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Opinión | Casa Mágica en Vacaciones

Málaga

La Feria de Málaga con niños: la historia que hay detrás de las luces

No queremos enseñarles cómo vivir la Feria; queremos enseñarles qué están viviendo

La Feria Mágica del año pasado

La Feria Mágica del año pasado / Alex Zea

Llega agosto y, con él, la Feria. Y también llegan las conversaciones de todos los años: que si el ruido, la suciedad, el tráfico, lo caro que está todo, los comportamientos incívicos, los peligros... Algunas de esas críticas son necesarias y otras ya forman parte casi del ritual previo a que se enciendan las luces. Pero esta vez no quiero hablar de si Feria sí o Feria no. Tampoco de cómo deberíamos comportarnos en ella. Quiero hablar de otra cosa: de cómo aprovechar estos días para enseñar a nuestros hijos un poquito más sobre la ciudad en la que viven.

Porque a los niños les encanta que les contemos cosas: descubrir que ese edificio por el que pasan todos los días tiene una historia, que aquella comida que están comiendo también tiene la suya o que sus padres y sus abuelos fueron niños y vivieron la Feria de una manera completamente distinta. Y nosotros tenemos una oportunidad estupenda delante de casa: durante unos días, Málaga se convierte en una especie de aula enorme en la que aprender historia, cultura y costumbres sin abrir un solo libro.

Conocer nuestras raíces

Conocer nuestras raíces tiene además una importancia que va bastante más allá de aprender fechas. Los niños construyen parte de su identidad a partir de las historias que reciben, de las personas con las que se sienten vinculados y de los lugares que reconocen como propios. Saber de dónde venimos les ayuda a situarse, a entender que forman parte de algo que empezó antes de ellos y que continuará después. También puede fortalecer el sentido de pertenencia y ese arraigo que hace que un lugar deje de ser simplemente "donde vivo" para convertirse en "mi ciudad". Y cuando esas historias las cuenta un padre, una madre, un abuelo o una abuela, además, ocurre algo que ningún libro puede sustituir: se crea un vínculo.

También hay algo interesante en conocer las dificultades que atravesaron quienes estuvieron antes. Descubrir que otras generaciones tuvieron que adaptarse, resolver problemas, cambiar sus costumbres o empezar de nuevo puede ayudar a los niños a comprender que las dificultades forman parte de la vida y que no siempre tenemos que inventar las respuestas desde cero. Las historias familiares y las historias de una comunidad pueden convertirse en pequeños puntos de referencia.

Transmitir las costumbres

Y luego están las costumbres. Las recetas, las canciones, las fiestas, los lugares a los que volvemos cada año, las cosas que hacemos casi sin preguntarnos por qué. Todo eso forma parte de nuestra cultura. Si dejamos de transmitirlo, simplemente desaparece. Pero conocer una tradición no significa defenderla a ciegas ni pensar que todo lo antiguo es maravilloso porque es antiguo. Al contrario. Para decidir qué queremos conservar, qué queremos transformar y qué queremos dejar atrás primero tenemos que saber de dónde viene.

Por eso me gusta la idea de vivir este año una Feria un poco más consciente. Y cuando digo consciente no estoy proponiendo que dejemos de divertirnos, ni mucho menos. Significa detenernos un momento y saber dónde estamos, qué estamos celebrando y por qué estamos ahí. Después podemos comer jamón, beber Cartojal y subirnos a las atracciones. Faltaría más. La cuestión es que nuestros hijos sepan que detrás de todo eso hay una historia.

Podemos contarles por qué la Feria se celebra en agosto, quiénes fueron los Reyes Católicos, qué relación tienen determinados lugares de Málaga con nuestra historia, de dónde viene una receta, qué es una biznaga o cómo era la Feria cuando sus abuelos eran pequeños. Basta con preguntar en casa, buscar juntos, visitar un museo o simplemente pararnos delante de un edificio y decir: "¿Sabes qué pasó aquí?". No hace falta convertir a nadie en historiador. Solo despertar la curiosidad.

En profundidad

Si quieres conocer la Ruta Secreta de la Feria, pincha aquí

Y esta Feria tenemos además algunas oportunidades estupendas para hacerlo. La Feria Mágica cumple treinta años y resulta bastante bonito pensar que algunos de los padres que este año llevarán a sus hijos de la mano quizá fueron, hace unas décadas, aquellos niños que llegaron de la mano de sus propios padres. La Feria Mágica ha cambiado de lugar, de espectáculos y de temáticas, pero ha seguido haciendo algo muy sencillo: formar parte de la infancia de varias generaciones de malagueños.

Merece la pena acercarnos al Museo de Artes y Costumbres Populares y descubrir cómo vivían los malagueños de otras épocas: qué utilizaban, cómo cocinaban, cómo trabajaban o cómo se divertían. O convertir un paseo por el centro en una búsqueda de pistas por lugares que cuentan la Málaga que fuimos.

Y aquí está lo más divertido: jugar a ser historiadores con los niños. No para que memoricen datos que olvidarán en septiembre, sino para que aprendan a mirar, a preguntar, a comparar lo que ven con lo que les contamos. Para que descubran que una ciudad no es solo sus calles, sus edificios y sus plazas, sino también las historias que han ocurrido en ellas.

Porque esta semana habrá jamón, serranitos, ajoblanco, arrocito, luces, música y atracciones. Los peques subirán a los cacharritos, irán al Cortijo de Torres, verán caballos, correrán de un lado para otro y pedirán probablemente alguna cosa que nosotros juramos que no vamos a comprar. Todo eso también es la Feria.

Pero quizá este año podamos añadir una pequeña cosa: explicarles por qué están ahí.

Que sepan que ese lugar no es simplemente un sitio al que se va en agosto porque toca. Que detrás hay una historia, unas costumbres y varias generaciones que antes que ellos hicieron exactamente lo mismo, aunque de otra manera. Y que algún día serán ellos quienes decidan qué cosas quieren seguir celebrando y cuáles quieren cambiar.

Porque no queremos enseñarles a nuestros hijos cómo tienen que vivir la Feria. Queremos enseñarles qué están viviendo.

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