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Opinión | En corto

El secreto del eclipse

Que la Luna tape al Sol a cada tanto es un viejo pacto. Un truco del destino universal, para que la gente no se desperdigue mucho y, al menos cada cierto tiempo, miren todos hacia el mismo punto. Un modo de llamar la atención. El secreto está ahí, no es otro. Tantas miradas juntas, tantos espíritus, por poca fe que aporte cada uno, mandan un mensaje arriba. La Luna, respaldada por el sol, actúa como una lente, que lo difunde luego por el cosmos. Así da el hormiguero humano señal de existencia. Eso decía, palabra por palabra, el escritor de «Una semana muy negra» (yo mismo) en la penúltima página de la novela, a propósito del eclipse de sol de 1999, de cuyo momento mágico disfrutó su protagonista (y el autor) tumbado al muerto en las plácidas aguas de la gijonesa Playa de Poniente, nombre muy pertinente al caso, sin mirar al sol a su único ojo, para no provocarlo. Veremos hoy. O no.

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