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Opinión | Casa Mágica en Vacaciones

Málaga

Aprendizaje experiencial en niños: por qué tocar enseña más que explicar

De Dewey al eclipse solar del 12 de agosto, una guía para aprender en familia sin abrir un cuaderno

Una experiencia de aprendizaje

Una experiencia de aprendizaje / Pexels/Vanessa Loring

Hay cosas que podemos explicar durante horas y, sin embargo, un niño puede comprenderlas en cinco minutos cuando tiene la oportunidad de vivirlas.

Un niño puede escuchar que el agua ocupa un espacio, pero lo entiende de otra manera cuando llena un vaso y comprueba que, al introducir un objeto, el nivel sube. Puede aprender qué es una fracción en una ficha, pero probablemente lo recuerde mejor después de repartir una tarta entre seis personas. Puede estudiar qué es una sombra y, al mismo tiempo, pasar una tarde persiguiendo la suya por el parque.

No es casualidad. Aprendemos a partir de lo que hacemos, de lo que observamos y de lo que experimentamos. Y en la infancia esto adquiere todavía más importancia porque cada experiencia no solo aporta información: también genera emociones, despierta curiosidad, construye confianza y nos enseña qué sentimos cuando intentamos resolver algo que todavía no sabemos hacer.

John Dewey defendió hace más de un siglo la importancia de aprender a través de la experiencia y de reflexionar sobre aquello que hemos vivido. Décadas después, David Kolb desarrolló el concepto de aprendizaje experiencial como un proceso en el que la experiencia, la reflexión, la construcción de conceptos y su aplicación se retroalimentan.

Dicho de una manera mucho menos académica: hacemos algo, vemos qué ocurre, pensamos sobre ello, descubrimos relaciones y volvemos a intentarlo.

Y así vamos construyendo conocimiento.

Primero tocamos. Después observamos. Más tarde empezamos a encontrar patrones. Y, poco a poco, esos patrones se convierten en conceptos que podemos utilizar incluso cuando aquello que aprendimos ya no está delante de nosotros.

Relación emocional con el aprendizaje

Pero hay algo más. Las experiencias también construyen nuestra relación emocional con el aprendizaje.

No recordamos únicamente lo que aprendimos. Muchas veces recordamos cómo nos sentimos mientras lo aprendíamos.

La sensación de conseguir levantar por fin una torre que se caía una y otra vez. El orgullo de preparar una receta sin ayuda. La emoción de descubrir que una construcción funciona. La frustración de equivocarse y volver a intentarlo. La satisfacción de encontrar una solución que nadie nos había dado.

Todo eso también forma parte del aprendizaje.

Por eso resulta tan interesante el auge de la educación STEM. Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas aparecen cada vez más integradas en propuestas educativas porque permiten trabajar precisamente desde la experimentación, la investigación, la resolución de problemas y la creación de soluciones. No significa que cualquier juguete que lleve la palabra STEM en la caja vaya a convertir a un niño en ingeniero —ojalá fuera tan sencillo—, sino que una buena experiencia STEM pone al niño delante de un problema y le da la oportunidad de investigar qué puede hacer con él.

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Y aquí aparece una cuestión que me interesa especialmente: ¿qué ocurre cuando alejamos demasiado el aprendizaje de aquello que podemos tocar, observar y experimentar?

Vivimos rodeados de abstracciones. Números, símbolos, palabras, fórmulas, mapas, gráficos, códigos... Son herramientas extraordinarias, pero todas representan algo que alguna vez tuvo una relación con el mundo real.

La corriente de investigación conocida como embodied cognition, o cognición corporizada, ha puesto precisamente el foco en la relación entre cuerpo, percepción, acción y pensamiento. No aprendemos utilizando únicamente "la cabeza": nuestro cuerpo y nuestra interacción con el entorno forman parte de cómo construimos y comprendemos el conocimiento.

Y quizá por eso convenga preguntarnos si, en ocasiones, no estamos pidiendo a los niños que manejen abstracciones antes de haber tenido suficientes experiencias que les permitan comprender qué representan.

Las matemáticas son un ejemplo perfecto.

Antes de escribir 3 × 4 podemos construir tres grupos de cuatro piezas. Antes de hablar de perímetro podemos rodear una mesa y medirla. Antes de estudiar coordenadas podemos desplazarnos por una cuadrícula. Antes de comprender una fracción podemos partir, repartir y comparar.

Las matemáticas forman parte del universo STEM, pero merecen una mirada propia porque atraviesan buena parte de nuestra manera de interpretar el mundo: comparar, medir, ordenar, estimar, encontrar patrones, calcular posibilidades, interpretar datos o descubrir relaciones.

Y también porque son una de esas materias en las que el salto desde la experiencia hasta el símbolo puede hacerse especialmente grande.

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Por eso me parece tan importante que durante la infancia los niños tengan oportunidades para encontrarse con las matemáticas fuera del cuaderno. No para evitar la abstracción —necesitamos aprender a pensar de manera abstracta—, sino para construir los puentes que permiten llegar hasta ella.

Y esos puentes no tienen por qué construirse siempre en la escuela.

La familia es también un extraordinario espacio de aprendizaje.

Vygotsky puso el foco en algo que hoy nos resulta bastante intuitivo: aprendemos con otras personas. Una conversación, una pregunta, una ayuda en el momento adecuado o la posibilidad de observar cómo alguien más resuelve un problema pueden ampliar aquello que somos capaces de hacer por nosotros mismos.

Por eso me gusta especialmente la idea del aprendizaje familiar e intergeneracional. No hace falta convertir las vacaciones en una academia doméstica. Podemos cocinar juntos, construir juntos, observar juntos, hacernos preguntas y dejar que, algunas veces, sea el niño quien nos explique a nosotros cómo funciona algo.

Porque cuando un adulto deja de ser únicamente quien enseña y se convierte también en quien descubre, el aprendizaje cambia.

Y dentro de unos días tendremos una oportunidad extraordinaria para hacerlo sin preparar absolutamente nada: levantar la mirada hacia el cielo.

El eclipse como una oportunidad

El 12 de agosto podremos observar un eclipse solar. En Málaga no será total, pero sí podremos contemplar cómo la Luna oculta una parte del Sol. Podemos limitarnos a mirar y disfrutar del espectáculo, que ya sería estupendo. O podemos aprovecharlo para preguntarnos qué está ocurriendo, hacer una predicción, observar, registrar, comparar y buscar juntos las respuestas.

Ciencia, matemáticas, curiosidad, conversación y emoción. Todo en una misma experiencia.

Quizá dentro de unos años nuestros hijos no recuerden exactamente qué porcentaje del Sol quedó oculto aquel día. Pero es bastante probable que recuerden que una tarde de agosto levantaron la cabeza, miraron al cielo y estuvieron allí con nosotros preguntándose cómo era posible que el Sol desapareciera en pleno día. Y, sinceramente, también eso es aprender.

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