Opinión | Mirando al abismo
La frustración
La incapacidad de gestionar esta emoción deriva en actitudes agresivas y en el maltrato hacia las personas más cercanas, según advierten los expertos

La frustración, una emoción natural, se convierte en el origen de muchos daños interpersonales si no se aprende a gestionarla adecuadamente / L.O.
La frustración es, según nos recuerdan muchos científicos, una emoción más dentro de la amplia gama de sentimientos que atraviesan al ser humano. No tiene nada de extraordinario sentirla, forma parte del repertorio afectivo con el que estamos hechos, igual que la alegría o la tristeza. Sin embargo, tiene algo que la vuelve especialmente peligrosa, y es que, si no aprendemos a gestionarla, se convierte en el origen de buena parte del daño que nos hacemos unos a otros.
Porque lo cierto es que la mayoría pagamos nuestra frustración con quienes menos culpa tienen de ella. Ignoramos a quien tenemos al lado, tratamos mal a quien nos quiere, descargamos la tensión acumulada sobre las personas más cercanas, quizá porque intuimos que son las que nunca van a responder, las que van a seguir ahí pase lo que pase. Es una forma de cobardía emocional que normalizamos con demasiada facilidad, herimos donde sabemos que hay red, donde el vínculo aguanta el golpe.
Por eso creo que la tolerancia a la frustración, esa capacidad de afrontar que las cosas no siempre salen como uno quiere, es una de las competencias más necesarias en nuestro día a día, y sin embargo una de las menos cultivadas. No se enseña en las aulas con la misma insistencia que una fórmula matemática. Vivimos en una cultura que premia la inmediatez, acostumbrados a obtener lo que queremos casi al instante, y que por tanto nos deja desarmados cuando algo se resiste, cuando el mundo no cede a nuestro ritmo.
Cada vez que enciendo el telediario tengo la sensación de que esa incapacidad se extiende como una mancha. Vemos a más personas frustradas, sí, pero sobre todo vemos a más personas que convierten esa frustración en agresividad, convencidas de que así van a conseguir algo, de que la rabia expresada con dureza equivale a fuerza. No es fuerza: es, casi siempre, la incapacidad de sostener el malestar sin descargarlo sobre otro.
Y sin embargo, frustrarse no debería ser un drama ni una condena. Frustrarse es, o debería ser, simplemente una etapa más en la vida de cualquier ser humano, una etapa efímera. Los planes que no salen, los deseos que no se cumplen, las expectativas que chocan contra la realidad forman parte del paisaje ordinario de vivir. La diferencia entre una vida más amable, para nosotros y para quienes nos rodean, no está en evitar la frustración, algo imposible, sino en cómo decidimos atravesarla.
Aprender a tolerarla no significa reprimirla ni fingir que no existe, sino darle su lugar exacto, reconocerla, dejar que pase, y no convertirla en el filtro con el que miramos y tratamos a los demás. Quizá ahí, en ese pequeño gesto cotidiano de no pagar con quien no tiene la culpa, esté una de las formas más silenciosas y necesarias de cuidado que podemos ofrecernos.
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