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Opinión | En corto

Maravillas del eclipse eclipsado

A las 8 p.m., desde la cuneta de un camino rural en la rasa costera, el cielo era una colcha algodonosa que filtraba con desgana una luz lánguida. Ni rastro de sol, claro. Paisaje vaciado de gente, salvo unos vecinos del lugar, a unos 100 metros, junto a una granja. Hacia el Norte, sobre el mar, la colcha dejaba una estrecha rendija de luz. Tres cuervos en un árbol. Una paloma perchada en un cable. Bajo la colcha, la luz se atenúa y luego empieza a bajar deprisa. Nos llega un ¡oh! de los vecinos. Las aves echan a volar hacia un bosquete próximo. La franja de luz sobre el mar se estrecha, hasta casi irse. Del bosquete llegan los aleteos difíciles de las aves, que no encuentran percha fuera de las leyes del tiempo. Está ocurriendo. Luego la luz vuelve a crecer y la franja sobre el mar se va ensanchando, hasta que todo se repone. Los 3 que estamos aplaudimos. Los vecinos nos secundan. Fin.

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