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Opinión | Tribuna

Odiseo

La película 'Odiseo' de Christopher Nolan revive el mito griego y su resonancia cultural en la actualidad

Fotograma de La Odisea.

Fotograma de La Odisea.

La Pelicula de Christopher Edward NolanOdiseo’ (2026), está arrasando en taquillas. Y ha desatado un sin fin de comentarios, tanto eruditos como pedantes, sobre la presencia de Odiseo en toda nuestra cultura. Resulta que Odiseo está hasta en la sopa. Es Don Quijote y es uno de los personajes de Tolkien. Parece demasiado. Dos palabras antes de seguir adelante, más como recuerdo que como novedad, puesto que, en general, el mito es ampliamente conocido. El poema se remonta a XVIII siglos a. C. Y se le atribuye al rapsoda Homero. Otros hablan de los Homéridas, un grupo y no un hombre. Y hay quien supone, lo que es mucho suponer, que Homero era ciego. Odiseo es una palabra del griega antiguo, «ode odes», cuya traducción sería Viajero o Caminante. Y narra la vuelta a Ítaca del héroe. Los romanos lo llamaron Ulises. No habría que olvidar que el relato fue revivido en Roma. Virgilio, en su ‘Enéida’ narra en latín lo recibido de Grecia. La figura de Eneas equivaldría a la de Odiseo o Ulises. El mito, ya universal, toca, entre otros, dos puntos clave de nuestra vida. Uno es el de la nostalgia. El otro el de la vuelta al hogar. Nostalgia quiere decir dolor por un pasado perdido. ‘Nostos’ significa regreso, vuelta a algún sitio, especial tristeza por lo que se tuvo y no se tiene. Algunos han dicho que se trata de una depresión llevada con elegancia. En cualquier caso, es el runrún de los recuerdos, la aduana del paso del tiempo, del anhelo de lo que fue y no es. Quien carezca de una elemental nostalgia nos suena a poco humano. Hogar, por su parte, proviene del latín focus y quiere decir el fuego del hogar. Es el centro donde se reúnen los seres queridos. El muy interesante filósofo alemán E. Bloch escribía que a donde vamos, siempre es a casa. Gran verdad. Me interesaba señalar estos dos aspectos, el de la nostalgia y el hogar, que se pueden perder en las entrañas de un mito puesto de largo en el cine. Y como remate, muy a título personal, quiero decir que «nolan». en euskera, significa «-como» Caprichos de las lenguas. Y vaya todo lo escrito como nostálgico deseo de hogar.

Con motivo del éxito de la última película del británico C. Nolan se están recordando otras de su prolífica producción. Una me interesa de modo especial. Se ha insertado en las discusiones que tengo con uno de los miembros más queridos de mi familia. Se trata de ‘Dunkerque’. Y con lo que suele llamarse el milagro de Dunkerque. Porque parece un milagro lo que sucedió en la Segunda Guerra Mundial. Las tropas alemanas avanzaban invencibles por el oeste de Europa. En la ciudad de Dunquerke, puerto situado en el norte de Francia en la frontera con Bélgica, resistían soldados, ingleses sobre todo, y franceses. Su caída parecía inminente bajo la bota alemana. Y ahí surge el milagro de Dunquerke. Por una serie de circunstancias difíciles de entender, los alemanes no dieron el remate final. Hicieron un reposo que en términos bélicos se considera un error fatal. Eso dio tiempo a que una enorme flotilla rescatara, sanos y salvos, conduciéndolos a Inglaterra. Y aquí surge la idea de milagro. La concatenacion de acontecimientos se asemeja a una mano invisible que actúa en medio de los fenómenos. Y esto nos lleva al milagro. ‘Miraculus’, en latín, quiere decir algo digno de admirarse. Y uno se admira porque escapa a la regularidad que se da en los acontecimientos habituales. A veces surge la tentación de pensar que una fuerza sobrenatural se interpone en las leyes de la naturaleza. La resurrección de un cadáver sería un caso extremo de milagro. Los cristianos es lo que creen que sucedió a Jesús. Y siguen canonizando santos adjudicándoles unos poderes que se sustraerían a los hechos y leyes de la naturaleza. Pocos como el filósofo Hume, sin embargo, han destrozado esta creencia en los milagros. Muchas de las cosas que en otros tiempos sonaban a milagros hoy son consideradas banales verdades. Pero existen situaciones en las que uno piensa que algo es tan extraordinario que, como diría Shakespeare, todos los demonios están sueltos. Yo no sé cómo un país como España sigue vivo con tanta imbecilidad autodestructiva. Es un caso ejemplar. Que cada cual se dé una vuelta por este loco mundo.

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