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Opinión | Málaga en la memoria

7 años

El cuerpo pertenece a quien lo habita. La maternidad, el derecho a decidir y otras preguntas

El embarazo es una experiencia radicalmente femenina.

El embarazo es una experiencia radicalmente femenina. / JORDI OTIX

Agarrarme a la barandilla. No es una barandilla, es un trozo plano de madera atornillado a la pared, de los que están en los pasillos de los hospitales. Un paso, otro paso, una contracción. Pararme en el medio, asirme del brazo de mi madre. Apretar los dientes, cerrar los ojos. Casi perder la conciencia, pero no tanto. Una contracción, contar el tiempo entre ellas. Una barriga grande, el cuerpo henchido. Muchas horas con un pie tras otro, muy despacio, ni veinte centímetros de distancia cada vez. Un dolor que nos gusta a las escritoras, el reto de la descripción, y no se puede explicar. No existe el tiempo que conoces, existe el tiempo de parir, que es como el tiempo de morir. Y el otro es lo demás. Un tacto vaginal, algunos más. Una mano desconocida buscando el aro, la puerta de salida. Ahora ya sabemos que no va a coronar, horas eternas de sufrimiento, de humanidad. La brutalidad de la fuerza de mi cuerpo sin sutileza ni castigo, retorciéndome por dentro y empujando a la criatura. Abierta mi carne en dos, nace la madre de mi hija.

Salí del despacho desconcertada. «Una mujer tan inteligente como tú. ¿Cómo es posible que no vayas a abortar?», me dijo mi jefe. Tardé un poco en comprender la profundidad de aquella frase. Contesté mecánicamente a la pregunta, como si, de hecho, necesitara una respuesta educada con palabras y no una patada frontal en la boca. Hubiera estado muy bien que mi vida en ese momento hubiera sido como esas escenas de Ally McBeal donde el pensamiento de los actores se hacía realidad, pero luego no. Que le hubiese podido dar la patada y sentir el desahogo y, un instante después, volver a la normalidad como si nada hubiera pasado. Confieso que es ya una práctica habitual en mi jadeante psique de mujer de mediana edad.

Gloria Steinem decía que las mujeres siempre repetimos que podemos hacer todo lo que hacen los hombres. La verdadera igualdad quizás llegue el día en que ellos sientan el mismo orgullo al decir que también pueden hacer todo lo que hacemos nosotras. Aunque debo admitir que la frase de ella que más me hace vibrar es la de «la verdad os hará libres, pero primero os enfadará». No sé cómo las mujeres no estamos aún más enfadadas. Observo a muchas que aún no parecen haberse dado cuenta de sus derechos como personas y, más estrechamente, de sus derechos y obligaciones como mujeres. Y mucho de esto pasa por la obligatoriedad de alzar la voz en materias de maternidad. A mí, conocer una injusticia rara vez me produce tranquilidad. Me siento incómoda. Y es justamente esta incomodidad con la que más me cuesta vivir. Siento que nos entrenan para ser imprescindibles en la vida de los demás y prescindibles en la nuestra.

En cualquier caso, en ese despacho no fui preguntada sobre qué quería hacer. O si estaba contenta con la idea de ser madre. Se me estaba cuestionando por no hacer con mi cuerpo lo que él consideraba razonable. Siempre me mantendré en la decisión de que el cuerpo de una mujer pertenece exclusivamente a la mujer, en todos los casos. Para crear a un hijo hacen falta dos personas. Para gestarlo, solo una. Y ese hecho convierte el embarazo en una experiencia radicalmente femenina. Nadie puede habitar mi cuerpo desde fuera. Nadie puede legislar el miedo que siento. Nadie puede soportar el parto por mí. Nadie puede alimentar con mis pechos ni reorganizar mis órganos cuando el bebé nazca. Incluso si hubiera decidido abortar, habría seguido siendo una decisión exclusivamente mía. Y también dolorosa. Hay una frivolidad insoportable con la que demasiadas veces se habla del aborto desde fuera, como si una mujer saliera intacta de una decisión que atraviesa el cuerpo, la identidad y el futuro. Defender el derecho a decidir nunca es negar el peso de esa decisión.

Hay preguntas que nunca debieron formularse, porque hay cuerpos que solo pertenecen a quien los habita. Un día como hoy me agarraba al pasillo del hospital y al brazo de mi madre. Se me abría el cuerpo de forma invisible y paría a mi hija Sofía Clara. Nací yo también, con todos los miedos juntos y toda su vida por delante. Las mujeres que somos madres necesitamos ayuda, no juicios. Hoy Sofía cumple siete años. Pienso en aquella pregunta de mi jefe. Estos siete años han sido infinitamente más difíciles de lo que él podría haber imaginado. También infinitamente más hermosos. Nunca sabré cómo habría sido mi vida si hubiera elegido otro camino. Pero sí sé que nadie iba a decidirlo por mí. Y esto se me grabó a fuego entonces. Hace siete años, un catorce de agosto, se abrió la puerta de lo bestia que es criar sintiendo el amor más sobrecogedor y el dolor más fuerte de todos. Saber que, en cualquier momento, la vida da un giro teatral y te presenta desafíos inquebrantables. Y que todo el amor metido de golpe dentro de ti, va a explotar diariamente al lado de las frustraciones y de la mano del asombro que es dar vida. Y, aunque he dejado atrás a una mujer que era otra y a la que extraño con vehemencia, hoy no podría hacer otra fiesta mejor que la del séptimo cumpleaños de Sofía y de la madre que soy para ella.

Feliz cumpleaños, hija mía.

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