Opinión | La vida moderna merma
No es la Feria del Centro, es usted
La autopsia está prácticamente concluida y el pésame se menea ya por WhatsApp. Y lo llamativo no es la muerte. Lo sorprendente es el asombro

Dos mujeres bailan, durante la Feria del Centro de Málaga de 1985, en la calle Larios. / L.O.
La Feria de Málaga ha terminado y, junto a los farolillos, las casetas discoteca y las flores de plástico que jamás deberían haber abandonado el chino para acabar en un lateral de tu cabeza, nos deja este año una defunción. La Feria del Centro ha muerto. Lo han anunciado periódicos, vecinos, hosteleros, concejales espontáneos de las redes sociales y expertos en malagueñidad que no pisan la calle Larios desde que cerró la tienda donde compraban los vinilos de Ana Belén cuando cantaba Oh balancé. Hay poca gente, dicen. Casi todos son turistas. Ya no es lo que era. La autopsia está prácticamente concluida y el pésame se menea ya por WhatsApp. Y lo llamativo no es la muerte. Lo sorprendente es el asombro.
La Feria del Centro llevaba bastante tiempo muerta, aunque conservase cierta actividad vegetativa gracias al ruido, el tenderete cervecero de la plaza de la Constitución y alguna actuación en la plaza del Obispo. Sucedía como con esos bares antiguos de los que todo el mundo lamenta el cierre, pero a los que nadie entraba. Cuando finalmente bajan la persiana, aparecen cientos de personas asegurando que aquello formaba parte de su vida. Una vida que, por lo visto, transcurría sin necesidad de consumir allí, saludar al dueño ni acercarse siquiera a la puerta.
Con la Feria del Centro sucede exactamente eso. Muchos malagueños se llevan ahora las manos a la cabeza porque el centro se ha llenado de turistas durante la Feria. Je. Hay que reconocerles una formidable capacidad para detectar novedades. El centro histórico lleva años lleno de turistas durante la primavera, el invierno, la Semana Santa, la Navidad, los lunes, los jueves y los ratos muertos entre una despedida de soltero y la llegada de un crucero. Lo verdaderamente insólito habría sido que, al comenzar la Feria, los turistas se hubieran apartado educadamente para dejar sitio a los no forasteros. ¿qué queréis que haya en el centro sino turistas?
Los malagueños hace tiempo que dejaron de consumir el Centro en masa. Hay mucha gente que lo visita para actos concretos, lo atraviesa cuando no queda más remedio y lo enseña a quienes vienen de fuera como quien presume de una casa que tiene alquilada. Después regresan a sus barrios, a sus centros comerciales, y a sus nuevas zonas de esparcimiento. Todo legítimo.
Lo que resulta algo más difícil de comprender es que, después de abandonar el centro, nos ofendamos porque otros lo ocupen. Tenemos una relación curiosa con la ciudad. Nos rasgamos las vestiduras porque cierra el comercio tradicional, pero compramos en TEMU un cargador, seis camisetas, una vajilla, una lámpara y un utensilio para cortar aguacates por dos euros con portes incluidos. Denunciamos que Málaga está tomada por turistas y, en cuanto disponemos de cuatro días libres, nos dedicamos a fotografiar los centros históricos de media Europa. Allí somos viajeros. Los turistas son siempre los demás. Y defendemos con pasión las costumbres locales, siempre que no haya que practicarlas, financiarlas ni desplazarse más de quince minutos para mantenerlas vivas.
La Feria del Centro tuvo su época. Fue peculiar, multitudinaria y, para muchos, muy bonita. Durante unos años consiguió convertir el centro en un escenario reconocible, con una personalidad propia y una mezcla verdaderamente malagueña de nula elegancia, improvisación, músicas variadas, vino y señores que a las cuatro de la tarde habían perdido toda relación con la verticalidad. Aquello funcionó porque respondía a una ciudad, a una forma de divertirse y a un momento determinado. Conviene recordarlo con afecto. Lo que no conviene es confundir la memoria con una orden administrativa de obligado cumplimiento.

Un coche de caballos este viernes en el Real de la Feria / Álex Zea
Además, Málaga tiene un Real de la Feria estupendo. Con un margen de mejora enorme, naturalmente, porque en Málaga no concebimos una infraestructura pública sin reservarle un margen de mejora enorme. Pero es un recinto amplio, reconocible, preparado para la fiesta y con capacidad para reunir casetas, atracciones, caballos, música, turistas, gente desubicada, comunistas que hacen videos para redes animando a acudir a su anarkocaseta donde venden lo mismo que en las otras pero con una bandera palestina para dotar de compromiso todo el proceso de emborracharse barato y familias de paseo, sin convertir el corazón urbano en una prueba de supervivencia.
El debate útil no consiste en resucitar artificialmente la Feria del Centro, sino en mejorar el Real siempre que se pueda. La Feria debe celebrarse allí. Para eso está. Y en el centro pueden seguir funcionando los bares, restaurantes y establecimientos tradicionales con absoluta normalidad, atendiendo a quien quiera entrar, sea de Carlinda, de Düsseldorf o de Wisconsin. No hace falta vestir cada calle, instalar barras por obligación ni simular una celebración popular que sus supuestos protagonistas han decidido abandonar. Una feria sostenida únicamente por el programa municipal, los turistas despistados y la nostalgia editorial no es una feria. Es una recreación histórica con reguetón.
Por eso hago una lectura positiva de lo ocurrido. Si este año ha quedado definitivamente claro que la Feria del Centro ha agotado su ciclo, bienvenida sea la evidencia. Las ciudades también deben aprender a terminar las cosas. No todo lo que un día funcionó merece una prórroga eterna. Algunas tradiciones se conservan, otras evolucionan y unas cuantas se convierten en una molestia subvencionada que nadie se atreve a retirar por miedo a que aparezcan tres tertulianos hablando de la pérdida de las esencias.
Pues bien, las esencias están a salvo. Málaga seguirá siendo Málaga aunque durante la Feria se pueda caminar por determinadas calles del centro sin recibir un intenso olor a pipí. La ciudad no pierde identidad porque una celebración cambie de escenario. Acaso la recupera si deja de obligarse a representar algo que ya no siente.
Así que no lloremos demasiado. La Feria del Centro fue bonita -para algunos- mientras duró. Ya tuvo su música, su apogeo, sus excesos y su correspondiente resaca. Ahora toca cerrar, recoger los farolillos y aceptar que la fiesta se celebra en otro lugar.
De la “romería” y el tema de los abanderados -no los calzoncillos sino esa cosa de la feria- ya mejor hablamos otro día…
Y si al entrar en el centro solo encuentra turistas, no culpe a la Feria, al Ayuntamiento ni a una conspiración internacional de apartamentos turísticos. Pregúntese cuándo fue usted por última vez.
No es la Feria del Centro. Es usted.
Viva Málaga.
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