontería

Habla menos

Un estudio constata que usamos miles de palabras menos al día que hace años, mientras la tecnología reduce nuestras conversaciones cotidianas

Una tertulia en la librería Rayuela

Una tertulia en la librería Rayuela / L.O.

Todos tenemos algún amigo de pocas palabras. Uno capaz de saludarte con un «ey», incluso con un golpe seco de cuello, o de resumir un último año quizá plagado de experiencias con un escueto «como siempre».

En ocasiones, ese amigo somos nosotros mismos, inclinados desde pequeños a cierto laconismo, como si en el fondo tampoco hubiese tanto de qué hablar y todo pudiera expresarse con muchas menos palabras de las que creemos. Pero parece que esa excepcionalidad ya no es tal. Hay evidencias de que no se trata de un amigo aquí o un conocido allí, sino de casi todos: cada vez empleamos menos palabras al día.

Miles de palabras menos

La revista Perspectives on Psychological Science publicó hace unas semanas un estudio de las universidades de Missouri-Kansas City y Arizona que, tras analizar datos de miles de personas de Estados Unidos, México, Australia y Europa, concluía que entre 2005 y 2019 los participantes empleaban cada año una media de 338 palabras diarias menos que el anterior. Al comienzo de las investigaciones utilizaban 16.632 palabras al día; al final, el promedio había caído hasta las 11.900.

Olga Khazan reflexionaba sobre el estudio en The Atlantic y se utilizaba a sí misma como ejemplo de ese paulatino aislamiento en el que todos hemos ido cayendo a medida que nos entregamos a la tecnología. Contaba su experiencia en un Starbucks, su cafetería habitual: abre la aplicación desde casa, pide un café con leche, pasa con el coche por el autoservicio y recoge su bebida de manos de un empleado que apenas alcanza a desearle un buen día. Sin conversación. Solo cafeína.

La anécdota resulta especialmente ilustrativa porque cafeterías y bares han sido históricamente lugares a los que hemos acudido precisamente para encontrarnos y hablar. Hablar sin parar, incluso, hasta que llegaba la hora de irse.

La comodidad de no hablar

El silencio progresivo por el que al parecer nos despeñamos tiene mucho que ver con algo bastante elemental: para hablar suelen hacer falta dos personas cerca una de la otra, y hoy pasamos mucho más tiempo solos que antes.

No pocos días, rendidos a la comodidad, nos conformamos con escribirnos de casa a casa para no tener que cruzar la ciudad, exponernos al calor, al frío o a la presencia de otros seres humanos por todas partes. Y, gracias al teletrabajo, también se han reducido muchas de aquellas conversaciones más o menos triviales que manteníamos con los compañeros de oficina.

Algo parecido ocurre con los desconocidos. El uso constante de la tecnología nos ha ido liberando del contacto personal en compras, reservas y pedidos. Hablar con dependientes, recepcionistas, cajeros, caseros o vendedores puede evitarse ya en multitud de situaciones.

Queda por saber qué ocurrirá con el tiempo en el cerebro de una persona que habla menos, que afronta cada vez menos situaciones espontáneas y que parece dirimirlo casi todo a través del teléfono y mediante mensajes.

Puede que no sea un éxito.

Feliz agosto.

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