Opinión | Parece una tontería
La muerte de los expertos

Ilustración conceptual de un agente de inteligencia artificial que atraviesa un entorno de pruebas y alcanza redes reales, una metáfora de los recientes incidentes de seguridad revelados por OpenAI y Anthropic. / IA/T21
Supongamos a efectos meramente introductorios que este mundo lo han construido los expertos. Por ejemplo, el excelente médico de familia que vive su profesión como sacerdocio y no como negocio. Su hija estudia Medicina en un país lejano, la distancia no le impide contraer una enfermedad. Para atajarla, consulta los síntomas con la irrebatible experiencia paterna, cuajada en miles de pacientes. Recibe de su progenitor el diagnóstico probable y el tratamiento preferente, la enferma le contesta por WhatsApp:
-Papá, me has recomendado lo mismo que la Inteligencia Artificial.
La covid-19 marcó la apoteosis del experto, aquellos epidemiólogos que después fueron vulcanólogos en Canarias, meteorólogos ante el cambio climático, ecólogos contra los incendios forestales y ahora sociólogos ceutíes. Sin embargo, un médico francés implicado a vida o muerte en la contención del coronavirus sentenció con humildad a medio camino de la pandemia:
-Por primera vez en la historia, los médicos avanzamos en el conocimiento de una enfermedad a la vez que los profanos.
Se refería por supuesto a los profanos informados y apasionados, que de repente se interesaron por disciplinas tan severas como la bioestadística. Y el médico modesto admitía sin dar más detalles los errores de los eruditos, cuando determinaban que «las mascarillas ofrecen una sensación de falsa seguridad», o erraban lamentablemente sobre el origen y propagación del coronavirus. Véase por todos al ahora desacreditado Anthony Fauci, el experto de expertos norteamericano en enfermedades infecciosas, del sida a la covid. De hecho, hubo un laboratorio que acertó con los porcentajes exactos del impacto global de la covid tras los primeros embates. Se llama Goldman Sachs y es un banco de inversiones.
Los expertos han muerto. Se han disuelto, para no dramatizar. Su única distinción consiste en que se les pueden exigir responsabilidades, incluso por vía penal, con respecto a decisiones que ya no les corresponden. No siempre puede hablarse de injusticia, el descrédito amanece por ejemplo cuando un batallón de geopolíticos consensúa que Putin no se atreverá nunca a una invasión a gran escala de Ucrania. La realidad ni siquiera los contradijo, solo los ignoró.
L a característica dominante en el planeta es la improvisación a gran escala, el influencer descarado es una parodia de los expertos que impacta con mayor fuerza que el catedrático o estadista condenado a imitar a los adolescentes en TikTok. Los primeros ministros Pedro Sánchez y Andy Burnham se refugian en estos vídeos infantiles de contenido vulgar, donde parecen aprisionados. El resultado global es la desaparición del sistema, sustituido por la improvisación indistinguible del capricho. Verbigracia, la mayor apuesta económica de la historia del planeta ha capitalizado con billones de euros a Elon Musk, a cambio de la promesa de colocar a un millón de seres humanos en Marte. En tiempos racionales se hablaría de brujería, hoy se ovaciona con billetes al magnate espontáneo que prometió incluso arrinconar la burocracia, el feudo de los expertos.
Aunque duela remitirse a Trump a cada exploración del mundo contemporáneo, las aventuras de Venezuela o Irán surgen de una potencia militar de alcance terrorífico, ahora que se ha rebozado de Inteligencia Artificial. Sin embargo, el desencadenamiento de ambas invasiones corresponde a un capricho atolondrado, de miedos primitivos por ejemplo a un atentado de los ayatolás. Puede compararse con la meticulosidad de la Casa Blanca de los hermanos Kennedy en la crisis de los misiles cubanos, desarrollada durante la era de la apariencia de racionalidad.
Trump no ha acabado con los expertos, pero se ha instalado cómodamente en la era de las veleidades antojadizas. Nunca atribuye una actuación a sus consejeros, asume la responsabilidad íntegra de decisiones sobre las que monopoliza tanto la ejecución como la valoración siempre óptima. El esbozo de esta omnisciencia ya figuraba en su primer mandato, cuando presumía de epidemiólogo tras lidiar con expertos científicos en los albores de la covid:
-Me gusta este rollo y lo pillo, la gente se sorprende de que lo entienda. Cada uno de los doctores dijo, «¿Cómo sabe usted tanto sobre esto?». Quizá tengo una habilidad natural, quizá debería haberme dedicado a esto en lugar de presentarme a presidente.
Trump es un carroñero que se nutre de la osamenta de los expertos, ha identificado con astucia su descrédito creciente. En un país más próximo, el desastre de Ceuta solo ha servido a los especialistas en la cuestión para regurgitar tópicos sin aportar una sola idea estimulante. Su proliferación corresponde también a una cuestión de precio, porque la eliminación de los periodistas sobre el terreno se ha compensado contratando a los pundits o budas de voz ahuecada, nunca sometidos al chequeo de sus opiniones. Escuchar a los negacionistas conduce a la mentira, atender a los expertos desemboca en la verdad equivocada. Entre estas dos orillas transcurre una larga siesta planetaria, que despide al academicismo siempre elitista y saluda a la arrolladora IA, el bricolaje de la inteligencia.
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