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Opinión | Málaga de un vistazo

La encrucijada

‘Carrefour’ significa «encrucijada» en francés. Caprichosa casualidad, pues quizá pocas palabras describan mejor el momento que atraviesa Málaga. Con el abierto esta semana en calle Martínez, ya son nueve los Carrefour en el Centro, lo que debería, como poco, hacernos reflexionar. No por ser Carrefour, sino por la sustitución progresiva de una ciudad real por una escenografía de consumo rápido. A ellos se suman las tiendas de souvenirs, imanes, flamencas y abanicos fabricados a miles de kilómetros de aquí, y los ultramarinos de estética impostada abarrotados de latas y ultraprocesados industriales. Negocios que se multiplican como Gremlins y que puedes ver en cualquier lugar del mundo. Lo que hace precisamente a Málaga cada vez más impersonal, con el inminente riesgo de convertirse en un parque temático sin alma. Un decorado donde la vida cotidiana fue relegada a un segundo plano. Donde las tiendas que respondían a las necesidades vecinales desaparecen, dejando sitio a negocios de paso, ‘express’. No se pierde la identidad de golpe, sino poco a poco, persiana a persiana. Ahí está la encrucijada. No es ir contra el turismo o el comercio, sino si queremos que sobreviva o no su esencia, por lo que estamos ante dos caminos. Uno lleva a un Centro rentable para algunos, pero vacío de singularidad, lo que hará que hasta el propio turista acabe desencantándose por la pérdida del encanto autóctono; el otro lleva a proteger lo que no puede lograr una franquicia: el regusto local, la mezcla de usos, los vecinos, los lugares con historia y esa personalidad que hace de una ciudad algo más que un atrezo. Y en esta encrucijada, hay que preguntarse adónde nos están llevando nuestros propios caminos.

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