Opinión | El lápiz de la Luna

Escritora
Odio sudar
El calor, la humedad, los abrazos y esa incómoda sensación de llegar a casa bastante peor de lo que una salió

Sudar es la manera que tiene nuestro cuerpo de eliminar el calor / L.O.
Odio sudar. Sí, odio sudar fuera de los contextos oficialmente establecidos para el sudor. ¿Y cuáles son esos contextos?, se preguntarán. Ay, amigo, ahí ya cada cual dibuja sus propias fronteras. Yo no voy a enumerar las mías porque creo que el sudor tiene algo de íntimo, de clandestino, de secreto. De sucio.
Este verano el calor y la humedad están apretando con ganas. Era de esperar, según los viejos sabios del banco del parque, porque tras un invierno frío toca un verano caluroso. Ellos lo dicen con la misma seguridad con la que anuncian que mañana lloverá porque huele a tierra húmeda o porque les duele una rodilla.
La cuestión es que cada vez que me cruzo con alguien a quien, por costumbre, saludo con dos besos, inauguro el encuentro con un «estoy sudando» mientras arqueo la espalda en una maniobra evasiva que ya querría para sí la niña de El exorcista. No es que sea antipática. Es que tanto asco me da sudar como que me toquen cuando estoy sudando.
Podría explicar que, cuando alguien me pone la mano en la espalda o en el brazo a modo de saludo, siento que me convierto en un trozo de slime: viscoso, tibio, ligeramente pegajoso, capaz de establecer un puente de humedad entre dos seres humanos que no habían firmado semejante contrato. Pero me parece innecesario entrar en tantos detalles.
La elegancia perdida del verano
La semana pasada salí al atardecer a tomar algo con una amiga y acabamos hablando, cómo no, del verano. Yo le defendía que la ropa de invierno siempre me ha parecido más elegante. También más limpia. En invierno una sale de casa impecable y, salvo un café traicionero que te derrames encima, regresa prácticamente igual.
En verano, en cambio, abandonas el portal como si fueras la protagonista de un anuncio de perfume y tres horas después pareces la versión de bajo presupuesto: la cara llena de brillos, el flequillo pegado a la frente, la ropa adherida al cuerpo con esas arrugas que no son de la tela, sino del sudor.
—¡Un horror! —insistía yo.
La horrorizada, sin embargo, era mi amiga. Ella adora el verano. Vive feliz con los ñoños al aire, los vestidos de tirantes, el pelo recogido en ese moño estratégicamente despeinado y, por lo visto, convive en armonía con el sudor. De hecho, sospecho que hasta le gusta.
Por eso, cada vez que nos vemos, me da un abrazo largo. De esos abrazos en los que compartimos más humedad de la que exige la amistad. Yo intento escapar con la dignidad de un gato al que quieren bañar y ella, que me conoce demasiado bien, me aprieta un poco más. Lo hace por cariño, dice. Yo estoy convencida de que es una terapia de exposición y desensibilización.
Mientras tanto, espero con impaciencia la llegada del invierno. Ese momento del año en el que sales de casa y vuelves igual de planchadita. En el que los abrazos no producen efecto ventosa y nadie vive con la incertidumbre permanente de si desprende un delicado aroma a hurón, a capibara o a ser humano en pleno proceso de cocción lenta.
Si me ven por la calle y evito el contacto físico, de verdad, no se lo tomen a mal. No es por ustedes, es por mí. O por ambos. No necesitamos compartir fluidos para sabernos queridos. Un besito volado me basta para sentirme amada.
Y ya dentro de unos meses, cuando el frío arrecie y nos sintamos desangelados, volvemos a los abrazos. Largos, cálidos y, sobre todo, secos.
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