Opinión | Tribuna
Y dale con el eclipse
El fenómeno astral, que ocurre en intervalos de décadas, se exhibe en un espacio planetario delimitado y genera el verbo 'eclipsar' con una potente carga metafórica

Un kitesurfista disfruta del eclipse. / l.o.
No me diga que no vio el eclipse.
Un fenómeno astral realmente único.
Su singularidad proviene de algunas de sus características constitutivas: un evento que suele producirse en intervalos de décadas o siglos de cadencia, implica a astros de una relevancia suprema no dejando lugar para intruso alguno de clase media o baja en la estructura social del universo y, por último, elige cada vez un espacio planetario muy delimitado para su exhibición.
Por lo demás, el guion de la cosa no deja de ser tan simple como poco celestial. Consiste en que un astro menor se pone delante de un astro mayor para taparlo. Para no dejarlo ver. Para no dejarlo ser visto. Para reivindicarse. Es esa proverbial coproducción de lo más sublime del cosmos y de lo más mezquino de lo terrenal, lo que convierte este evento sideral en un rabioso espectáculo de masas.
El evento celestial, por último, es tan deslumbrante que requiere para su contemplación de unas antiparras especiales para no quedar ciego ante tan mayestático despliegue de grandeza.
La potencia metafórica de la travesura galáctica ha tenido, sin embargo, un radical éxito en la conducta de los mortales. Hasta tal punto de generar un verbo que contiene un significado inequívoco y potente. Eclipsar.
El destino planetario elegido por los astros para tamaña revelación en este siglo ha sido España.
España debe estar en su momento. En su siglo. En su año. Superó los viejos complejos de país entre el desaliento y la esperanza, entre Europa y África, entre la dictadura y la democracia, entre la pobreza y la riqueza. Hasta llegar a la cima de este año batiendo récords de crecimiento económico en occidente, desafiando a los más grandes chulos de barrio del planeta y lo definitivo: ganando su segundo Mundial de Fútbol.
Es evidente que el Universo se había encaprichado de nosotros. Ahora o nunca. España en el palco de honor del mayor espectáculo desde el big bang.
El verbo eclipsar se puso de moda en nuestro país. Un mandato cósmico se apoderó de nosotros y nos hizo remontar sobre el común de los mortales. España eclipsando a países y poderes a los que siempre consideró inalcanzables.
Pero el eclipse tiene dos caras. A la fascinación que produce la osadía del eclipsador se opone la angustia y la zozobra del eclipsado. Es más, el eclipse ha sido considerado tradicionalmente en la historia un adelanto de desgracias, una señal de catástrofes y cataclismos de inabarcable envergadura.
La característica intrínseca de producir un episodio de nocturnidad en pleno día hace que salgan en tromba murciélagos, vampiros y todas las especies siniestras que pueblan las tinieblas. Irrumpen con furia desatada, arrancados inesperadamente de su tenebroso letargo. Seres de la noche a los que el eclipse ofrece una vida a deshoras. Nada bueno.
Quizás el cosmos viene a alertarnos de un fin de ciclo. Señales no faltan. La práctica totalidad de los países de la Unión se confabulan para parar los pies al gobierno de España en su intento fallido imponer un modelo civilizado y solidario de gestión migratoria. El país más poderoso del mundo y su más pernicioso susurrador israelí han puesto a nuestro país en la diana de los sistemas a eclipsar. La condición de ser el único y deslumbrante país de ideología socialdemócrata, en un mundo que evoluciona inevitablemente a la polarización de los años treinta y a la generalización de aquel modelo de estados autoritarios ante la incapacidad de las democracias liberales de resolver los problemas de la sociedad de la indignación que acarreara el crack del 29 en el XX y la crisis de 2008 en el XXI, le ha situado en posición de ser radicalmente eclipsado a la primera oportunidad. La vieja Europa en sí misma parece buscar desesperadamente un precipicio.
¿Han sido los episodios de la playa del Tarajal la antesala del eclipse? ¿Quizás, su anticipo?
Y más aquí, el inesperado revés que ha sufrido la deslumbrante capacidad de fascinación de la galáctica Ayuso, eclipsada ahora por los astros de Chamberí. Ni siquiera su pertinaz mago cósmico, Miguel Ángel Rodríguez, pudo encomendar al Supremo que condenara a la luna -o a alguien de su entorno- a llevarse “palante” a la constelación de áticos que la eclipsan. Ni tampoco consiguió concitar la atención del universo en su doña como era su costumbre al margen de cualquier revés que le aquejara. La gran eclipsadora eclipsada por el propio eclipse. Con razón hacía falta disponer de gafas especiales. Ya nada es igual.
No. Definitivamente, no me gustan los eclipses.
Y lo peor es que justo dentro de un año, con inusitada rapidez, vuelve otro eclipse a nuestro país. Y el territorio elegido para entonces ha sido Ceuta y Melilla. Temible.
Cómo quieren que me gusten los eclipses.
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