Opinión | Tribuna
Conclusiones científicas
Mientras el clima extremo multiplica incendios, sequías e inundaciones, científicos y economistas reclaman un cambio de prioridades que la política y el ruido informativo siguen relegando

Un vecino lucha contra el fuego en las afueras del pueblo. / DANIEL GÓMEZ ALONSO
Lo llaman «efecto latigazo». Se produce después de inviernos muy lluviosos que provocan un mayor crecimiento de la vegetación, a los que suceden periodos estivales de calor extremo (de toda la vida, dicen). Sus efectos, sumados a los de los pirómanos, producen incendios devastadores llamados de «sexta generación». No sólo en el sur de Europa (como toda la vida), sino que alcanzan al norte: Francia, Reino Unido y Alemania, entre otros. Otra «novedad» por cuanto el calor abrasador y la tierra reseca eran característicos de los países mediterráneos. «Eran».
Otra novedad (de toda la vida) es la mayor concentración de dióxido de carbono que incrementa el atrapamiento del calor, que junto a un mar Mediterráneo, que el 6 de agosto en Mallorca llegó a los 33 grados, provocan días insoportables y noches tórridas a los que sucederán graves sequías. Una detrás de otra. El 2026 ha sido el año con mayor mortalidad por calor en Europa. Son las conclusiones de la Dra. Clair Barnes del Imperial College de Londres y de un Comité de Expertos (de los de verdad) del consorcio World Weather Attribution.
En Asia también están sufriendo lluvias torrenciales sin precedentes (Corea del Sur, Japón y Vietnam) y este hecho, sumado al anterior, ha llevado a los científicos a concluir que el cambio climático y la naturaleza son la mayor amenaza para la humanidad. Atribuyen entre el 40 y el 70% de las muertes por calor, sequías e inundaciones al incremento de los niveles de dióxido de carbono. Pero las soluciones que hemos adoptado en Europa, como la Agenda 2030, que entre otras soluciones propone sustituir las centrales de carbón por plataformas eólicas, no son del gusto de Trump ni de sus miniyos. Porque la Agenda 2030 es una versión satánica de la ciencia, como todos sabemos.
En materia de decrecimiento, palabra maldita y asociada al cambio climático, sucede algo parecido. Economistas como Joseph Stiglitz (Nóbel 2001), Thomas Pikkety, Kate Raworth de Oxford, Jayati Ghosh -formada en Cambridge, autora de 21 libros y 220 estudios académicos-, el antropólogo economista Jason Hickel -catedrático de la UAB- y otros 400 científicos han elaborado un estudio para ONU con la premisa de reducir las desigualdades sin considerar el crecimiento del PIB. Guarda relación con el Informe Fénix de nuestros economistas. Trabajaron bajo la condición de no incrementar la productividad. Caigo en la tentación irresistible de enganchar con el manido mantra de la «productividad en la hostelería» porque hay que explicar que es imposible incrementarla salvo que un camarero o una kelly sirvan 100 mesas o hagan 25 camas más con el mismo sueldo en las mismas horas; porque la productividad está mediatizada por la tecnología, como sucede en la industria. En el sector servicios, salvo que queramos que nos atiendan robotijos o una IA se trata de un brindis al sol que eclipsa a quienes se embarullan con el cociente entre bienes y servicios y horas trabajadas.
Retomando el estudio concluyen que es preciso un cambio en la economía global, como sugieren nuestros estudiosos del Fénix, también ignorados: que los derechos humanos deben ser el principio rector; que debemos combatir la discriminación, pagar salarios más altos, invertir en educación, sanidad e infancia; proteger los servicios públicos esenciales; producir, esta vez sí, más vivienda pública y valorar más el trabajo vinculado a los cuidados. Dicen muchas cosas más que tienen el mismo sentido común que las anteriores y proponen soluciones detalladas y realizables desde la gestión de un presupuesto público tan equilibrado en ingresos y gastos como los actuales.
Desgraciadamente, nadie les va a hacer caso. Pero se lo cuento para distraerles del ático de Ayuso, de Infantino Corleone y de la «invasión de ratas» de Ceuta, que dijo una concejala española hiperventilada; también del resto de apasionantes noticiones estivales que acaparan la prensa española. Porque es importante reordenar las prioridades.
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