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Opinión | La vida moderna merma

Málaga

Conciertos de la Feria de Málaga: gratis sale caro

Al final, todos descontentos. Es difícil encontrar una política pública más generosa en esfuerzos y más eficaz en fabricar disgustos.

Conciertos de la Feria: gratis sale caro

Conciertos de la Feria: gratis sale caro / L.O

Todos los agostos, Málaga celebra dos tradiciones igualmente arraigadas. La primera consiste en ir a la Feria. La segunda, esperar a que el Ayuntamiento anuncie los conciertos para decir que son una porquería. Hay quien todavía no ha decidido a qué casetas irá, pero ya sabe con absoluta certeza que el cartel musical es impropio de una ciudad como Málaga. Somos gente previsora.

Este año pasarán por el Auditorio Municipal Diana Navarro, David de María, Medina Azahara, Nancys Rubias, Zenet, Antonio Carmona y Paloma San Basilio, entre otros. Como era de esperar, la programación ha sido recibida en las redes sociales con ese entusiasmo sereno y constructivo que las caracteriza. Unos consideran que los artistas son demasiado antiguos. Otros, que son poco conocidos. Y algunos reclaman grandes estrellas internacionales, probablemente convencidos de que Bruce Springsteen está deseando actuar gratis en el Cortijo de Torres entre un puesto donde ganas una tableta de turrón rancia si lanzas una moneda de 20 céntimos sobre ella y un puesto de Hamburguesas Uranga.

Paloma San Basilio ha concentrado buena parte de los comentarios. La señora tiene 75 años, una carrera estupenda y sigue llenando teatros. En Málaga colgó no hace tanto el cartel de no hay billetes en el Cervantes, cosa que no consigue cualquiera. Yo confieso que, si me piden que enumere sus canciones, llego con cierta dignidad hasta Juntos y después comenzaría a mirar el teléfono lentamente. ¿La habría elegido para cerrar la Feria de Málaga? Probablemente no. No porque le falte categoría, sino porque no termino de encontrar el encaje. Tampoco se me ocurriría poner a Medina Azahara -qué buen pelo tiene ese hombre por cierto- en una fiesta infantil y eso no constituye una crítica a Medina Azahara, sino una reflexión básica sobre los entornos.

La pregunta verdadera

Pero creo que estamos discutiendo la cuestión equivocada. El problema no es si los conciertos son buenos o malos, modernos o antiguos, populares o minoritarios. La pregunta verdaderamente interesante es otra y es por qué tiene el Ayuntamiento que organizar una programación gigantesca de conciertos gratuitos durante la Feria.

Si Málaga fuera un pueblo pequeño, la respuesta sería sencilla. En las fiestas patronales siempre hay una orquesta con un nombre estupendo. Orquesta Sensaciones, Nueva Ilusión, Bahía Azul o cualquier combinación de sustantivos prometedores. Tocaban un pasodoble, después una canción de Mecano y terminaban con Paquito el Chocolatero mientras el concejal de Fiestas vigilaba que nadie robara las sillas. Aquello tenía todo el sentido. Era el acontecimiento musical del verano y quizá del año.

Pero Málaga no es eso. Estamos en 2026 y la ciudad se ha convertido en una potencia turística, cultural y musical europea. Durante todo el año tenemos una oferta extraordinaria de conciertos, festivales, teatros y salas. Y durante la propia Feria existen decenas de casetas abiertas -desgraciadamente muchas de ellas con las dimensiones de un centro logístico de Amazon- donde se puede escuchar casi cualquier estilo musical conocido por la humanidad. Incluso algunos que la humanidad todavía no había pedido.

Quien quiera música, en la Feria tiene música. Quien quiera bailar, casetas. Quien quiera escuchar un buen concierto puede elegir durante todo el año entre una oferta inmensa y pagar una entrada, que es el procedimiento tradicional mediante el cual los artistas cobran y los promotores hacen números sin necesidad de pedir a los Santos un milagro.

El modelo actual coloca a todos en una situación absurda. El Ayuntamiento destina un dinero considerable, aunque insuficiente para contratar a las figuras que después se reclaman en las redes. La empresa encargada de organizarlo tendrá que cuadrar presupuestos, cachés, producción y exigencias municipales intentando dar duros a pesetas, siendo ésta una disciplina económica que nunca ha terminado de cuajar. Los artistas acaban convertidos injustamente en símbolos de una supuesta decadencia. Y el público, que no paga un céntimo, examina el cartel con la severidad de quien acaba de adquirir un abono de palco para la Scala de Milán.

Al final, todos descontentos. Es difícil encontrar una política pública más generosa en esfuerzos y más eficaz en fabricar disgustos.

Se dirá que los conciertos gratuitos acercan la cultura a todo el mundo. Y es un argumento respetable -y de mierda-. Pues creo que las administraciones deben facilitar el acceso a la cultura, apoyar a los artistas locales, cuidar el flamenco, los verdiales y nuestras tradiciones, promover nuevos talentos y llevar actividades a los barrios. Pero de ahí no se deduce que exista un derecho ciudadano a recibir una semana de conciertos gratuitos mientras se come un cartuchito de gominolas de un puesto de la feria -Spoiler: el hombre abre los cartuchos soplando. Las chucherías que te comes en la feria llevan soplido de feriante-.

Además, que algo sea gratuito y reúna público no demuestra necesariamente que sea imprescindible. Si mañana se repartieran langostinos gratis junto a la portada de la feria -la cola llegaría a Churriana-, no convertiría el marisco municipal en un servicio esencial.

La Feria está para encontrarse con los amigos, bailar en las casetas, comer, beber, pasear con la familia, ponerse piripi si así se considera, montarse en los carricoches y comprar un trozo de coco en esos puestos con chorritos de agua cuya función sanitaria prefiero no investigar. No necesita una programación paralela de conciertos para justificar su existencia. La Feria ya es, por sí misma, el espectáculo.

Si existe un empeño irrenunciable por mantener la música en el Auditorio, bastaría con organizar un único gran concierto. Uno. Una unidad. Concentrar el presupuesto, escoger bien y convertirlo en una cita especial.

Y los conciertos no son el único asunto que merece una revisión. La Feria conserva concursos de belleza, interminables actos de peñas y asociaciones y actividades que parecen redactadas para un programa festivo de 1987. Las tradiciones deben cuidarse, naturalmente. Pero no todo lo antiguo es una tradición. A veces es simplemente algo que sigue haciéndose porque nadie ha encontrado el valor de preguntar para qué sirve.

No se trata de criticar al Ayuntamiento ni de defenderlo. Sus responsables tendrán sus razones, sus presupuestos, sus compromisos y sus equilibrios.

Quizá deberíamos asumir que una ciudad también madura cuando aprende a dejar de hacer cosas.

Viva Málaga.

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