Opinión
Millones y más millones

Hormigas negras sobre una rama. / Pixabay
Los millones, sin importar de qué, se despliegan con un arrollador fanatismo sobre el lenguaje. Dices en voz alta «millones» y algo en el aire, alrededor de la pronunciación, se violenta, chispea, aturde, se electrifica, gana por KO. Pueden ser millones de años luz, millones de habitantes, millones de muertos, de individuos hambrientos, de árboles, de libros, de peces, de sillas, millones de dólares, millones de litros, millones de «veces». Posee algo la exuberancia numérica que nos vincula con ella íntimamente. Estamos levantados sobre exageraciones. Quizá no se puede vivir sin exagerar, sin incurrir en desproporciones, y nada más excesivo que un millón, y no digamos varios, muchos millones. La vida es exceso, aunque también exactitud y escasez en otros momentos.
La capacidad de las cifras para asombrarnos las obliga a ser cada vez más enormes si quieren mantener viva la sensación, cuando las escuchamos, de estupefacción. Los millones te piden crecer. Es como si al no hacerlo se estancasen, se volviesen paulatinamente poca cosa. Hace unos años leí que la Wikipedia contenía 37 millones de artículos, y me fascinó, pero la semana pasada, cuando me puse a actualizar los datos y descubría que ya tenía 64 millones, confieso que la conmoción alcanzó una intensidad menor que la primera vez. Sospecho que nos vamos haciendo cada vez menos impresionables, o tal vez simplemente nos volvemos menos sensibles, en general, como si algo en nosotros se mecanizase con el tiempo, pasando de un estado natural, sensitivo, a uno más artificial.
Los millones son un resumen de la humanidad. Hasta aquí llegamos contando, o ensanchando, o progresando, o acumulando, o matando, parecen decirnos, esperando que se nos abra la boca. Hace tres años, científicos de la universidad de Hong Kong publicaron el censo de hormigas más completo hasta la fecha. El estudio estimaba que había al menos veinte cuatrillones de hormigas en la Tierra, sin contar las subterráneas. Me parece que esa fue la última gran ocasión en la que me golpeó una cifra millonaria. Quizás porque cincuenta hormigas despiezando una avispa muerta forman ya una escena capaz de sobrecogerme. En cambio, cuando semanas atrás Elon Musk se convirtió en el primer billonario del mundo, no me sentí ni remotamente tan impresionado. Que su empresa de cohetes, satélite y comunicaciones, SpaceX, saliese a bolsa, y él se convirtiese en la persona más rica de la historia de la humanidad, superando a Rockefeller, a Cosimo de Medici, al emperador maliense del siglo XIII Mansa Musa no me estremeció tanto como me horrorizó.
Cuando las cifras millonarias se circunscriben al dinero el efecto decae automáticamente, en parte por la falta de novedad: ya asumimos que los superricos se vuelven cada día muchos más ricos que los ricos a secas, los ricos mucho más ricos que la clase media, y los que no son ricos, en fin, alimentan perspectivas poco halagüeñas para el futuro. Casi renunciamos a la idea de que podamos hacer algo al respecto. Por suerte, aún podemos contar las hormigas subterráneas.
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