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Opinión | Tribuna

Testigo de cargo

El filósofo y sociólogo francés falleció a los 104 años tras una prolífica carrera marcada por su compromiso político y su pensamiento enciclopédico

El filósofo y sociólogo francés Edgar Morin.

El filósofo y sociólogo francés Edgar Morin. / l.o.

Antes de nada, quiero contar cómo vi ese film. Fue hace muchos años y en casa, con mi mujer y mi hijo. Mi hijo era un niño y quedó completamente emocionado con esta película de 1957. Desde entonces Billy Wilder es su dios. Yo la recuerdo también como un enredo extraordinario y un reparto excepcional. Inmediatamente, he de decir que una madura Marlene Dietrich borda su complejo y difícil personaje. El film no es romántico como, por ejemplo, ‘El Apartamento’ del mismo director, ni de tipo poético. Es rocambolesco, una comedia al puro estilo Billy Wilder, un austriaco genial. Otro de los actores principales, y en el papel de ducho abogado, es el inigualable Charles Laughton. Ya enfermo se luce, como es habitual en él, en su papel. Tyrone Power, el acusado de un crimen, se muestra mudo, apocado. Su mujer, Marlene Dietrich adquiere una doble personalidad. Primero, se presenta apoyando a la fiscalía para que se castigue a su marido. Pero de tal forma que se le declare inocente, cosa que consigue. Pero más tarde caerá sobre él todo el peso de la ley. El travestismo de Marlene Dietrich falla. Entre tanto, Leonard, Tyrone Power, se enamora de otra mujer. Marlene, traicionada y despechada, lo acuchilla y lo mata. Pienso que el film es un canto al amor. O mejor, a lo diabólico que puede ser el amor.

‘Testigo de cargo’ es un conocido término jurídico. Se trata de una persona que presenta su testimonio en contra de un imputado. Y su declaración es empleada por el fiscal como prueba, aunque no sea propiamente parte del proceso. Su presencia en este último tiene el valor de contribuir a la búsqueda de la verdad. ¿Fue Edgar Morin uno de ellos, declarando ante el kantiano Tribunal de la Razón sirviéndose de su ‘pensamiento complejo’? Desde luego, sin ninguna vocación diabólica como deja entrever la película citada. Edgar Morin ha muerto a los 1O4 años. Todo un récord y poco previsible debido a su infancia enfermiza. Confieso que mi vena filosófica no pasa por Francia. El pensamiento filosófico del país vecino siempre me ha parecido amanerado, de mucha etiqueta, enredado en las palabras y excesivamente deudor del romanticismo germano. Pero, cosa un tanto excepcional, nunca he dejado de simpatizar con este longevo autor. Por eso quiero destacar alguna de sus facetas que me parecen relevantes. Antes de nada, una naturaleza que vence al siglo. No tiene nada de extraño que tuviera tiempo para casarse tres veces. Su origen judío lo coloca dentro de ese pueblo con pedigree inteligente. Espectacular su decidido compromiso político. Defendió los ideales de una izquierda cerca de la cual estuvo, con todos los matices que se quiera, cerca. Se implicó a favor de la República Española de la misma forma que lo hizo con la Resistencia francesa contra el nazismo. Estuvo en todas las salsas y no desistió de pelear nunca. En el terreno intelectual se le ha solido encuadrar en la Sociología. Pero es solo una de sus ramas. Porque su manera de ver el mundo fue enciclopédica. Desde lo más clásico a lo más actual, desde el existencialismo a la biología. Me gustaría destacar dos aspectos de su obra escrita. La idea de Complejidad y la Trascendentalidad. En ambos insiste en que hay que mirar en todos los rincones ya que no hay nada que no esté entrelazado. Es lo más opuesto a una entre ciega y bizca unilateralidad. Su mensaje pedagógico es claro: hay que saber de todo. Mucho más habría que decir de este filosofo que ha desafiado a las garras temporales. Como colofón yo recomendaría su libro ‘El Método’, presentado en seis tomos. Descanse en paz este ajetreado filósofo sin dobleces.

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