Opinión | Málaga en la memoria
Persiguiendo nuevos retos
La envidia que nadie confiesa y las cosas que descubrimos cuando nos atrevemos a hacerlo
Melanie Klein fue una psicoanalista austríaca-británica cuya obra me interesa mucho. Dedicó buena parte de su trabajo a estudiar la envidia y vio en ella algo bastante menos superficial que el deseo de poseer lo que tiene otro. La envidia aparece cuando contemplamos algo bueno que está en manos ajenas y no soportamos que otro lo disfrute. Puede haber deseo, sí, pero también rivalidad y, en sus formas más destructivas, el impulso de estropear aquello que admiramos. La frontera entre la envidia y la ambición es mucho menos limpia de lo que nos gusta pensar. Si miro hacia arriba y pienso «quiero llegar ahí», lo llamamos ambición. Pero si miro hacia arriba y pienso «no soporto que ella esté ahí», lo llamamos envidia.
Lo primero que a mí me da envidia es la libertad despreocupada. Todas esas personas que hacen lo que quieren sin someter cada decisión a un examen interno. No necesariamente porque tengan más libertad objetiva que yo, sino porque parecen vivir con una ligereza que a mí me cuesta mucho. Alguien que dice «me voy», y se va. Que no quiere algo, y no lo hace. Que quiere estar sola, y no da explicaciones. Que fracasa, y sigue adelante. Me abruma el peso que tiene mi mente ante la libertad sin tanta reflexión. Valoro la profundidad y espero eso en mi entorno, pero la decepción es constante y, ya que estoy, admito que envidio lo liviano de quien puede vivir así.
Lo segundo es cuando descubro a personas que parecen haber encontrado su sitio. Envidio esa sensación de pertenencia y de certeza que poseen. Personas que parecen saber quiénes son sin mucho esfuerzo, qué quieren, con quién quieren estar y dónde quieren vivir. Que han construido una vida que no necesitan cuestionar constantemente. Y también me siento mucho más atraída por estas personas. Mi naturaleza es interrogativa y me veo pensando que sería un placer vivir sin estar preguntándome continuamente si podría estar viviendo de otra manera. Las personas que han encontrado su sitio destilan paz interior. No es que yo no la tenga, pero quiero la de todo el mundo.
Y la tercera cosa que envidio es esa capacidad de ser elegida sin tener que demostrar nada. Posiblemente pienso en algunas mujeres que parecen recibir amor, reconocimiento, admiración o deseo de manera natural, sin que hayan tenido que construir previamente una versión extraordinaria de sí mismas. Esa mujer que no ha de ser especialmente brillante ni interesante ni especialmente guapa, incluso, y tampoco tan fuerte. La que puede ser vulnerable y aun así sentirse querida. Me pregunto cómo se sienten ellas y si yo podría experimentar esto alguna vez.
La envidia y la ambición se parecen, pero a mí me da que la segunda es una versión socialmente aceptada de la primera. Una manera elegante de convertir la comparación en combustible. Si yo digo que aspiro a subir más alto, a tener más, a ser más reconocida, a conseguir aquello que alguien ya consiguió antes que yo, y lo cuento como superación personal, nadie me reprochará nada. Hasta podría ser aplaudida en los foros más progresistas. La envidia no tiene un relato tan bonito. Todavía no he visto en ningún perfil profesional de LinkedIn: «Estoy trabajando muchísimo para conseguir lo que tiene mi amiga porque no soporto que ella lo tenga». Pero sí: «Persiguiendo nuevos retos». Aunque también pienso en lo contrario: en lo que significa ser envidiada. Ni que fuera un privilegio. «Te tienen envidia» usado como elogio a mis virtudes más elevadas. Como si significase que he llegado a algún lugar relevante. Hay una tristeza aniquiladora en descubrir que alguien que te quiere no se alegra por ti. En descubrir que siempre habrá personas que se sienten mucho más cómodas cuando no estoy bien. Comprobar que mi felicidad puede convertirse para otro en una incómoda comparación. He perdido a mis mejores amigas cuando las cosas me han empezado a ir como yo quería. Me acompañaron durante años en muchos buenos momentos y también en algunas de mis dificultades. Sin embargo, las perdí. Ha sido una experiencia particularmente dolorosa y me ha obligado a preguntarme si esas relaciones estaban construidas sobre el cariño o sobre la comparación. No siempre sé si alguien me quiere por quién soy o por el lugar que ocupo respecto a ellos. La envidia no siempre es un sentimiento consciente.
Sería muy cómodo escribir sobre los envidiosos y dejarme fuera de la ecuación. Yo también miro. Yo también comparo. Yo también deseo lo que otros tienen. Pero reconocerlo me parece una forma de higiene moral. No envidio su libertad. Envidio la ligereza que imagino que sienten. No envidio que hayan encontrado su lugar. Envidio la paz que parece acompañarlos. Y no envidio que sean elegidas. Envidio la posibilidad de sentirme suficiente sin tener que demostrarlo. La ambición empuja hacia fuera, la envidia obliga a mirar hacia dentro. Por eso, si vas ahora a mi LinkedIn, quizá encuentres una nueva publicación que rece: «Persiguiendo nuevos retos».
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