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Opinión | Málaga en la memoria

Málaga

Guardiana entre el centeno

Yo creo, como Salinger, que entre las palabras hay fuego

Una joven lee un libro.

Una joven lee un libro. / Freepik

Me fijo en la libretita que hace un año me envió por correo postal mi amiga de Suecia. La uso casi a diario, está en mi escritorio de trabajo, y nunca me había dado cuenta de la dedicatoria que me escribió en la parte de atrás: «For Esther, with love and squalor». Tengo que leerla varias veces, no salgo de mi asombro. «Para Esther, con amor y sordidez». Qué habrá querido decir, pienso. Y es entonces cuando algo implosiona en mi cabeza: J. D. Salinger.

Yo creo, como Salinger, que entre las palabras hay fuego. Igual que hay fuego en una dedicatoria con el poder de incitarme a mí a la revolución interior. Las palabras quedan escritas y no significan nada hasta que son leídas. Sin embargo, contienen el mundo entero de un ser humano cuando están siendo escritas en el papel, aunque nadie más las lea. Si no, cómo íbamos los escritores a seguir escribiendo siglo tras siglo con esa inevitable ferocidad. La dedicatoria de mi amiga sueca toma prestado el título de uno de los cuentos más importantes de J. D. Salinger, ‘Para Esmé, con amor y sordidez’, publicado originalmente en The New Yorker el 8 de abril de 1950, y recogido en la antología ‘Nueve Cuentos’ dos años después. El cuento está considerado como una de las mejores piezas literarias originadas en la II Guerra Mundial y habla de la guerra, la inocencia, el trauma y la sordidez o miseria emocional del mundo. Pero yo no recordaba nada de esto cuando recibí mi libreta. Ni siquiera sabía que aquella frase iba a esperarme durante un año entero. Y esta es una de las gemas más extraordinarias de escribir: no saber con certeza cuándo llegará lo que escribimos. Puedo escribir una frase y pensar que ya ha cumplido su cometido porque alguien la ha leído. Puedo publicar un libro y medir su éxito en ejemplares vendidos, en lectores, en aplausos, en seguidores. Puedo, incluso, llegar a convencerme de que escribir consiste en conseguir que muchas personas me lean. Para mí escribir será otra cosa: dejar algo en el mundo para que alguien pueda encontrarse con ello cuando esté preparado para recibirlo. Puede que solo escriba para mi hija o puede que sea para ti, desconocido.

Mi amiga escribió esa dedicatoria hace un año en Suecia. Y la envió a mi casa en el sur de España. A lo mejor tuvo una intención muy específica o solo le salió del alma escribirlo así. Quizá quiso decirme que nuestra amistad contenía amor y también todas las imperfecciones, las distancias, las rarezas y las miserias que acompañan a cualquier vínculo humano. O qué sé yo de sus ideas. Una vez la palabra se ha escrito, comienza una vida que deja de pertenecernos del todo. Eso me fascina. El mensaje puede permanecer dormido durante meses en una libreta. La carta puede atravesar un continente. El libro puede permanecer cincuenta años en una estantería esperando que alguien lo abra. El dibujo de un niño puede guardarse durante décadas en un cajón. Y una frase puede atravesar miles de kilómetros y aparecer, de repente, un viernes cualquiera, delante de mis ojos.

La inspiración descansa en cualquier parte. Quisiera saber vivir con esa despreocupación a la vez que permanecer profundamente atenta. Y escribirlo todo. Como si fuera un pacto de dibujos entre seres humanos. Somos animales extraños. Hemos inventado un sistema de pequeños dibujos para poder enviar pensamientos a través del tiempo. Y nuestra letra manuscrita es la forma particular que tiene cada uno de nosotros de ejecutarlo. Me parece que Salinger sabía algo de esto. El guardián entre el centeno fue publicado en 1951 y desde entonces ha sido discutido y censurado en algunos contextos escolares por su lenguaje, su sexualidad, su irreverencia y su retrato incómodo de la adolescencia. Es curioso que una novela que habla precisamente de la pérdida de la inocencia haya provocado tantas veces el deseo adulto de proteger a los jóvenes de aquello que podía incomodarlos.

Yo, que soy joven pero vieja para el mundo moderno, he tardado un año en encontrar un tesoro que estaba delante de mis ojos. Y puede ser que de eso se trate también escribir: de fecundar algo cuyo nacimiento no veremos. Una idea aparece como una chispa diminuta, casi invisible. Encuentra un lugar donde quedarse y crece en silencio. A veces nace enseguida. A veces necesita años. A veces nace en otra persona, a miles de kilómetros de nosotros y mucho después de que hayamos olvidado que la dejamos allí. Por eso sigo escribiendo. Igual no quiero dejarlo todo explicado, pero sí todas las preguntas. Quizá alguien, algún día, se tropiece con una de ellas sin recordar muy bien quién la escribió. La mano de pintura sobre la roca de una cueva. La pintada en la puerta de un baño público «yo estuve aquí». No escribo para permanecer, escribo para haber estado.

Esa marca sobre el papel.

Una guardiana entre el centeno.

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