Opinión | El Adarve
Pedagogía posplagiarismo
La IA no es una simple herramienta de consulta sino un fenómeno que lo condiciona todo, como sucedió con la aparición de la electricidad. Y una de las cosas que condiciona de arriba abajo es la evaluación

La palabra plagiarismo (perdón por el anglicismo) está cobrando presencia en el fenómeno de la evaluación que se realiza en la era digital y el desarrollo de la IA generativa / Igor Omilaev en Unsplash.
Llevo muchos años trabajando sobre el tema de la evaluación. He dedicado doce de mis libros a reflexionar sobre esa parcela del currículum. He escrito sobre evaluación de los aprendizajes ( ‘La evaluación, un proceso de diálogo, comprensión y mejora’, ‘Evaluar es comprender’, ‘La evaluación como aprendizaje’, ‘Evaluar con el corazón’…), sobre evaluación de instituciones ( ‘Hacer visible lo cotidiano, teoría y práctica de la evaluación cualitativa de centros escolares’, ‘Como en un espejo’…), sobre metaevaluación ( ‘Nieve y barro, metaevalución del plan de evaluación de centros escolares’…). He de reconocer que cada día tengo más dudas, más inquietudes, más preocupaciones sobre este complejo y significativo fenómeno educativo. En la escuela se evalúa mucho y se cambia poco. Algo falla.
Me importa, en primer lugar, la dimensión ética de la evaluación. Más preocupado que por evaluar mucho y por evaluar técnicamente bien, estoy preocupado por saber a quién beneficia y a quién perjudica la evaluación, qué valores construye y qué valores destruye. Me preocupa también su dimensión teleológica. Es decir, sus finalidades. El para qué. Hay funciones ricas (aprender, mejorar motivar, comprender, dialogar…), hay funciones pobres (comparar, calificar, seleccionar, clasificar…). Hay funciones estériles (perder el tiempo, entretenerse…). Hay también finalidades nocivas (controlar, jerarquizar, torturar ...)
En varios países he hecho el siguiente ejercicio. Pido a los asistentes a mi conferencia que, entre una lista de posibles funciones, elijan la más valiosa, la más importante. Una sola. En todos los lugares he recogido una respuesta unánime: aprender, mejorar, dialogar, comprender, motivar, formar… Luego pido que repasen de nuevo la lista y que elijan la más presente, la más valorada en el sistema educativo de su país. Y en todos los países he visto la misma respuesta: calificar, seleccionar, clasificar, controlar, torturar… ¿Por qué no coinciden las más valiosas con las más presentes?, ¿por qué las más ideales no son las más reales?
La evaluación ante la irrupción de la IA
Hoy quiero plantear algunas reflexiones sobre la presencia de la IA en el proceso de evaluación. La palabra plagiarismo (perdón por el anglicismo) está cobrando presencia en el fenómeno de la evaluación que se realiza en la era digital y el desarrollo de la IA generativa. Se ha popularizado recientemente debido al uso masivo de herramientas de IA. Describe el entorno en el que la autoría se difumina al redactar textos con ayuda de bots (palabra aceptada en castellano), planteando nuevos retos sobre la originalidad, la ética y la transparencia académica.
Durante décadas el problema de la evaluación era la detección de la copia. Desde las clásicas chuletas a los sofisticados sistemas de escucha, de la captura previa del examen que iba a poner el profesor a las artimañas de los alumnos para conseguir una buena nota. Conocí el caso de una clase de historia en la que la profesora, cuando llegaba la hora del examen, iba pasando las páginas del libro y diciendo, sin anotarlas, las cinco preguntas a las que tenían que contestar. Los alumnos se ponían de acuerdo previamente en cuáles eran esas cinco preguntas y su orden correspondiente. La profesora estaba muy contenta del gran interés que suscitaba su asignatura y de lo mucho que habían estudiado sus alumnos.
La evaluación era un juego de ‘yo te la voy a pegar’ frente al ‘yo te voy a descubrir’. Mientras más se esforzaba el vigilado en copiar, más extremaba el vigilante las medidas para descubrirlo. De ahí el alborozo del vigilante cuando podía decir: «Te pillé. Ahora la vas a pagar».
Con la aparición de la IA la situación ha dado un vuelco. Porque la IA no es una simple herramienta de consulta sino un fenómeno que lo condiciona todo, como sucedió con la aparición de la electricidad. Y una de las cosas que condiciona de arriba abajo es la evaluación.
En la reciente evaluación que hemos hecho de los Trabajos Fin de Máster, les preguntaba a los estudiantes cómo habían utilizado la IA para hacer el trabajo. Todos la habían utilizado. Unos para unas cosas y otros para otras. Y habían hecho bien. Lo que permitían las respuestas era ver hasta qué punto la autoría del trabajo era suya. Cómo lo habían comprendido, como había sido enriquecido por los aportes de la IA. Hay que celebrar el hecho de que la IA haya venido para cambiar el foco de la evaluación. Ahora no se trata de evaluar productos sino procesos de aprendizaje. Bienvenida la IA para que nos ayude a pensar, no para que piense por nosotros.
Del control del plagio al proceso de aprendizaje
El escándalo de los recientes exámenes de admisión en la Universidad Autónoma de México invita a reflexionar sobre esta cuestión. Se le hizo a la IA el encargó de vigilar que nadie hiciera trampas en el examen pero se cree que precisamente con esa misma tecnología miles de personas cometieron fraude. Por eso la entidad anunció que va a hacer un examen presencial a los postulantes que tuvieron resultados muy buenos.
El debate de fondo no está resuelto: ¿tiene que cambiar la enseñanza tras el auge de la IA?, ¿se le puede adjudicar a los estudiantes, en términos éticos, la responsabilidad del buen uso de estas plataformas?, ¿tiene que cambiar el modelo de enseñanza basado en la memoria y la repetición?
Jorge Rey Valzacchi, veterano profesor argentino, ha escrito un pequeño y jugoso libro titulado ‘Pedagogía posplagiarismo’. Dice en la introducción: «Este libro propone la pedagogía posplagiarismo como un cambio de mirada necesario. No para relativizar normas sino para devolverle centralidad al pensamiento, al criterio y a la responsabilidad intelectual».
Sostiene Jorge Rey que durante mucho tiempo, copiar era una de las amenazas al aprendizaje. Copiar significaba que no se había aprendido. La copia se entendía más como un fallo moral que como una pregunta pedagógica. Lo que importa es lo que hace el estudiante con aquello que toma, cómo lo comprende, cómo lo transforma, cómo lo aplica, cómo lo hace suyo, como enriquece la autoría.
Voy a plantear doce principios que resumen, de forma sucinta la filosofía posplagiarismo. Cada uno de ellos puede desencadenar un debate que trata de desentrañar el intrincado binomio que siempre ha sido aprobar y aprender. ¿Se puede aprobar sin aprender? La estructura organizativa de muchas universidades respecto a la evaluación está cargada de interrogantes que la aparición de la IA aviva con fuerza. Dejar de aprender para ver si se ha aprendido, suspender las clases un par de semanas para preparar los exámenes y hacer unas pruebas (estrictamente vigiladas) para reproducir lo que se ha aprendido, desmantela las preguntas esenciales sobre el proceso de aprendizaje y sobre el rigor de la evaluación como método de comprobación. Si se repitiesen los exámenes tres meses después sin el empacho previo de esos días y noches previos de preparación, los resultados nos mostrarían la superficialidad de los aprendizajes y la endeblez del método de evaluación, más centrado en la repetición que en el pensamiento.
Doce principios de la pedagogía posplagiarismo
- El verdadero desafío educativo ya no es evitar la copia sino hacer visible el aprendizaje.
- El sistema educativo necesita nuevas preguntas, no más vigilancia.
- Aprender siempre implicó apropiarse, transformarse y dialogar con las ideas previas.
- Evaluación auténtica, metacognición y aprendizaje basado en procesos convergen y se fortalecen en la pedagogía posplagiarismo.
- La integridad académica se redefine desde la formación, no desde la sanción.
- La pedagogía posplagiarismo no es una pedagogía permisiva ni una renuncia a la ética académica.
- Evaluar implica comprender cómo se aprende, no solo verificar resultados.
- La evaluación centrada en procesos eleva la exigencia cognitiva.
- Las preguntas ricas generan pensamiento; las preguntas pobres generan copia.
- Usar inteligencia IA puede ser formativo si se convierte en objeto de análisis.
- La cultura de la sospecha empobrece el aprendizaje y favorece la simulación.
- La autoridad docente se reconstruye sobre el criterio, no desde el control.
Voy a cerrar con un pensamiento del profesor Rey Valzacchi que, a mi juicio, impacta en el blanco de la diana de la evaluación en tiempos de IA: «Educar cuando copiar ya no es el problema implica aceptar que el conocimiento circula de otro modo. La información está disponible, los textos se generan automáticamente y las respuestas correctas se pueden obtener en segundos. En este contexto, enseñar no puede seguir reduciéndose a transmitir contenidos ni evaluar a verificar reproducciones».
Ojalá que el advenimiento de la IA nos ayude a reflexionar con más profundidad sobre la esencia de los procesos de aprendizaje y sobre el rigor y la ética de la evaluación educativa.
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