Opinión | Tribuna
Paul Cassirer

Los cielos turbulentos a menudo han inspirado a los artistas, particularmente en el caso de los icónicos remolinos de Vincent Van Gogh en "La noche estrellada". / Crédito: Wikipedia.
La Antigua Galería Nacional de Berlín ha tenido la excelente idea de conmemorar la muerte, hace cien años, del gran coleccionista de arte judío Paul Cassirer (1871-1926) con una exposición que reúne algunas de las obras de los artistas más revolucionarios de su tiempo que dio a conocer al público alemán.
Oriundo de Breslau, hoy Wroclaw (Polonia), Paul Cassirer estudió historia del arte en Múnich y fundó en 1898 junto a su primo Bruno Cassirer, ambos aún veinteañeros, una galería en el céntrico barrio berlinés de Tiergarten, además de una editorial de libros de arte, de la que luego se encargaría sobre todo el segundo.
Paul Cassirer demostró un ojo especial para las vanguardias y tuvo un papel muy destacado en la difusión de la obra de grandes artistas del impresionismo y posimpresionismo francés como Edgar Degas, Paul Cézanne, Edouard Manet, Claude Monet, Auguste Renoir o el neerlandés Van Gogh.
Al mismo tiempo, apoyó a los representantes más destacados tanto del impresionismo como del expresionismo alemán y sobre todo a los miembros de la llamada Secesión Berlinesa, asociación fundada, al igual que su equivalente de Viena, por un grupo de jóvenes interesados en las nuevas corrientes artísticas.
El pintor Max Liebermann, también judío, fue el primer presidente de la Secesión de Berlín y propuso que los dos primos Cassirer se ocuparan de la actividad comercial. Bruno dimitió pronto para dedicarse enteramente a la editorial, y Paul asumió en exclusiva la dirección de la galería homónima.
Hoy el impresionismo, perdido ya su carácter artísticamente revolucionario, gusta prácticamente a todo el mundo. Las exposiciones dedicadas a Renoir, Pissarro, Manet y otros impresionistas son en todas partes un imán para el público, pero costó gran esfuerzo a Cassirer que sus contemporáneos, acostumbrados a un arte más conservador, terminaran aceptándolo.
La exposición de la Antigua Nacional cubre un amplísimo espectro y va desde el impresionismo que podríamos llamar hoy clásico a corrientes paralelas o posteriores como el expresionismo, el simbolismo y también el realismo con obras representativas de todos esos estilos, que incluyen, además de los antes citados, a artistas tan distintos como Max Liebermann, Ludwig Meidner, Oskar Kokoschka, Lovis Corinth, Ernst Ludwig Kirchner, Ernst Barlach, Arnold Böcklin, Max Slevogt o Edvard Munch.
Aunque no llegó a vivir la llegada al poder del nazismo, Paul Cassirer tuvo en el plan personal una vida complicada: en 1914, cumplidos ya los 43 años, se presentó voluntario al ejército del Reich, pero herido en el frente occidental y expuesto además al antisemitismo de muchos de sus compañeros de armas, terminó declarándose pacifista, lo que le llevó, aunque por poco tiempo, a la cárcel.
Huyó entonces a Suiza con ayuda de algunos de sus amigos, entre ellos el aristócrata y diplomático anglo-alemán Harry Kessler, y allí le siguió su segunda esposa, la actriz austriaca Tilla Durieux, con la que se había casado en 1910.
En Berna publicó escritos pacifistas de autores tanto franceses como alemanes, entre ellos la traducción al alemán de la novela antibelicista El Fuego, de Henri Barbusse.
De vuelta a Berlín tras el fin del conflicto, Paul Cassirer apoyó la revista pacifista Die weissen Blätter y publicó los escritos de varios artistas como los aforismos y cartas de Franz Marc y la autobiografía de Marc Chagall. En política se afilió al Partido Socialdemócrata.
Su final fue trágico. Un hijo de su primer matrimonio, Peter, se había suicidado en 1919 con solo diecinueve años, y el propio Paul Cassirer se quitaría la vida de un disparo en el despacho del notario a donde había acudido con su esposa actriz a firmar los documentos del divorcio que ella le había pedido y que él no quería.
Nada tiene pues de extraño que una hija de su primer matrimonio, Suzanne Aimée Cassirer-Bernfeld, nacida en 1896, se convirtiera en psicoanalista en Estados Unidos adonde emigró en 1937 tras estudiar primero filosofía, luego medicina en el hospital berlinés Charité y por fin psicoanálisis en Viena nada menos que con Sigmund Freud.
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