Opinión | La suerte de besar
Cosas de las que no me arrepiento (a pesar de la pereza, la vergüenza y la procrastinación)
No quiero ese trabajo. No paso por eso. No me gustas. Cada vez que he dicho que no, he soltado algo de lastre. Eso me gusta. Y mucho

Secundaria. La pereza / Secundaria. La pereza
Llamar por teléfono. Un mensaje está bien y cumple la función de hacer saber que nos acordamos de alguien, pero no es lo mismo que una llamada. Llamar significa compromiso, interés e intimidad. No me arrepiento de llamar a mis amigos y, sobre todo, estoy feliz de las llamadas que hice a mis abuelos y a quienes pasaban por un mal momento.
Ir a un funeral. Vaya por delante que prefiero no encontrarme en la tesitura, pero, cuando sucede, mi primer instinto es justificar mi ausencia aferrándome a obligaciones cotidianas. Debo acompañar a mis hijos, entregar un escrito o acabar una presentación. No lo hago por desidia. Lo hago para no enfrentarme a la solemnidad del momento. Una actitud cercana a la cobardía que, una vez superada, hace que jamás me haya arrepentido de estar presente en esos momentos. Recuerdo muy bien a quienes han estado presentes en los míos.
Callar. Hablo mucho. Hablo de más. Meto la pata, digo lo que no debo, es fácil que me malinterpreten, me meto en fregaos y soy especialista en entrar en bucles y monólogos de los que no sé salir. Me despierto de madrugada recordando un comentario que no debí hacer y siempre vuelvo a la misma conclusión: escucha más, habla menos y cierra la boca siempre que puedas. Pues eso.
Pintarme las uñas de color rojo vino (de uva manto negro). Lo he hecho menos de diez veces en mi vida porque odio que se me descascarillen y den un aspecto de dejadez, pero en las escasas ocasiones en las que lo he hecho me he sentido poderosa, glamurosa, misteriosa y sexi. La verdad es que ahora que leo los múltiples beneficios sobre mi persona no comprendo por qué no lo hago más.
Levantarme de la mesa a tiempo. Porque implica que no repito por cuarta vez ni bebo esa copa de más. Con el tiempo aprendemos a conocernos y yo, para las cosas del comer y del beber, tengo poca fuerza de voluntad. Para no pecar, mejor alejarse de la tentación. Ya sé que es un poco castigador, pero es lo que hay.
Decir no. No quiero ese trabajo. No paso por eso. No me gustas. No lo voy a hacer. No te quiero. No te acompaño. Cada vez que he dicho que no, he soltado algo de lastre. Eso me gusta. Y mucho.
Declararme. Cuando era (más) joven, lo hacía siempre. Me gustas. Pienso todo el santo día en ti. Qué bonito es decir que te has enamorado, que sientes que no pisas el suelo al caminar, que solo quieres leer poesía, que quieres oler su piel hasta marearte y contar todos sus lunares. Siempre me dieron calabazas, pero no me arrepiento de haber metido la pata varias veces.
Pasar por todas las revisiones que me tocan. Ojos. Piel. Pechos. Dientes. Ovarios. Tiroides. Huesos. Bienvenida sea la medicina preventiva.
Hacer deporte. Puedo salir del gimnasio caminando como John Wayne, despeinada, con la cara de color rojo incandescente, arrastrando los pies y dolorida, pero siempre salgo sintiéndome mejor que cuando entré (salvo la vez que las lumbares se quejaron en serio).
Tampoco me arrepiento de madrugar, lavar a mi perra, usar tacones, ayunar un día (he hecho tres en mi vida) o respirar conscientemente.
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