Opinión | La vida moderna merma
Carlos Telmo: yo estoy pasando mucho
Figuras como él son personas que conectan instituciones, empresas, medios de comunicación, negocios, artistas y personajes de procedencias muy distintas

Carlos Telmo. / L.O.
Hay personas cuyo oficio no cabe en una tarjeta de visita. Pueden ser periodistas, relaciones públicas, empresarios, comunicadores, responsables de protocolo, decoradores, tenderos o colaboradores de radio, pero ninguna de esas ocupaciones explica del todo a qué se dedican. Su verdadero trabajo consiste en conocer a la gente, relacionarla, abrir puertas, evitar desencuentros, crear ambientes y conseguir que una sociedad no sea únicamente un conjunto de habitantes pagando impuestos y esperando en los semáforos.
Carlos Telmo pertenecía a esa estirpe.
Murió hace unos días, a los 75 años, después de una larga enfermedad que contó en sus redes con una franqueza poco habitual. No disimuló los tratamientos, los sustos, los ingresos ni los días malos. Tampoco hizo de ellos una tragedia permanente. Los mostró como enseñaba todo cuanto le ocurría. Con humor, naturalidad y esa particular manera de convertir su propia vida en una conversación pública. Incluso cuando las cosas se pusieron feas, Telmo siguió siendo Telmo. Eso tiene más mérito que mantener la compostura en una boda ducal, donde al menos hay fotógrafos delante.
En lo personal fue un hombre afable, divertido y estupendo. Buen compañero radiofónico en Canal Sur, de trato agradable y con esa voz que parecía haber conocido muchos más secretos de los que estaba dispuesta a revelar. Los conocía, por supuesto. Su agenda valía oro, aunque probablemente valiera más su discreción. Trató a Lola Flores, Sara Montiel, María Jiménez, Jacqueline Kennedy, la duquesa de Alba y la familia Ordóñez. Organizó las dos bodas de Francisco Rivera. Y, pese a saber bastante más que muchos de los que llevan décadas administrando confidencias ajenas por fascículos, difícilmente se le escuchó hablar mal de nadie salvo si de atuendos se trataba.
Aquello era elegancia. No solamente la del pañuelo, la chaqueta, la corbata impecable o la Vespa. La elegancia de verdad -la que no se compra, ni se plancha y no admite patrocinio- consiste en saber estar, saber recibir y, sobre todo, saber callar. Telmo dominaba las tres cosas.
Nacido en Ronda, convirtió Sevilla en su territorio sentimental y profesional. Fue responsable de Relaciones Externas y Servicios VIP de la Expo 92, participó en Isla Mágica y, casi veinte años después, dirigió el protocolo del Pabellón de España en la Exposición Universal de Shanghái. Pasó por Montreal, la moda, la hostelería, la radio, la televisión y hasta abrió El Chino de Telmo, donde reunió objetos, ropa, bisutería y rarezas con el mismo criterio con el que había compuesto su vida -mezclando mundos distintos y logrando que, misteriosamente, todo quedara bien-.
Podría parecer que hablamos de algo superfluo. En estos tiempos se concede mucha importancia a los perfiles técnicos, a los másteres, a los cuadros de mando y a unos señores que llaman networking a lo que en Andalucía siempre consistió en presentar correctamente a dos personas y quedarse después a tomar algo con ellas. Sin embargo, figuras como Carlos Telmo han sido decisivas para vertebrar nuestra sociedad.
Son personas que conectan instituciones, empresas, medios de comunicación, negocios, artistas y personajes de procedencias muy distintas. Saben quién debe conocer a quién, dónde sentar a cada uno y cuándo conviene levantar una conversación antes de que termine en desgracia. No aparecen en los balances, pero resuelven problemas. No inauguran carreteras, pero hacen transitable la vida social. Y tampoco colocan ladrillos, aunque sostienen edificios enteros sin que casi nadie repare en ello.
Telmo fue una de esas personas necesarias. Alguien a quien acudir. Un faro y un referente durante varias décadas sin quedarse convertido en una reliquia de sí mismo, que es uno de los peligros más frecuentes entre quienes conocieron años de esplendor. Supo avanzar, adaptarse y entender las redes sociales sin hacer el ridículo.
Allí enseñaba sus buenos ratos y sus miserias. Regaba su árbol de la plaza de San Lorenzo, peleaba por él cuando alguien decidía que molestaban y prolongaba las horas en el Eslava, al que llamaba la cocina de su casa. Terminó convertido en una pieza más del mobiliario urbano sevillano -bastante más útil, por cierto, que algunas instaladas por el Ayuntamiento-. Y popularizó una frase que era celebración, resignación y filosofía de vida al mismo tiempo: «Yo estoy pasando mucho».
En Canal Sur deja también un hueco considerable. Aunque su presencia ya no fuera la de antes, con él se suelta otro eslabón de una época dorada de la radio andaluza. Los años de Rafa Cremades siempre junto a Mayte Chacón y aquella maravillosa reunión de Los Fantásticos quedan ya en la memoria de todos. Carlos Telmo y Hugo de Veró, fallecido también demasiado pronto, representaron dos formas distintas y complementarias de una Andalucía ingeniosa, elegante, desvergonzada sin vulgaridad y capaz de reírse de sí misma sin necesidad de convertirse en caricatura.
Ya estarán juntos, probablemente comentando el recibimiento y detectando algún imperdonable fallo del protocolo celestial y lo ordinaria que va vestida fulanita.
Ahora se buscarán herederos. Siempre lo hacemos, quizá porque nos tranquiliza pensar que nadie es insustituible. Mario Niebla parece haber entendido, a su manera y en otro tiempo, la importancia de ejercer como persona necesaria en medio de tanta mediocridad autosuficiente. Buena falta hace. Pero estas sucesiones no se tramitan ante notario. Una agenda puede heredarse. El criterio, el afecto y la elegancia, no. Y parece que Niebla ha dado con la tecla buena.
Detrás de Carlos Telmo habría días difíciles, contradicciones y asuntos complicados, como detrás de cualquiera que haya vivido de verdad. Pero su balance público es extraordinario. Hizo Andalucía mejor relacionada, más interesante y muchísimo más divertida.
Por eso su tierra lo va a echar de menos una barbaridad. Porque Telmo estaba pasando mucho, sí. Pero quienes lo pasábamos mejor éramos nosotros cuando él estaba.
Descanse en paz.
Viva Málaga.
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